Poética

Scott Fitzgerald (El Gran Gatsby) quiso ser poeta

El autor escribe sobre la desconocida obra poética del novelista y escritor estadounidense.
domingo, 23 de septiembre de 2018 · 00:00

Ricard Bellveser Escritor

No hace mucho, en estas páginas de Letra Siete y gracias a la generosidad de sus editores, publiqué un artículo en el que, con motivo de la edición moderna y en español de la novela Las aventuras de Jack Engle, afirmaba en clave irónica que su autor Walt Whitman “también escribió novelas”. La broma estaba en el plural, claro está.

Conocíamos su obra poética, clave, trascendente, decisiva, su voz poética profunda e inconformista que se desvelaba en Leaves of Grass (Hojas de hierba), algo así como la Divina Comedia del nuevo mundo, en cierto modo la obra genérica de la literatura norteamericana, que definía el modelo neoyorquino.

De las novelas de Whitman, hasta hace poco, solo conocíamos Franklin Evans, el borracho, que no es, desde luego, una novela inolvidable, sino antes todo lo contrario, aunque de esto hay opiniones hasta hartarse. Las aventuras de Jack Engle la publicó por entregas en un periódico, y tiene un gran interés filológico, pero no es “La guerra y la paz” ni el “Ulyses”… Qué más quisiera. Whitman calificó su novela Franklin Evans, el borracho como “Una auténtica porquería”. De Jack Engle ni hablamos.

Un caso similar, aunque inverso, es el de Francis Scott Fitzgerald (Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), un admirable narrador, cuya obra poética él mismo desaconsejó en numerosas ocasiones. A Fitzgerald le basta su novela El gran Gastby para entrar en la historia de la literatura universal, paso que ya había dado con su primera novela, A este lado del paraíso, (no confundir, como sucede con frecuencia, con Al este del Paraíso (East of Eden), también traducida como Al este del Edén, del novelista y premio Nobel estadounidense John Steinbeck), que publicó cuando apenas tenía 24 años de edad, tras abandonar sus estudios universitarios en Princetown y cuando su alcoholismo y la enfermedad mental de su mujer Zelda aún estaban en gestación, digámoslo así, soportable…

Uno de sus personajes, Amory Blaine, que hay quien lo ha considerado un eterónimo del propio autor, es poeta, por el que –divertida controversia– Fitzgerald no muestra afecto: “Nunca llegaré a ser un poeta (le hace decir). Podré llegar a ser un intelectual pero nunca escribiré más que poesía mediocre”.

Narrador de una inteligencia excepcional, su poesía no está a esa altura, siendo, como es, una poesía llena de luces y de razones. Es claro que Scott Fitzgerald sintió la llamada poética, al menos así lo desveló en carta a su hija, Frances: “La poesía es como un fuego que vive en tu interior, lo mismo que música para el músico o el marxismo para el comunista, de lo contrario no es más que una vacía y formalizada majadería con la que los pedantes no dejan de canturrear en sus anotaciones y comentarios”.

Sus poemas han sido reunidos bajo el título Poemas de la era del jazz y han sido publicados en España por la editorial Visor con traducción y edición de Jesús Isaías Gómez López. El título se debe a que el propio Scott Fitzgerald dijo que su época era la Jazz Age, por tanto sus poemas a ella correspondían. Recomiendo la lectura de estos versos, desconcertantes, hermosos a veces, solo a veces, interesantes siempre, que no son la voz de un poeta, sino la de un escritor.

El escritor se busca a sí mismo y lo hace con la esperanza de hallarse en la lírica. Tal vez el problema reside en que solo vivió 44 etílicos años y no le dio tiempo a poner en orden esa parte de su vida creativa.

El poeta E. E. Cummings, que tan bien tradujo al español el poeta malagueño Alfonso Canales, nació dos años antes que él, y Hart Crane tres años después, esa es su generación, que presiente el aliento de sus predecesores como James Joyce (nacido en 1882), Erza Pound (nacido en 1885) o T.S. Eliot (nacido en 1888), es decir, que su obra nace en un momento en el que la poesía en inglés conoce un notable desarrollo. Sin embargo, la de Scott Fitzgerald no tiene ese nivel de excelencia, pese a que nunca dejó de escribir poemas, que tampoco publicó. Su relación con la poesía es bien compleja y desequilibrada si tenemos en cuenta la trascendencia de su soberbia obra narrativa.

Esto no es una especial rareza. Solo una rareza más en un personaje raro y complicado, y cuyo comportamiento responde a un patrón bien conocido y habitual. Los pueblos que quieren recuperar su habla perdida, su cultura ancestral, sus lenguas oprimidas, o las colectividades ágrafas, que comienzan en camino de la escritura de su propia literatura, el primer paso lo dan siempre por los senderos de la poesía. El paso a la narrativa de largo aliento se hace de esperar. Vale para explicar lo que sucede aquí.

Todos sus poemas, los cincuenta y cinco, caben bajo el título de Poemas de la era del jazz, escritos siguiendo la escrupulosidad ortodoxa de cuenta, rima, acentuación y método, hecho esto es un momento revolucionario en el mundo anglosajón y en el mundo occidental en general, en el que todo está cambiando, de repente la Gran Guerra se ha acabado aunque se está gestando la II WW, las mujeres tienen derecho al voto y en Estados Unidos se impone la Ley Seca, lo que conlleva el fortalecimiento de las redes de gansters en las que Gatsby se desenvuelve con tanta naturalidad.

Su poesía es desconcertante y a veces, hasta reprobable, basten estos versos de su Canción de primavera:

“Iré a hacer un striptease en el parque
pero, recuerde señora, este importante dato,
pues aunque sea multado por Misseldine por estar en pelotas
con todo, a las siete cuarenta y cinco esta noche es Primavera”.
Pues ya ven.

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