Semblanza

Un maestro entre la admiración y la crítica

El filósofo boliviano-argentino H.C.F. Mansilla rinde homenaje y recuerda a uno de sus principales referentes: Theodor W. Adorno.
domingo, 23 de septiembre de 2018 · 01:04

H.C.F Mansilla Filósofo

No lo traté personalmente. Asistí a varias conferencias y a un curso que impartió el maestro en el semestre de verano de 1969 en la universidad de Frankfurt (“Introducción al pensar dialéctico”), el último antes de su súbito fallecimiento en agosto de 1969.

Leí casi todos los libros de Theodor W. Adorno y una buena parte de la literatura secundaria. Siempre he sentido el mayor de los respetos por su obra teórica. En el aula el maestro solía citar un dicho del novelista británico George Orwell, el autor de la utopía negra 1984: “El único deber del intelectual es decir al público lo que éste no quiere escuchar”.

No hay duda de la enorme influencia que ha tenido este filósofo sobre mi generación. El libro más extenso que publiqué en alemán (Necesidad de armonía y perpetuación del dominio político. Elementos de una teoría crítica del poder), aparecido en 1994, está dedicado a la memoria de Adorno. Todo esto me sirve de justificación para escribir esta nota.

Para Adorno la filosofía sólo puede subsistir hoy en cuanto crítica, es decir como análisis del fundamento de toda creencia y como elemento reflexivo de toda actividad humana. Como “resistencia consciente contra los lugares comunes” y “obligación de no ceder ante la ingenuidad”, el impulso crítico-filosófico, afirmó el maestro, todavía puede brindar eminentes servicios a la humanidad, puesto que representa un estímulo contrario a la resignación generalizada y a las certezas convencionales de la época. Adorno fue uno de los pensadores más enérgicos al establecer que la pretensión de felicidad del individuo debería ser el fundamento y la meta de todo esfuerzo teórico.

Por otra parte, la obra de Adorno nunca exhibe dudas; hasta sus aseveraciones entremezcladas con la semi-oscuridad de su estilo están hechas de sustancia sólida.

Por razones que yo mismo no comprendo, me siento, sin embargo, compelido a criticar al gran filósofo. No creo en la teoría infantil y primitiva de que los discípulos deben matar al padre, es decir al maestro para alcanzar un camino propio. Pensando en Franz Kafka me digo: para algunos escritores y artistas tener buenos padres es un obstáculo a la creación intelectual o artística.

Quizá hay que haber tenido o haberse imaginado (como Kafka) una relación tormentosa con los padres para ser realmente creativo. En mi caso ya no se puede modificar el contexto de amor y seguridad que me brindaron mis amados padres. Adorno mismo dijo que el poder disponer mágicamente sobre la niñez es la fuerza de los débiles.

Estas expresiones paradójicas –que tanto gustaban al maestro– son poco convincentes, pero tal vez sea verdad que lo razonable de la infancia es poder alegrarse sin un residuo de culpabilidad, sin la obligación de los adultos de aceptar lo que viene en nombre del principio de realidad.

Comparto la tesis adorniana de que debemos hacer un esfuerzo permanente a favor de nuestra autonomía, guiados o socorridos por nuestro sentido de responsabilidad. La razón es la conciencia de una tarea y obligación, que tiende a liberarnos de cadenas ancestrales. Esta concepción proviene de Immanuel Kant y nos libera de ser esclavos de dogmas universales que hablan en nombre de una razón endiosada.

Adorno (nacido en 1903) tenía una voz hermosa: sonora, llena, argentina. Creo que siendo adolescente pensó alguna vez en ser cantante de ópera. Poseía además una dicción memorable y una articulación impecable, que no dejaba reconocer ningún dejo regional. En suma: el alemán más bello que escuché en mi vida, así como el idioma más elegante que leí provenía de Friedrich Nietzsche. Pero el de Adorno no era el más comprensible. Estas aseveraciones se refieren exclusivamente al sonido de su voz y a su pronunciación, no al contenido de su mensaje.

Jürgen Habermas relató que la primera vez que escuchó una conferencia-lección de Adorno se tropezó con el modo de exposición del catedrático: la pretensión de Adorno era evidentemente el hacer transparentes las conexiones sociales acalladas por el poder, pero el estilo era altamente esotérico y difícilmente comprensible.

En lugar de un esfuerzo de esclarecimiento con alguna consecuencia práctica, esta “dialéctica” tendía, según Habermas, a transformarse en una extravagancia repetitiva. Según Hans Blumenberg en las clases universitarias nadie entendía a Adorno, pero después de leer unas pocas páginas de sus textos, muchos habían comprendido cómo se hace “filosofía crítica” a la moda del día.

Durante el curso, Adorno hablaba sin manuscrito e improvisaba sin la menor vacilación o duda. El discurso tenía la estructura y la calidad de un texto impreso sin el menor error. Una publicación era probablemente la finalidad del espectáculo.

El maestro no hablaba a sus oyentes inmediatos, sino a la posteridad: a una grabadora que gozaba de toda su atención. Preocupado por la buena marcha de la grabación, a menudo Adorno daba la espalda al público durante largos minutos mientras seguía hablando y no se daba cuenta de la situación. O no le interesaba.

Durante una de las muchas interrupciones de los cursos en 1969, debidas a la famosa “revolución universitaria” de aquellos años, Adorno invitó a los oyentes de la primera fila a su vivienda particular, situada cerca del legendario Instituto de Investigaciones Sociales. En el apartamento no había ni una sola obra de arte o testimonio estético, sino únicamente libros y papeles del piso al techo. Adorno nos obligó a escuchar varias veces la grabación de una conferencia reciente, comentando y sobre todo celebrando cada línea y cada pausa del pesado texto.

A estos silencios Adorno les atribuía un profundo significado. En las cuatro horas que duró la visita, el gran filósofo no dirigió ni una palabra personal a sus invitados ni preguntó quiénes éramos. Tal vez por ello el maestro tenía una bien ganada fama de egocéntrico y ajeno al mundo. Creo que Adorno era una persona sin sentido del humor, ingenuo en las cosas de la vida cotidiana, desvalido ante las intrigas y frente a los asuntos burocráticos.

El contacto personal con algunos representantes de la Escuela de Frankfurt, particularmente con la segunda generación, fue otra desilusión. Frecuentar gente notable -igualmente en el campo de la política- me recordó la opinión del escepticismo clásico acerca de la naturaleza frágil y ambigua de los grandes modelos.

Eran personas dedicadas profesionalmente a criticar los fenómenos de alienación en la civilización industrial o las maldades del imperialismo en el resto del mundo, pero se podía percibir en ellos algunas variantes curiosas de enajenación y un eurocentrismo acendrado. Me parecieron inaccesibles, fríos, aburridos, torpes y de un mal gusto digno de mención.

Eran, sobre todo, insensibles a todo aspecto o asunto personal, aunque no careciesen de fuertes aversiones, como la enemistad que Max Horkheimer y Herbert Marcuse cultivaron con respecto a Erich Fromm y las intrigas que tejió Adorno para alejar a todo presunto rival que pudiese competir con él por el favor de Horkheimer, quien era director del Instituto de Investigaciones Sociales (durante la época del exilio) y único administrador de sus no escasos fondos. Con respecto a Fromm, Adorno y Horkheimer afirmaron que le faltaba “la clarividencia que sólo brinda el odio”.

Adorno y sus discípulos acríticos se han consagrado también a la producción de un saber libresco neobizantino: mediante las acreditadas artes de la exégesis, la combinación, el oscurecimiento y la reelaboración se ha logrado fabricar textos a partir de otros textos, lo que, en cadena ininterrumpida, genera el progreso del conocimiento científico y el avance de la discusión académica.

En este punto los frankfurtianos y especialmente Adorno realizaron un deplorable aporte al posmodernismo ulterior. Y todo esto ha tenido lugar dentro de la mejor tradición de la universidad alemana, en un lenguaje casi ininteligible, cuyo objetivo es amedrentar al público en general y a los colegas en particular.

En sociedades algo más primitivas se conoce este procedimiento como la magia de las expresiones altisonantes. En el ámbito germánico las cosas son obviamente más refinadas. Lo nebuloso y abstruso se mezcla con testimonios de una notable erudición y con destellos de genuina creación.

Con el paso de los años este método ha alcanzado una reputación tan eminente que toda crítica a él es recusada como una simplificación inadmisible de una problemática compleja y como la típica incomprensión de teorías originales por parte de gente ignorante. Es claro que muchas de estas obras no son falsas, sino excesivas; su carácter complicado trata vanamente de sugerir que son complejas. Como se sabe, una superficie turbia no garantiza que el agua sea profunda.

Aprendí de Adorno que no hay que intentar la construcción de un sistema de certezas sobre la evolución histórica de nuestro planeta, sino cuestionar algunas certidumbres que se han sedimentado y consolidado en la mentalidad colectiva de muchas sociedades contemporáneas.

Este impulso está opuesto a la actitud predominante hoy en día en los campos académicos e intelectuales, donde lo habitual es plegarse a la moda del momento con genuina devoción. Así como hace cincuenta años las diferentes variantes del marxismo constituían el credo obligatorio en ciencias sociales, hoy las distintas escuelas del posmodernismo, como la deconstrucción, el multiculturalismo y el relativismo axiológico, representan los dogmas insoslayables de la época, que las personas astutas hacen bien en seguir mansamente.

Una sociedad razonable es la que permite al individuo ser otro –distinto, diferente, diverso, divergente con respecto al promedio social– sin sentir miedo. La débil confianza de Adorno en la posibilidad de un mundo mejor se fundamenta en que el sujeto, pese a toda la ofuscación que las costumbres y las obligaciones sociales le producen, preserva y posee un interés en la liberación de su razón. El recuerdo de la infancia mantiene despierto el anhelo de sentirse exento de las limitaciones de la vida social, a pesar de todos los procesos de domesticación de nuestros sentimientos e ideales que condicionan nuestro espíritu.

Una visión normativa de la vida, formada durante la infancia, permanece viva pese a toda la instrumentalización proveniente de los requerimientos y coerciones de la modernidad. Adorno tuvo una infancia excepcionalmente feliz que él interpretaba como la manifestación de protección, seguridad y tranquilidad, pero de manera obvia, sin doctrinas edificantes.

Adorno me enseñó que lo que uno quiere realizar en la vida es tratar de recuperar la infancia con las debidas modificaciones y ganancias de la edad adulta.

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