Esbozos culturales

Bicentenario de la Independencia y cultura hispanoamericana

En este nuevo siglo los latinoamericanos desconocen cuánto se avanzó en el reconocimiento de su identidad cultural, afirma Óscar Rivera Rodas.
domingo, 30 de septiembre de 2018 · 00:00

Oscar RiveraRodas Escritor

Los países hispanoamericanos celebran este tiempo sus correspondientes bicentenarios de Independencia. Sus festejos no sólo ratifican la emancipación política de un coloniaje de tres siglos, sino que invitan a una reflexión sobre los alcances de otra independencia: la emancipación cultural, que exhortó asimismo a una liberación mental.

Los próceres de la Independencia que derrotaron a la monarquía española, a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, no sólo fueron distinguidos militares; también eran pensadores y escritores que difícilmente pudieron haber discutido o escrito sobre una cultura propia, porque vivían sofocados bajo un sistema definido como teocracia, por voluntad del Vaticano, aliado de la monarquía española. La legislación de ese sistema muy temprano puso límites al conocimiento, al pensar y a la lectura. Por la cédula del 4 de abril de 1531, refrendada por otras, se prohibió en territorio americano la llegada de “libros de romances de historias vanas o de profanidad”.

Lograda la independencia política en el periodo de 1810-1825, se pudo percibir el esfuerzo solitario del humanista venezolano Andrés Bello (1781-1865), que echaba los fundamentos para edificar lo que sería la cultura hispanoamericana. Otro venezolano también colaboraba en esa tarea, Simón Rodríguez (1769-1853), maestro del libertador Bolívar.

La reflexión y la escritura de Bello durante su residencia en Londres (1810-1829) abarcaron amplias áreas de la cultura. Lamentablemente su recepción fue obstaculizada por el ímpetu pragmático y político de los nuevos estados, empeñados en la construcción de sus nacionalismos. Solo en el siglo XX, y ante el primer centenario de la emancipación regional, surgió la primera generación de pensadores que reflexionaron coherentemente sobre la cultura propia.

Uno de los más destacados fue otro venezolano, Mariano Picón-Salas (1901-1965), que articuló un nuevo pensar hispanoamericano a partir de la obra de Bello, para lograr lo que ansiaban muchos hispanoamericanos de su tiempo: “esclarecer nuestras propias realidades”, es decir: “ordenar lógica, estética y emocionalmente sus peculiares categorías de valores” (Obras selectas, 1962, p. ix).

Ese esclarecimiento permitiría fundamentalmente reconocer la cultura propia y afrontarla con las culturas occidentales distintas a las que el ser americano había sido sometido durante el coloniaje. Tres siglos de colonialismo habían despojado al ser latinoamericano de su identidad, su pensamiento y lenguajes originales, obligándolo a asumir la advenediza e incipiente cultura europea. Después, ya independiente políticamente, ese sujeto debía dilucidar su realidad en momentos en que los “imperios” europeos, divididos por ambiciones y odios mutuos, confrontaban nuevos atropellos por la supremacía del poder y la fuerza, causando nuevamente el caos y la destrucción con sus “guerras mundiales” en pleno siglo XX.

Hasta entonces, el trayecto del ser latinoamericano, erradicado y errático, fue el desplazarse de una cultura a otra, sin asiento o domicilio, ni fijo ni propio: desde su cultura aborigen americana semidestruida, a la ibérica, a la europea y otras a las que la europea debe su existencia: griega, romana, y oriente antiguo. Esa condición impuesta, se agravó a partir de 1880 con otra etapa, aunque voluntaria, asumida por el “modernismo”.

En su afán por descolonizar su pensamiento y su literatura de la dependencia española, ese movimiento tomó referentes para su pensar y su lenguaje de las más diversas culturas posibles, antiguas y modernas, de occidente y oriente. Devino cosmopolita, en ese transitar errante, dentro y fuera de sus fronteras, a través de la experiencia real, o simplemente mediante la lectura y la imaginación.

Picón-Salas observó en 1930 el panorama de la cultura de América-Hispánica. Lo reconoció todavía informe, aunque con “un ansia profunda de definición” (Hispano-América, posición crítica, 1931: 5). En ese tiempo, ciertamente, se renovaba el pensamiento crítico latinoamericano, acorde con su tiempo, para enfrentar los restos de la mentalidad colonial, sembrada de supersticiones, prejuicios y dogmas de la cultura europea del siglo XVI.

Había transcurrido el primer siglo desde la Independencia política, pero aún estos países no hallaban el modo de definirse o, acaso sea mejor decir, de percibirse ante la comunidad internacional. El pensamiento latinoamericano, asfixiado dentro de las fronteras coloniales había salido fuera de ellas para buscarse, asumiendo sin darse cuenta una identidad cosmopolita con pretensión universal, sin corresponderse con ningún lugar.

En 1944, Picón-Salas dejó su legado para el porvenir en otra obra capital: De la Conquista a la Independencia. Tres siglos de Historia Cultural Hispanoamericana. Ahí escribió: “Ya las gentes del siglo XXI pondrán todo su énfasis en asuntos que a nosotros se nos escapan. Así el pasado siempre se rehace para responder a la perenne y cambiante inquietud de las generaciones” (1944, p. 11).

Ahora, desde la perspectiva de este siglo XXI, todavía no terminamos de ver en su verdadera dimensión la inútil y confusa modalidad o pretensión de hacer visible sobre la cultura americana la figura o la sombra de otras culturas, como la europea, o la estadounidense, alentados por la “globalización”, nueva versión del “cosmopolitismo”.

El pensar parece haber abandonado las fronteras de su propia realidad. El devenir cotidiano transcurre dentro de ella, pero el pensamiento desencamina fuera de ese mismo ámbito. Nos encontramos en el nuevo siglo y desconocemos cuánto avanzamos en el reconocimiento de nuestra identidad cultural.

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