Notas para romperse una pata

Desemplumando las estructuras familiares: Eterna

La autora escribe sobre la más reciente obra del director Freddy Chipana y llevada a escena por el Altoteatro.
domingo, 30 de septiembre de 2018 · 00:03

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora sobre teatro

Es necesario estar alerta ante la muerte inesperada, ante la muerte que tal vez no había sido para tanto, ante la muerte que desestructura la familia -o la vuelve a armar- de a poco, con un conflicto que se desenlaza cada día.

¿Qué significa despedirse de la persona que origina el dolor? ¿Qué significa dejar ir a una madre que empezó todos los conflictos de la familia? Eterna de Altoteatro, escrita y dirigida por Freddy Chipana, nos obliga a interiorizar nuestro propio caos familiar, nuestra propia manera de manejar nuestras relaciones, nuestra madre.

Eterna es la pena, eterna es la familia, eterna es la madre. Pero la cuestión con la eternidad es que siempre implica tiempo, retorno, ciclos que no acaban. Y esta es la familia. De por sí, ya desde el principio, encontramos un primer retorno –físico, podríamos nombrarlo- de la madre. Hay una primera etapa de duelo en la que se cumplen todas las de la ley, todo lo que la moral familiar exige: los rituales, las flores, las disputas por herencia. Y ¡zas!, vuelve la madre, porque en general –y lo digo en serio- esa mujer se pasa de viva, en todos los sentidos que se le puedan hallar.

Es entonces cuando la vieja estructura familiar se renueva, para ser más anticuada que nunca. Hay una madre (Carmencita Guillén) que renovó el régimen patriarcal sobre las cuatro hermanas que nunca supieron ser el pilar de una familia quebrada. Volvió Madre a hacer que tiemblen el piso y las rodillas.

Afilar las palabras que nunca existieron: Si hay algo que siempre he amado del teatro, es su tridimensionalidad. Eterna siempre va cumpliendo con ese requisito de que al escenario hay que usarlo en todas sus dimensiones, y lo hace siempre en relación a la crisis familiar del día: Madre muere, una hija borracha, otra embarazada, o se pierden los pollos que al parecer son el sustento económico de la familia. Por esto mismo, tenemos en distintas ocasiones la coreografía de los cuchillos: aquella que muestra el negocio familiar, pero al mismo tiempo muestra la sensación de destripamiento de cada una de estas cuatro hermanas.

El cuchillo se afila y es un sonido casi tan desagradable como las verdades que se sueltan en esta familia: ya no son puras, Madre las ha de majar a palos y con todo el derecho que ella misma se ha otorgado, Madre ha vuelto, Madre tenía que volver a terminar de cerrar el ciclo de almas cerradas, aquel que ella misma ha creado. La música fuera de tono del cuchillo con la lima es aquella traducción armónica del lenguaje que las hermanas no pueden pronunciar. Es aquello que sólo pueden decir a medias cuando están ebrias o muertas.

La muerte de cuatro hermanas: El uso tridimensional del escenario crece en una pequeña coreografía que quise nombrar la coreografía de la muerte. Una hermana muere a propósito y de mentiritas, y las demás, sumergidas en una gran curiosidad que todos hemos experimentado, la siguen. Porque para morir, hay que estar vivo. Vive una, muere la otra, revive y pregunta una tercera, la primera insiste en morir y además les enseña a las otras a hacerlo bien. Botarse y levantarse, jugar con la verticalidad del espacio, siempre en una posición horizontal. Porque vivir es prepararse a morir, y hay que morir unos minutos al día para poder seguir andando.

La danza de los pollos: última coreografía en la que se trabaja y duro. Madre lo ha dicho y es hora de trabajar, aunque sea después de una golpiza, en medio de una luz roja de dolor. Y los pollos no se desempluman solos. Esto es lo que experimenta esta familia: un desemplumamiento. Dolor agudo y por poro. Sacarse las coberturas una por una y con el ardor que eso implica. Cada día es una pluma menos, y el retorno de Madre es volver a la primera pluma, comenzar de nuevo, desde el principio. Pero hay un momento en el que ya todas las plumas están fuera, y es el momento en el que las hermanas son libres, y comienza el baile, y las risas y la chacota.

La luz pasa de un rojo del alma de Madre, furibunda, violenta y descorazonada; a un violeta frío del juego de las hijas quienes ahora son unas gallinitas desnudas, porque están por decirlo todo.

El eterno retorno es un concepto que se sigue descubriendo desde Pitágoras, pasando por la filosofía hindú, hasta el profeta de Nietzsche. Y esta obra es la aplicación de una filosofía milenaria a la cotidianidad familiar.

A la crisis del día a día, de un sistema familiar patriarcal dominado por una madre que no tiene tiempo ni para morirse. Y los hindúes dicen que el retorno nunca es exactamente igual que la primera vuelta, la historia se repite pero para tener ligeras variaciones. Y Madre es eterna, volvió de una muerte física y volvió de una muerte espiritual. Pero volvió para decirle “hijita” por primera vez a la hija chupamedias, y para ser llamada “mamita” por única vez.

Volvió para morirse. Una y otra vez. Y seguirá volviendo eternamente para desempolvar las viejas tradiciones familiares. Volverá para seguir el viaje de sus hijas a París, a Europa, o tal vez a Achocalla.

Otras Noticias