El Caníbal Inconsecuente

El buri letrado

Kurmi Soto reflexiona sobre la historia de un tradicional foco letrado asentado en la Santa Cruz del siglo XIX.
domingo, 30 de septiembre de 2018 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investigadora

Hace un tiempo atrás, surgió en Santa Cruz un encendido debate sobre librerías y hábitos lectores de la ciudad, señalando ciertos límites de una urbe en constante crecimiento, pero que quizás dejó de lado políticas públicas culturales de gran impacto. El propósito de este artículo no es retomar los sendos argumentos que se invocaron en aquel momento, sino, al contrario, reflexionar sobre la historia de un tradicional foco letrado del siglo XIX.

Si bien es cierto que nuestro mayor bibliófilo y coleccionista, Gabriel René Moreno (1836-1908), el famoso “príncipe de las letras”, nació en tierras orientales, tampoco quisiera concentrarme en su figura, por demás conocida, sino más bien en los sutiles gestos cotidianos que marcaron un período en el que Santa Cruz de la Sierra leía con avidez y también producía reflexiones políticas y literarias muy adelantadas a su época.

En efecto, en un estudio sobre la Revolución de la Igualdad (1876-1877), el historiador ruso Andrey Schelchkov realiza un panorama pormenorizado de la situación cultural cruceña de aquellos años y señala muchos elementos que nos permitirán entender mejor su historia letrada. Para la segunda mitad del XIX, la ciudad albergaba –habitantes más, habitantes menos– a alrededor de 10.000 personas, en su mayoría “labradores” (es decir, propietarios de parcelas agrícolas de tamaño variable), pequeños artesanos (albañiles, carpinteros, herreros, sastres…) y comerciantes. Asimismo, las profesiones liberales ocuparon a un número importante de cruceños, que ejercieron como médicos o abogados y, a diferencia de la región andina, la presencia indígena en la urbe y sus alrededores fue muy limitada, por no decir casi inexistente.

Por ello, no es de sorprender que Moreno, en la biografía que le dedica a Nicomedes Antelo (1885), hable de la bucólica tranquilidad que traía consigo la “sencillez colonial” de sus tierras orientales, por oposición a las cruentas revueltas que ensangrentaron el resto del país.

Esta estabilidad social, la relativa homogeneidad de la población urbana y el acceso a la tierra fueron, tal vez, los principales alicientes de la cultura cruceña decimonónica. De hecho, la tasa de alfabetización era la más alta del país y, para aquel entonces, un 60% de los habitantes del departamento, en su mayoría residentes de la ciudad de Santa Cruz, sabía leer y escribir.

Al mismo tiempo, el porcentaje de escuelas en relación a la densidad poblacional era elevadísimo y sobrepasaba por mucho el de La Paz. Finalmente, otro dato de no menor importancia es la instalación de la primera imprenta en 1860 y la publicación de numerosos periódicos que enarbolaron posiciones políticas de lo más diversas y, muchas veces, muy radicales.

Entonces, la Revolución de la Igualdad fue, en parte, fruto de una auténtica formación política. Según Schelchkov, en las bibliotecas privadas decimonónicas, abundaron las obras de los “padres espirituales” de la Revolución romántica de 1848 y los cruceños leyeron con detenimiento a Eugène Sue, Alphonse de Lamartine, Victor Hugo e incluso al controvertido Joseph Proudhon. Por eso, a decir del historiador ruso, la palabra “socialismo” estuvo en boca de muchos. Es así que Carlos Hugo Molina rastrea la presencia de este término y de ciertas fórmulas proudhonianas en varios e importantes periódicos como La Estrella de Oriente, El Oriente y, por supuesto, en El Eco de la Igualdad, editado por el mismo Andrés Ibánez.

Pero esas no son las únicas publicaciones que dan fe de una cultura inquieta y en ebullición, pues no se puede hablar de la Santa Cruz decimonónica sin mencionar El Cosmopolita Ilustrado (1887-1889) y hacer hincapié en su singular importancia a nivel nacional. Como su Redacción lo afirma, se trataría del primer periódico en Bolivia en ser tan ricamente ilustrado con grabados a página completa.

El artista detrás de ellos fue Manuel Lascano Velasco, hombre polifacético (músico, cantante, actor, litografista) e intelectual de talla que trabajó junto a otros fascinantes personajes como Adrián Justiniano Flores y el padre de este, Julián Justiniano Chávez, “médico homeópata y pedagogo lancasteriano”, como lo afirma Marcelino Pérez Fernández en el prólogo a la edición facsimilar del 2008.

Juntos, fomentaron el arte a través de la Sociedad Filarmónica 6 de Agosto, cuyo nombre hacía también eco a las aspiraciones nacionales del Cosmopolita, que buscaba vehicular sentimientos patrios a través de las composiciones y dibujos publicados en sus páginas. Entre líneas, también constatamos una importante actividad teatral cruceña, y no son pocas las obras que, según los redactores, fueron estrenadas durante esos años. Fieles al espíritu romántico que reinó en la época, estas privilegiaron temas históricos que ensalzaron la recién creada República de Bolivia.

Asimismo, este periódico decimonónico echa luces sobre otros aspectos de las dinámicas letradas cruceñas y revela la existencia de varias revistas dedicadas a la literatura y hoy olvidadas como El Álbum Literario o la efímera Imaginación. Sus avisos también nos permiten conocer las lecturas de moda, entre las cuales destacan, por supuesto, las novelas de Enrique Pérez Escrich y Chateaubriand, pero también otras más sorprendentes como las obras completas de Lamennais.

Aun así, Santa Cruz de la Sierra, en palabras de Isabelle Combès y Paula Peña, es la “prima huérfana de la historia de Bolivia” y sus archivos continúan siendo muy poco atendidos, a pesar de que entre ellos se encuentren verdaderas joyas, únicas en su género, como por ejemplo, el diario de Feliciana Rodríguez, una joven muchacha de clase media-alta que nos dejó un retrato al vivo de la vida cotidiana cruceña de los años 1850 a 1870. Este es un ejemplo puntual, pero estoy segura que esta todavía “terra incógnita” (Combès y Peña) nos reserva muchos más tesoros escondidos.

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