El Chicuelo dice

Hoy me gustaría hablar sobre la eficacia de la magia

¿Cómo destruir los cimientos del destino. Sobre todo del destino más abominable? Wilmer Urrelo ensaya algunas posibilidades.
domingo, 30 de septiembre de 2018 · 00:06

Wilmer Urrelo Escritor

Por eso un día habría que destruir los cimientos del destino. Sobre todo del destino más abominable. Me refiero al destino más profundo. Por eso tendríamos que hacerlo desde la lejanía de las estrellas. Tendríamos que hacerlo desde la humedad hostil de los cementerios.

Por eso tendríamos que despellejarlo vivo con ayuda de los huesos molidos de alguien que pasó al olvido. Hablo del destino amargo. El que anida en los caminos. O quizá en los helechos que van hacia otros continentes. Tendrías que saber que el destino está hecho sobre la base de mis mañanas luminosas.

Que trepa por las espaldas de tus tardes llenas de risas. De aquellas flores livianas y misteriosas como las plumas de las aves. O también por los resquicios de las algas. Y solo así, entendiendo esto, un día habría que saber dónde atiende Cirilo Janko. Habría que buscarlo y decirle. Comentarle sin verlo a los ojos. Tata Cirilo, quiero destruir a alguien. Quiero que al fin esa persona sufra por todo lo que me ha hecho. O decirle que mi negocio al fin arranque. Es la soledad que usa la gente para construirse y para volver a comenzar. Yo te daré poesía a través de las voces de los muertos.

Pero volvamos: allá por el pasaje Jáuregui hay un viejito barrigón. Tal vez él pueda. Total, será como mirarse ante un muerto. Y tal vez vos, tata Cirilo, seas ese espejo, el centro de todo. El que siente tanto dolor que comprende a los seres humanos y se apiada de ellos. Estas son las voces de los atrapados por el destino. El dolor es como si granizara dentro de mí. Porque todo perdura y socava mis cimientos. Los pesos se evaporan, no me duran nada. Porque quiero salir de este hospital, correr, ir por las plazas, comer gomitas y algodones de azúcar. Quiero ser distinto, no el de siempre, olvidarme del destino.

Entonces puede hablarse ya de la eficacia de la magia.

La magia cargada de instinto, de una conciencia brutal y conmovedora. De la monstruosa oscuridad. La magia condescendiente. La magia que arropa. La magia que te abraza y te calma con palabras poderosas. Ya no sentirás dolor. Ya olvidarás a esa persona. Ya el negocio florecerá.

También quiero invocar a la magia que está en las entrañas de un animal herido.

Entonces ahí estará el tata Cirilo Janko, en el pasaje Jáuregui de la ciudad de La Paz, y que una noche antes soñará con vos y entonces lo sabrá. Hoy en la tardecita vendrá la Noemí. La que odia a su marido. El tata Cirilo coserá la boca de un sapo con hilo rojo. Te pedirá una foto de tu marido doblada siete veces para esconderla en la barriga del sapo. Y después cubrirá al animalito con tierra del cementerio. Nunca, nunca más tu marido te lastimará, Noemí.

Por lo tanto me gustaría hablar de la eficacia de la magia.

También está la dramática existencia del Vergara. El tata Cirilo Janko no tiene más remedio que sacar la coca cuando me ve llegar. Entonces la coca dirá: tu hermana o tu cuñada te ha hecho un mal, ¿ves esta hojita bien pálida? Veo. Ese eres vos, y estas hojitas de tu lado son las envidias. Buscá en tu negocio un paquete blanco, no agarres con la mano, barré con una escoba y traes mañana. Y el tata callará y esa tarde no habrá más clientela. Recurrirá entonces a calentar la espalda al sol. A oír a los gringos pasar por su lado. A ver más allá. Es como si granizara dentro de mí. Al tata Cirilo Janko le duele la panza. Tal vez mi gastritis de nuevo. Me arde la lengua. Tal vez alguien me ha dado veneno. En pleno pasaje Jáuregui el tata Cirilo se convertirá en un abismo. Sabe una cosa y a la vez también la intuye. Cada vez que enderezo una brujería hay un hueco esperándome allá abajo.

Es la eficacia de la magia. Quiero hablarles de eso.

Al día siguiente el joven Vergara volverá. Pálido. Temblando. Cómo sabía. Cómo sabía que iba a encontrar este amarre. El tata Cirilo recibirá en paquete. Quema. Aquí han puesto harto odio y harto rencor y harta envidia también. Soplará por los cuatro costados. Echará encima un poco de alcohol. Y después abrirá. Cabellos negros envolviendo mi foto de cuando era changuito. Carlitos Vergara, cuarto básico, colegio Isabel Perón. Entonces correrás sobre el lomo de los perros de la noche, tata Cirilo. Por ahí también brincará un mono verde y te esconderá entre las nubes.

Ya sabías y a la vez lo intuías. Esos cabellos no son de vos. Son de una muerta de 1952, de la vez de la Revolución. Te dirá su nombre como una errante golondrina: soy una obrera de nombre Eduarda Silva Montes.

Ese trabajo hace la Gabina, una que atiende allá en El Alto. Se hace con cabello de muerto o uñas, a veces incluso con un ojo entero. Te estás mirando en la difunta, joven, ese es tu problema. Por eso el negocio no avanza. Esto hay que quemar en el cementerio. Yo voy a llevar. Hay que ir en la noche. Todo para hallar el misterio. Todo para enderezar el destino. Buscará velas negras el tata Cirilo, buscaré para que todo el mal les rebote a esos malvados que tanto daño te han hecho. Y el tata Cirilo pensará: mis dientes llenos de arena, repletos de misterios. Enderezas una brujería y aparece otra, como un hueco esperándome allá abajo.

Hoy me gustaría hablar sobre la eficacia de la magia.

Es decir, hacerlo tarde o temprano. Los cadáveres consumidos. La sabiduría de los muertos que me dicen riendo: es hora que destruyamos todos los cimientos del destino.

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