Personaje

Sobre Adorno

El ensayista Bernardo Prieto responde un artículo publicado la semana pasada por H. C. F. Mansilla sobre Theodor Adorno.
domingo, 30 de septiembre de 2018 · 00:00

Bernardo Prieto Ensayista

Hace una semana H. C. F. Mansilla escribió una apasionada semblanza de Adorno. Aquel filósofo que, como recuerda H. C. F. Mansilla, lo invito a él y a un grupo de alumnos a escuchar una especie de lección privada en su hogar, evitando, en las cuatro horas que duró la visita, ya por su timidez extrema o su particular egocentrismo, todo trato personal.

H. C. F. Mansilla reconoce la filiación intelectual que lo aproxima a Adorno y por esto desiste de la “teoría infantil y primitiva de que los discípulos deben matar al padre”; sin embargo, como un niño enojado, H. C. F. Mansilla no resiste de hacer algunos cuantos rasguños al maestro.

Entre las observaciones críticas que realiza H. C. F. Mansilla –estos rasguños– nos gustaría detenernos en las observaciones referidas al lenguaje de Adorno –o, como otros podrían entender, sobre su estilo–.

H. C. F. Mansilla no pone en duda, en ningún momento, la inteligibilidad de la obra de Adorno ni, mucho menos, su importancia. Por el contrario, escribe que “la obra de Adorno nunca exhibe dudas; hasta sus aseveraciones entremezcladas con la semioscuridad de su estilo están hechas de sustancia sólida”.

Sin embargo, según H. C. F. Mansilla el lenguaje denso, paradójico y esotérico de Adorno ha propiciado el nacimiento de una tradición académica donde “lo nebuloso y abstruso se mezcla con testimonios de una notable erudición y con destellos de genuina creación”. El bizantinismo puede estar muy cerca de las formulaciones mágicas y las obras filosóficas pueden confundir complejidad con profundidad. Ciertamente, la caracterización que realiza H. C. F. Mansilla no es incorrecta, lo que no es preciso señalar es la ironía de estos reproches.

En una carta dirigida a Walter Benjamin, la cual era esencialmente una respuesta a la lectura del ensayo El París del Segundo Imperio en Baudelaire, Adorno reprocha la falta de una mediación teórica entre los diferentes elementos del ensayo de Benjamin; reprocha, pues, el extraño materialismo que Benjamin conjura, o en palabra de Adorno “(…) la tendencia de referir los contenidos pragmáticos de Baudelaire directamente de los rasgos inmediatos de la historia social de su tiempo (…)”. Tendencia donde el ascetismo del texto tiene un efecto no deseado: “donde la historia y la magia –en palabras de Adorno– oscilan”.

En cierto sentido toda crítica estilística es también una crítica metodológica. Es decir, toda reflexión sobre el método implica también una reflexión sobre el lenguaje y su uso. Adorno observa que el texto de Benjamin se encuentra poblado de verdaderas fantasmagorías que nunca asumen el carácter de categorías filosóficas objetivas; y, por lo tanto, el texto de Benjamin puede ser verdaderamente interpretado sólo después de pasar el umbral de los iniciados: “acercándose a ese escenario satánico (…) como lo hace Fausto a las fantasmagorías del Brocken”.

No deseamos discutir las acusaciones de Adorno a Benjamin; sin embargo, estas acusaciones nos permiten trazar un símil entre las observaciones que realiza H. C. F. Mansilla a Adorno. Ambas acusan de convertir los textos filosóficos, de alguna manera, en experiencias esotéricas donde, como ya escribió el Eclesiastés, “el componer libros –o interpretarlos diríamos nosotros– es cosa sin fin”. La ironía es clara, pues, el discípulo parece repetir lo que alguna vez Adorno ya le reprochó a su maestro. Y, no obstante, la acusación es todavía más amarga, justamente, no sólo porque Adorno detestó esta “jerga de la autenticidad” sino, especialmente, porque Adorno eligió ya en su delicado ocaso, como nos relata H. C. F. Mansilla, el estilo oscuro, sonoro y meditativo –de silencios prolongados– que caracterizaron al estilo oral de Heidegger.

En un otro artículo, dedicado a la relación entre Heidegger y Arendt , H. C. F. Mansilla escribe que desde su juventud académica “la fascinación que ejerce Heidegger –le pareció– algo así como una brillante tomadura de pelo, con rasgos de un fraude erudito y de un culto religioso”, en este artículo H. C. F. Mansilla cita a George Steiner el cual nos refiere, precisamente, al “hipnótico sistema de enseñanza –de Heidegger– y de aquellos famosos silencios que reducían a los alumnos más inteligentes a un fascinado terror”.

Habría que leer conjuntamente estas descripciones –nada ajenas a H. C. F. Mansilla– que parecen implicar la existencia de una tolerancia crítica a la oscuridad de Adorno, pero, al mismo tiempo, una incomprensión radical hacia la densidad del estilo de Heidegger.

Justamente, en un bellísimo ensayo sobre la poesía de Hölderlin, Adorno escribió que “Heidegger estruja a Hölderlin hasta hacer de él un testigo del mismo y prejuzga el resultado mediante el método (…) –leemos a continuación la acusación central de Adorno a Heidegger– el simple texto –la Germania de Hölderlin– desvela como una subrepción la transposición ontológica que hace Heidegger de la historia en algo que acontece en el puro ser”. Esta trasposición que no es más que un sagaz ocultamiento, resume bien la revisión –extensa y precisa– de la filosofía heideggeriana contenida en su dialéctica negativa. Pues para Adorno la filosofía de Heidegger, con su comicidad y oscuridad, es esencialmente mala filosofía del lenguaje.

Por lo tanto, una asociación entre el estilo de Adorno y el estilo de Heidegger no puede más que parecer una injusta frivolidad. O, necesariamente, esta aparente asociación nos exigiría una mejor y más precisa fenomenología del estilo; para discernir, más fácilmente, entre las diferentes oscuridades. Más, si es necesario describir a Adorno habría que hacerlo recordándolo como un preciso y elegante ensayista; o describirlo como, al comienzo de su Mínima Moralia, él mismo figuró a Proust: “él no es ningún profesional, ocupa un rango en la jerarquía de los concurrentes como diletante sin importar cuáles son sus conocimientos”.

Adorno escribió que la actualidad del ensayo es esencialmente anacrónica, y utilizo, curiosamente, esta misma caracterización para hablar del estilo tardío. De esta manera, es preciso recordar la descripción que realiza Edward Said de Adorno como “una figura tardía porque gran parte de sus actos se caracterizaron por una militancia feroz contra su propia época” y, propiamente, su estilo es comparable a la descripción que el mismo hace de las últimas obras de Beethoven, las cuales “suelen abstenerse de la dulzura, y con su amargura, su aspereza, se niegan al mero paladeo; les falta aquella armonía que la estética clasicista esta acostumbrada a exigir de la obra de arte”.

Aquí que podemos decir que el peculiar estilo de Adorno –tardío, anacrónico, erudito, denso y fragmentario– no es más que el desenvolvimiento natural de su tarea como un brillante ensayista.

Lamentablemente, muchos acólitos de la escuela de Frankfurt –al menos en nuestro país– no saben más que proferir lamentos moralistas y prueban que no entienden, o no saben de literatura, teología o música. Incluso H. C. F. Mansilla desarrolla, no sin muchísimo mérito y sin abandonar un liberalismo clásico, el lado menos interesante de su maestro: la crítica radical de la sociedad capitalista. Por último, no es necesario elegir el asesinato del padre para convertirse en un gran poeta o filósofo, digamos, siguiendo la interpretación que hace H. C. F. Mansilla de Kafka. Basta, sin embargo, eso sí, un deliberado malentendido: una lectura verdaderamente creativa.

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