Tres Tristes Críticos

La Casa de las Flores

El autor escribe sobre la más reciente serie lanzada por la plataforma Netflix.
domingo, 09 de septiembre de 2018 · 00:00

Rodrigo Ayala Bluske Cineasta

La Casa de las Flores es la nueva serie de moda, estrenada recientemente en Netflix. La promoción que le está dispensando la multinacional televisiva, amén de una genuina capacidad para “enganchar” al público, nos hace pensar que próximamente podrá adquirirse fácilmente por otras vías. Y seguramente a esta primera entrega se le agregaran varias otras temporadas, en la medida en que los productores sean capaces de mantener el ímpetu inicial.

Serie, no telenovela

Diversas notas promocionales quieren dar a entender que La Casa de las Flores es un aggiornamento de la telenovela mexicana (quizás aprovechando de manera oportunista que su personaje protagónico principal está encarnado por Verónica Castro).

Una suerte de relanzamiento genérico en el que Netflix sería la benefactora para los latinos. La afirmación no es cierta porque el producto no posee ninguna de las características centrales del género (duración, estructura dramática, énfasis sentimentales, temas recurrentes, etc.).

La Casa de las Flores es una serie televisiva contemporánea (producto en que la diferencia entre la serie clásica de muchos capítulos de final cerrado y la miniserie de pocos capítulos continuos ha desaparecido). Una serie que sí, se ambienta en México y toma varios de los elementos que hacen a su idiosincrasia, pero ahí entramos en un terreno completamente distinto.

Queda claro, en todo caso, que los ejecutivos de la transnacional, después del enorme éxito obtenido por Luis Miguel, La Serie (2018), quieren mantener el impulso con otros productos generados en la tierra de Juárez.

El valor de La Casa de las Flores se encuentra en la fuerza que como comedia de humor negro despliega en sus primeros capítulos (el visionado de los cuales garantiza en la mayor parte de los casos que no quieras despegarte de la pantalla). El suicidio de la amante de un patricio mexicano hace que con prisa se vayan develando los secretos oscuros de una “familia bien”.

La situación parte de una tradición social arraigada en México, la de la combinación de la “Casa Grande” (familia oficial), con la “Casa Chica” (familia de la amante). En este caso, además, cada familia está asociada a un negocio de naturaleza distinta, pero que lleva el mismo nombre: “La Casa de las Flores”, que en el primer estamento es una distinguida florería de alta sociedad, y en el segundo un cabaret-prostíbulo animado por travestis. De esta manera, sin muchos preámbulos, el creador Manolo Caro plantea la dicotomía en que se desenvuelve la sociedad mexicana.

En forma explosiva, la serie va mostrando diversos tipos de transgresiones al formato de la familia tradicional: infidelidad, relaciones interraciales, homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, travestismo, tríos sexuales, venta de drogas, suplantación de identidad, fraude financiero, pseudo incesto (hermanos de una tercera hermana), chantaje, etc., etc.

Los primeros capítulos funcionan perfectamente a base de la acumulación, debido a que los realizadores no se regodean con ninguno de los elementos temáticos que incluyen, sino que más bien van sumando uno tras otro. Sin embargo, el cansancio llega en el tramo final de la propuesta, cuando ese primer combustible se acaba y llega el momento de desarrollar los conflictos planteados. Ahí también aparecen algunas desprolijidades narrativas y argumentales que muestran el esfuerzo realizado para concluir las situaciones y tender hilos para la segunda temporada (el hijo de Paulina y su exesposa (o) marchándose sin despedirse de los abuelos el mismo día de la gran fiesta, etc.).

El problema central de La Casa de Las Flores es precisamente el haber renunciado a uno de los principios básicos de la estructura dramática clásica (y por supuesto de la telenovela); un conflicto fuerte encarnado por un protagonista y un antagonista. Da la impresión que los autores se engolosinaron tanto desarrollando la enorme sarta de “desviaciones”, que terminaron diluyendo el conflicto central. Virginia, la madre, y Paulina, la hija mayor, quienes deberían haber jugado dicho rol, se parecen demasiado (al igual que el resto de los componentes del grupo). Nadie es bueno y nadie es malo, por lo que incluso no tienen sentido los roces intrafamiliares (el control de la florería).

Transgresores perono conservadores

La serie familiar transgresora por antonomasia en nuestros tiempos es Los Simpson. Probablemente uno de los secretos de su éxito consiste en que, si bien cuestiona con ironía los diversos aspectos de la vida estadounidense contemporánea, demuestra que “la familia funciona” (la sociedad funciona). A pesar de la estupidez fascistizante de Homero, la rebeldía anárquica de Burt, la candidez utópica de Liza, finalmente se impone “el bien común” y, por tanto, la maquinaria sigue andando.

La Casa de la Flores se ubica en el mismo terreno. Es transgresora, porque aprovechando la relativa libertad que le da la producción para streaming, se da el lujo no solo de reseñar la doble moral de la sociedad mexicana (prototipo de país donde conviven un Estado y mafias monstruosas), sino de retratar con desparpajo la cotidianidad de las relaciones sexuales “atípicas”.

En sus capítulos lo que probablemente sorprenda más (choque más, en un sentido positivo), es la normalidad con la que retrata las relaciones homosexuales. En el cine y la televisión contemporáneos generalmente ese tipo de situaciones se sugieren o se sobreentienden, en La Casa de las Flores son normales y reiterados los arrumacos, picos, chapes, expresiones de cariño y finalmente las relaciones sexuales explícitas entre personajes masculinos, de una manera pocas veces retratada antes en la televisión comercial (caso también atípico en la medida que abundan los desnudos parciales masculinos y no hay casi ninguno femenino).

Los mejores momentos de la serie son aquellos en los que ironiza con la “cultura popular” comercial contemporánea mexicana (tan chata en su vertiente Televisa, en contraste con otras como las de Argentina o Brasil). En ese sentido son deliciosos los momentos en que los personajes utilizan letras de las canciones de Gloria Trevi o Alejandra Guzmán como parte de sus diálogos, o en los que las travestis representan a las cantantes icónicas. Una pena que esta veta no se hubiera desarrollado un poco más.

La Casa de las Flores sigue mostrando los esfuerzos de Netlix por conservar el mercado global, al financiar producciones nacionales, por lo menos en sus mercados más importantes. A pesar de las observaciones realizadas, dicha producción significa otro soplo de aire fresco en el universo de la televisión comercial. El tiempo nos dirá si los caminos elegidos por la televisora mundial pueden ganar en fecundidad y si en este caso específico los productores de La Casa de las Flores tienen la capacidad de aprovechar el éxito logrado, abriendo una nueva veta creativa en el audiovisual mexicano.

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