Perfil

Lucas Achirico: “No dejo, más bien me llevo mucho de Teatro de los Andes”

Luego de más de dos décadas como miembro del elenco, el actor deja Yotala para iniciar una nueva aventura en Polonia junto con su familia. Un recuento de su vida y su salto al mundo del teatro, narra Mabel Franco.
domingo, 09 de septiembre de 2018 · 00:09

Mabel Franco Periodista

En 2004, Lucas Achirico y su compañera, la polaca Danuta Zarzyka (Danka), alquilaron una pequeña casa en Yotala, el pueblo separado por el río Cachimayude la hacienda Lourdes, de Teatro de los Andes. El joven, que así daba un paso más para hacer su propia vida que, desde fines de 1991 –a sus 17 años- se había ido forjando con el grupo encabezado por César Brie y Paolo Nalli–, recuerda que estaba contento de vivir en un lugar apacible como Yotala.

Una semana después de instalados los sorpredería la aparición de un niño parado en el techo de la vivienda. “Mi mamá me quiere matar”, les habría dicho temblando. Lucas y Danka hicieron que el pequeño bajase y lo llevaron a la Defensoría de la Niñez, donde la funcionaria apenas reaccionó: “Esa mamá tiene varias denuncias, siempre por golpear a sus hijos”.

La pareja, que ya tenía una hija nacida un año antes (Naomi), decidió buscar a la mujer. “Así supimos que ella trabajaba de día en Sucre y por la noche era serena en la universidad que está en Yotala. Cocinaba de madrugada para sus cuatro hijos, una de ellos enferma y confinada en la casa, y para un padre anciano que apenas podía moverse”. Lucas recuerda las ojeras y los ojos rojos de esa madre que, como rumoreaban los vecinos, era víctima de incesto.

Lo aprendido, lo trabajado en la comunidad teatral hizo que Lucas, y su compañera también artista, afinaran sentidos y miraran mejor el idílico pueblo. “Entonces notamos que la noche dejaba salir a pequeñas figuras: enanitos, discapacitados, personas con síndrome de Down…”. Que todo eso, incluido el caso de la vecina, resultara normal, impulsó a la pareja a buscar la forma de decir que ninguna violencia lo es.

Lucas y Danka decidieron proponer al grupo una obra teatral sobre la violencia intrafamiliar. César se entusiasmó y así comenzó el proceso de investigar, documentar, probar imágenes y dar vida a ¿Te duele?

Hoy, 25 de agosto de 2018, un Lucas listo para cambiar de residencia, para irse a vivir a Polonia junto a Danka y sus hijas Naomi y Misha que se le adelantaron un poco, revisa sus recuerdos. Y afirma que esa obra puesta en escena a la manera de un cuadrilátero de box es la que considera su mayor aporte. “Y, ¿sabes?, cada creación de grupo de la que participé (desde Colón hasta Un buen morir, que ha musicalizado) es como un hijo. Cada obra tiene una historia muy fuerte. En alguna quizás aprendí más, en otra logré entrar de nuevas maneras; pero en la que busqué más allá fue en esta de la violencia doméstica de la que yo mismo probé en mi adolescencia, tras la separación de mis padres y la presencia de un padrastro”.

Arriba Achirico junto a su esposa interpretan ¿Te duele?. Abajo Achirico junto a Gonzalo Callejas en una escena de La Odisea.
Fotos Archivo Página Siete

Esos gringos

Lucas nació en la mina Chojlla. La madre migró a fines de los 80, ya sin esposo y con dos hijos varones, a La Paz. Pronto, la familia se instaló en El Alto y allí el pequeño Lucas comenzó a soñar con la música, inspirado por el grupo folklórico que había formado su hermano mayor. El adolescente asistía a un centro de ayuda para chicos con pocos recursos o huérfanos, dentro de una iglesia evangélica, “y me empecé a meter en la música, pero noté que había muchos límites para hacer cosas debido al pensamiento de esa Iglesia”.

Un amigo que trabajaba como mensajero de la Asociación de Familiares de Detenidos, Desaparecidos y Mártires por la Liberación Nacional (Asofamd) consiguió la primera oportunidad para tocar en público. Lucas, de 14 años, y unos compañeros de igual edad, “teníamos cinco temas preparados y los tocamos en esa reunión; nos pidieron más y tuvimos que explicar que era todo. La señora de Asofamd nos animó: Toquen todo de nuevo y nos aconsejó ir a unos talleres en El Alto”.

Luego de mucho buscar por la zona 16 de Julio, los muchachos llegaron al lugar indicado, que resultó ser el Hogar Albergue Para Menores Abandonados (HAPMA) que dirigía el suizo Stefan Gurtner.

“Me relacioné con chicos que tenían experiencias de vida en la calle, un estatus, formas de manejarse, todo lo cual me era desconocido. Yo era calladito, pero me aceptaron por la música y porque jugaba muy bien al fútbol”.

A fines de ese año se dio la oportunidad de viajar. Músicos y mimos de HAPMA, unos 30 muchachos, recorrieron las capitales de departamento. “Así comencé a conocer el país y a saber lo que implica tener un grupo”. Lucas tocaba charango y algunos instrumentos de viento que había ido aprendiendo con sus tres amigos del colegio, con quienes también armó un conjunto y selló un trato: nunca iban a tomar alcohol. “Esto me marcó”.

Otra marca que pudo ser terrible fue la de su padrastro, con quien no se llevaba bien. “A mis 15 años me le planté y supe que la relación iba a terminar mal. Yo tenía una carta bajo la manga: el hogar de Stefan, donde terminé por pedir acogida a mis 16. Fue entonces que, en un viaje que hicimos a Sucre, para presentarnos en el teatro 3 de Febrero, me vieron César Brie y Naira Gonzales”, la pareja fundadora, con Nalli, de Teatro de los Andes

Era fines de 1991. Se le acercaron y le preguntaron si le interesaría asistir a un taller. “Estaba deseando dejar La Paz. Había perdido el año escolar y había roto la libreta”. Así que aceptó, creyendo que dicho taller sería de música.

En marzo de 1992 se integró al grupo como becario. El taller se dictaba en el Teatro Gran Mariscal y asistían como 20 personas, algunas de Sucre y otras de Argentina, España e Italia. “Mi primera impresión fue ‘dónde estoy’. Al principio confundía a los barbudos: César, Paolo, Filippo, Emilio, todos me resultaban iguales”.

Y así “descubrí el teatro”. Todo lo que se hacía allí “me gustaba, pues si bien no se aprendía música, todos tocábamos instrumentos, cantábamos, además que hacer acrobacia”.

La nostalgia no faltaba en el ánimo de Lucas, el aymara. “Yo trataba de animarme viendo que había gente que venía de mucho más lejos, pero igualmente me sentía triste al no reconocer las cosas que me rodeaban. Por suerte, allí estaba Gonzalo Callejas, otro adolescente boliviano de origen quechua que había aceptado ir al taller creyendo que era de carpintería, y “nos hicimos muy amigos”.

Un alumno de la vida

Lucas tenía toda la intención de volver al colegio. De hecho, pasó clases “en el poderoso Junín y el poderoso Monteagudo, de Sucre, por medio año”. Luego, fue transferido al colegio Santa Rosa de Yotala. La directora era una monja argentina que recomendaba a Lucas que estudiase mucho. Un mes después llegó la hora de hacer la primera gira nacional, de manera que para conseguir el permiso, César ayudó a armar una carpeta con recortes de prensa sobre el grupo. “Fuimos juntos y entramos a la dirección. César habló de la gira y entregó la carpeta que la directora no quiso ni mirar y que tiró al piso. Se armó un lío de tal magnitud que yo recuerdo las caras de mis compañeros de curso mirando desde el segundo piso totalmente asustados. Nos salimos y ahí terminó mi vida académica”.

Lucas habla italiano y algo de inglés. Su castellano es rico en vocabulario, como debe serlo su aymara. Conoce más del mundo que un boliviano promedio, así de harto ha viajado como parte de Teatro de los Andes. “Pero he aprendido mucho más con las personas que han pasado por este lugar (la casa del grupo), por el intercambio de información, las charlas como la de hoy en el almuerzo sobre el embarazo adolescente. Y con cada obra, cada tema, cada discusión, cada película que veíamos. Para cada obra necesitábamos investigar como para una tesis”.

¿Y la música?

“En un primer momento estuve dedicándome a leer y a aprender más de la guitarra, el violín y el chelo. Pero somos un grupo de teatro y lo que hicimos es explorar todas las posibilidades del cuerpo. En ese sentido soy también un músico, pero igual siento que me falta mucho, aunque es cierto que aprendí recursos, modos de abordar la música, que puedo plasmar ideas e interpretarlas”.

El ejemplo último es el trabajo de Lucas para Un buen morir, obra concebida e interpretada por Gonzalo Callejas y Alice Guimaraes, en la que la música es una protagonista más. “Como es la primera obra de grupo en la que estuve fuera, hice el trabajo musical más objetivamente. Cuando vi el material propuesto por mis compañeros, reconocí muchas cosas que habíamos trabajado en otros talleres. Esos impulsos me hicieron tomar el rumbo y compuse todo, menos una pieza que conocíamos todos y que apareció otra vez”.

Esa música pregrabada ha puesto a prueba los conocimientos de Lucas para componer con la computadora. Es otro universo que explora y que forma parte del equipaje que se lleva a Polonia y que piensa ir desempacando poco a poco, a medida que vaya aprendiendo el idioma.

“Voy a extrañar mucho mi vida aquí; pero la decisión está tomada. Es Naomi, mi hija de 15 años, quien me ha llevado a aceptar lo que mi compañera Danka me estaba pidiendo hace tiempo. Naomi canta –su madrina en este sentido es Teresa Dal Pero, exintegrante de Teatro de los Andes- y ya no hallaba oportunidades para seguir aprendiendo en Bolivia”.

En Polonia la aceptaron en una institución donde podrá terminar el colegio y aprender música, con muchas facilidades.

Lucas está convencido de que el alejamiento que se concretará en noviembre próximo es geográfico. “No es una separación de Teatro de los Andes; voy a ver si puedo generar proyectos desde allí para seguir aportando”. Luego de 27 años en el grupo, dejarlo no es fácil. Por eso, Lucas Achirico afirma convencido: “No estoy dejando, más bien me estoy llevando mucho”.

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