Para mirarte mejor

Pésame a la memoria que no sabemos conservar

¿Para qué sirve la memoria? “Para aprender, para conocer, para crecer”, escribe Lucía Querejazu a propósito del reciente incendió en el Museo Nacional de Brasil.
domingo, 09 de septiembre de 2018 · 00:07

Lucía Querejazu Historiadora de Arte

Es un error pensar que con el incendio del Museo Nacional de Brasil se quemaron 200 años de investigación y alrededor de 20 millones de piezas de colección. Un error que desnuda la profunda ignorancia de las autoridades sobre el verdadero valor del acervo contenido en las paredes de lo que fue alguna vez un Palacio Imperial en América en la que fue capital de un imperio europeo fuera de Europa y lo que este repositorio significaba, y en ausencia, representa, para la población brasileña y mundial.

De presupuestos

Falta de presupuesto y cultura parecen ir de la mano en prácticamente todas partes. No solemos ser conscientes de que la falta de presupuesto pone en real riesgo la existencia de los acervos mismos. Pasa aquí y pasa en todas partes: el sábado pasado colapsó el techo de la iglesia deSan José de los Carpinteros en Roma, una iglesia del siglo XVI vinculada a los últimos días de san Pedro. Pasa que conservar es una tarea de precavidos que pareciera que se ocupan de cosas que realmente no requieren atención. Y es que, si las cosas no están rotas no necesitan restauración, si no se cayeron no requieren reconstrucción, por lo tanto, tampoco necesitan recursos.

Por eso es tan difícil conservar, porque implica hacer caso a expertos que se preocupan por objetos y memorias que parecen no estar en riesgo. ¿Es por eso que no había presupuesto para el Museo Nacional de Brasil desde el 2015? Probablemente no les importó a quienes hacen los números y dispensan los recursos del Estado, pero no era difícil imaginar que un edificio con estructuras de madera, contenidos inflamables, un cableado eléctrico en pésimo estado, sin extinguidores automáticos, o extinguidores suficientes, o hidrantes cercanos podía ser devorado por el fuego en una noche.

De contabilidades

Lo más difícil es ahora calcular cuánto se ha perdido. Aquello que no se calculó cuando se tenía. Circulan en las redes sociales las listas de los objetos más valiosos de la colección puesto que parte de la dimensión de esta herencia venía de la mano de piezas egipcias o griegas, cosas que tan raramente vemos en América Latina. Estas piezas hablaban tanto de sus orígenes remotos en el Mediterráneo como del deseo de hacer de Río una capital europea y una ciudad cosmopolita con “herencia” o “historia” vinculable a una Europa totalmente ajena. Simultáneamente, uno de los acervos más ricos del museo eran sus colecciones de paleontología, zoología y etnología, es decir, una reconstrucción del espacio brasileño, de la herencia e historia de Brasil natural y real. Una contradicción en construcción como todas nuestras naciones, un esfuerzo por ser nosotros mismos a pesar de todo.

Así es que entre objetos desterrados y objetos desenterrados se tejía en el museo una historia que nos remonta mucho más atrás que a la creación del museo y esos 200 años ya tan citados. Los objetos no cuentan una historia desde que uno los posee, cuentan una historia desde la misma existencia de su materialidad, desde su forma y diseño. Dan razón de las relaciones entre los seres vivos y las sociedades en maneras que no somos conscientes cotidianamente.

Para muestra, una vasija de Pompeya o Herculano: llevada a Río desde Nápoles por Teresa Cristina de Borbón, esposa de Pedro II de Brasil, entregada en colección luego a la República de Brasil como legado para finalmente quedar como objeto de museo para investigación. Esa pieza tiene más recorrido que lo que pueden contar la numérica sucesión de 20 millones de objetos. Esa sería la forma de calcular más o menos cuánto se ha perdido en el incendio. Ante este panorama los 200 o 20 millones son ridículos, pero decir que es incalculable cae también en la banalidad total. Se puede calcular, pero es simplemente demasiado doloroso.

De memoria

El historiador Alexandre Belmonte, profesor de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, sopesa lo ocurrido no como la pérdida material, sino como la desaparición del lugar donde se aprendió a soñar: soñar a ser paleontólogo, arqueólogo, historiador, científico. Un lugar donde ricos y pobres, blancos, negros y de todos colores se encontraban. “Era un pórtico para otro mundo, sobre todo para quienes no estaban habituados a ambientes culturales”.

Desde su mirada podemos entender el espacio que se perdió estaba íntimamente vinculado con el alma del carioca, con el espacio ciudadano.

Más allá de lo material, lo que se pierde finalmente es la memoria. Y con esta pérdida se diluyen las esperanzas de ser capaces, como civilización, de conservar y entender lo que hemos hecho y cómo lo hemos hecho. Pero no para evitar repetir los errores del pasado, esa frase que la repiten los que no saben para qué sirven la historia y la memoria. Es para aprender, para conocer, para crecer. Para escuchar un pasado diferente que nos mantiene la mente abierta, para saber incluso qué es mejor olvidar, para poder decidir quiénes somos y por qué.

Perder memoria es estar en Fahrenheit 451, pero eso también pasó en la historia y está en la memoria, pero si perdemos los vestigios que la conservan, perderemos la conciencia de que hoy tendemos a caminar hacia sociedades autoritarias que buscan silenciarnos.

“La Independencia de Brasil fue firmada en el palacio donde era el Museo Nacional de Río de Janeiro. Nada podría ser más simbólico”.

Pedro Germano Leal, historiador del arte

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