Letras

Walter Montenegro: Chaco, ciudad y encierro. La escritura del narrador

Los autores señalan que en su obra, el autor muestra su habilidad para complejizar sentidos de comunidad, de pertenencia, de identidad y de proyecto, evitando fórmulas ya conocidas.
domingo, 09 de septiembre de 2018 · 00:06

Alejandra Echazú Conitzer Doctora en Literatura Javier Velasco Camacho (c) doctor en Literatura por la Universidad de Oregon.

Cuando comenzamos, ya años atrás, la idea de rescatar de cierto olvido literario la narrativa de Walter Montenegro, a más de 70 años de la última edición de sus cuentos, nuestras recurrentes conversaciones sobre Montenegro, sobre su literatura, giraban en torno a un par de reiterativas palabras para pensar el lugar de estos cuentos en el panorama de la literatura boliviana: “vanguardistas”, “innovadores”.

Pero ¿innovación, o vanguardia, en qué sentido? ¿En el sentido de temas, personajes y paisajes que no son los temas, personajes y paisajes típicos que están apareciendo entonces en las narrativas de los años 40? Sí, por ese lado hay innovación; pero y creemos, que es lo más importante y lo que diferencia a los buenos narradores de los no tan buenos en todo caso, algo que hace su narrativa actualizable, a su eficacia creativa, está en la presencia de ciertos artefactos de lenguaje que activan nuevas formas de leer viejos y normalizados procesos y paisajes sociales.

Posibilitar nuevas lecturas y nuevas formas de leer, es en todo contexto, un ejercicio libertario, porque evita el peligro de la petrificación del sentido. Y ese es un riesgo constante, en lo literario, en lo político… en el ámbito que sea.

Walter Montenegro (1912-1991) fue el autor de una abundante producción que incluye narrativa, ensayo y periodismo, a lo largo de una vida que fue el recorrido por escenarios diversos, los oficios más llamativos y una constante preocupación por la cultura y política boliviana. Su obra, sin embargo, y la narrativa particularmente, no ha sido estudiada con el rigor que requiere una producción tan interesada en interpretar los problemas de su tiempo (los años 30 posteriores a la Guerra del Chaco y la década del 40) y a proponer nuevas metáforas, visibilizar nuevos actores y extender el horizonte de sentidos de lo que normalmente se entiende como “literatura boliviana”.

Montenegro fue un hombre que hizo de su vida una constante búsqueda de nuevas experiencias, y entre ellas, una vino de la mano del periodismo. Ejerciendo la labor periodística marchó al Chaco como corresponsal de guerra y terminó sirviendo como combatiente de fila, experiencia que marcaría su posición tratando de significar algún posible sentido de colectividad.

De la experiencia del Chaco, surge en 1938 su primer libro de cuentos, que lleva como título simplemente Once Cuentos. Dividido en tres partes, el libro es el resultado de una profunda crisis social visibilizada por la experiencia del Chaco. En él, Montenegro presenta un retrato psicológico de personajes al interior de escenarios críticos y violentos marcados sobre todo por la incapacidad para establecer vínculos afectivos en circunstancias de fuerte introspección y encierro individual. La guerra, más que los efectos materiales dejados por la campaña, es materia prima en este libro para significar un espacio social marcado por un evidente cansancio emocional en personajes desconectados entre sí y que muestran el rigor de una época poco abierta a decididas apuestas sociales de confianza entre bolivianos, y entre sujetos y sus instituciones.

Será, sin embargo, casi diez años más tarde (1947) cuando se produzca en su narrativa su metáfora social mayor: Los Últimos, segundo libro de cuentos. En él Montenegro es muy hábil al complejizar sentidos de comunidad, de pertenencia, de identidad, de proyecto, evitando repetidas fórmulas, y desde otros lugares desde donde pensar lo social, desde alternativos espacios que también nos constituyen.

En su narrativa habitan no la explosividad de la palestra pública, sino la medida rutina oficinesca; no la violencia de la racialización del subalterno, sino la pasividad disciplinada de una clase media sin proyecto, no el indio sino el burócrata, no la fiesta como espacio de lo que públicamente integra, sino como lugar de colectivos encierros individuales. Los “últimos” implica presencias que se pasan de lado, que no son de la importancia suficiente para ser materia de análisis sociológico, que no son razón de urgencia estructural, que no se perciben en su existencia hasta que se hace evidente su falta, y sin embargo son condición inevitable del funcionamiento de lo social. Decimos en nuestro estudio introductorio que uno de los mayores méritos temáticos de estos cuentos es que permiten identificar una presencia fundamental en la literatura boliviana: el personaje citadino, en un espacio urbano en que habitan clases medias ansiosas por afirmar su presencia política, económica y cultural. Desde antiguos ricos que se empobrecen en casonas que ahora son conventillos, hasta pobres que devienen nuevos ricos y que viven carentes de refinamiento y sensibilidad, pasando por el ejército de funcionarios de la época, intelectuales poco éticos, la población de estudiantes y poetas pobres de férrea voluntad por trepar socialmente, y recoveras cuya aspiración es hallar el ascenso social de sus hijos; todo este complejo universo social se va formando al interior de estas narraciones sobre las presencias que habitan la ciudad.

Lo urbano se presenta en la narrativa de Montenegro como un cerco asfixiante. La ciudad, y ese espacio urbano que encierra y atrapa a sus habitantes, puede ser la extensión simbólica de una cualidad geográfica (la hoyada paceña, territorio materialmente atrapado entre montañas), a la vez que los cuentos y personajes que van apareciendo son la experiencia social de esta ciudad que produce estas historias. Así, la urbe encierra a los personajes y no les permite una salida honorable. Son personajes atrapados en trabajos monótonos y repetitivos, al interior de una sociedad estratificada donde los “últimos” jamás podrán llegar a ser los primeros. Sus cuentos presentan el desencanto y la denuncia de no poder acceder a una vida digna en el presente, y aquí la falta de dignidad no se entiende como una carencia material o de trabajo, sino como un despojo de proyectos y de trascendencia, como la condena a condiciones inalterables.

La definición de espacios es fundamental en la narrativa de Montenegro. Generadores de las relaciones sociales, pero a la vez generados por la dinámica de relacionamiento entre cuerpos y sujetos, el autor constantemente nos invita a pensar en la importancia no sólo de lo que se cuenta, sino desde dónde se cuenta, como evento definiendo el tipo sensibilidad emergiendo de la narración. Este espacio de cosas, objetos, presencias que damos por sentado, anónimas e irrelevantes, “últimas”, es una invitación en la narrativa del autor a pensar en ciertas articulaciones al parecer irrelevantes, escondidas, como el origen de nuestros modos sociales. Es una apuesta valiosa, para la política, para la cultura, para la crítica, tanto en aquel entonces como ahora, en que no necesitamos tanto originales respuestas a viejos dilemas como novedosos lugares desde donde plantear novedosas preguntas.

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