Libros

¿Cuántos libros tenía Don Quijote?

“Cada biblioteca personal es única”, escribe Jorge Patiño, quien reflexiona sobre los libros y el criterio que hoy debiera imperar a la hora de adquirirlos.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:00

Jorge Patiño Sarcinelli Matemático y escritor

Hace unas semanas, habiendo llegado antes de la hora acordada a la casa de un amigo, me tocó esperarlo solo en su biblioteca; “estará aquí en media hora” me dijo la joven que me abrió la puerta. Se ponía el sol, crujía el fuego en la chimenea, la lluvia no tenía pinta de ceder. Condenado a estar 30 minutos rodeado de las preciosas posesiones de otro, sin poder llevarlas ni leerlas, sólo me quedaba pasear los ojos por los lomos, quizá coger uno, hojearlo, encontrar un poema digno de memoria, un comentario al margen, una vieja foto guardada… Me sentía como un voyeur, un invasor de esa intimidad a la que tal vez él no me hubiese dado acceso libre. 

Con miles de millones de libros publicados, las combinaciones posibles son enormes, y cada biblioteca personal es una combinación única. Típicamente hay de todo: libros predilectos, especiales, clásicos, novelas serias o baratas y ovejas negras: libros de mal gusto que nos han regalado o hemos comprado sólo para ver qué los hace tan malos, etc. 

Justamente porque ha sido compuesta por una serie de decisiones que responden a impulsos o intereses variados, una biblioteca personal es única como la huella digital, íntima como una revelación. Mostrarla es una especie de confesión que a veces requiere explicaciones atenuantes. 

Sin embargo, esta imagen de una biblioteca amplia y diversa que responde a caprichosas decisiones en serie es relativamente moderna. Hoy en día, cualquiera tiene una biblioteca de 5.000 ejemplares. Hay quienes tienen bibliotecas de decenas de miles de libros, de los cuales probablemente sólo una fracción ha sido leída. Para tener una idea, quien lea en promedio un libro al día desde los 10 años hasta los 80, leerá 25.000 libros más o menos. Tener más libros que esto es condenarlos a no ser más que hojeados.

Había un escenario completamente distinto antes de la invención de la imprenta. Los libros eran muy caros; incluso después de la invención de la imprenta, había muy pocos y la gente tenía sólo algunos. ¿Cuántos libros, por ejemplo, tenía la biblioteca de Don Quijote? Tengamos en mente que en la Edad Media un libro podía costar “lo mismo que una casa de dos pisos en York o dos buenas vacas”. Otra fuente dice que “una condesa de Anjou pagó 200 ovejas y tres toneles de trigo por un solo sermonario”. 

Nos da una idea del valor de un libro, pero al hacer la comparación hay que tener en cuenta que se trataba de objetos que eran verdaderas joyas, impresos en pergamino, encuadernados a veces con letras de plata y con ilustraciones hechas a mano por encargo.

Otros dicen que los libros simplemente no se vendían, que eran sólo hechos por encargo, para lo cual había que contratar un copista, al que le tomaba entre dos y ocho meses copiar el libro y un dibujante para las ilustraciones. Poca gente leía y poca gente escribía; incluso había copistas que no sabían escribir; copiaban simplemente, como quien copia un bordado.

George Orwell hace un ejercicio interesante a partir del número de libros que tenía, 900, que según su estimación valían unas 165 libras de 1946. Considerando libros prestados y comprados, llega a la conclusión de que gastaba más al año en cigarrillos que en libros, y que la única distracción más barata que la lectura era la radio, quizá más entretenida entonces que hoy. 

Podemos hablar de los pocos libros que tenían algunos escritores famosos e identificar las posibles influencias de cada uno de ellos. La biblioteca de Don Quijote, con sus 32 ejemplares, era impensable para un caballero castellano de la época, quien simplemente no tendría el dinero para tanto. Hay testamentos donde un señor deja a sus hijos dos o tres libros.

Pero todo eso ha cambiado. La imprenta y las ediciones de bolsillo han abaratado y banalizado el objeto libro. Hay ediciones especiales, pero la gran mayoría son plebeyos objetos producidos en serie que habrían sido solemnemente despreciados por una persona de la Edad Media que quería elegir una a una las ilustraciones de ese objeto que sería su copia única de esa obra. 

La primera biblioteca de la que se tiene noticia es la de Asurbamipal en 5.000 a. C., que tenía 30.000 tabletas en sumerio cuneiforme. La famosa de Alejandría se dice que llegó a tener 500 mil libros; la de Al-Hakem en Córdoba, 400 mil volúmenes. El primer gran coleccionador privado de libros, Hernando Colón, hijo del gran Almirante, se estima que llegó a tener en su biblioteca en Sevilla 15.000 ejemplares, laboriosamente coleccionados por toda Europa. Esta y muchas otras bibliotecas fueron saqueadas, quemadas o desperdigadas con una pérdida invalorable de ediciones únicas.

Hoy, con un golpe de mouse podemos comprar casi cualquier libro, nuevo o usado, y recibirlo en casa; si vives en el primer mundo, en 24 horas. Si aceptas la versión electrónica, con tener internet, lo tienes en manos en segundos. Puedes comprar las obras completas de Dostoievski o En busca del tiempo perdido por menos de 10 bolivianos. Es decir, el acceso a los libros se ha trivializado de tal manera que es fatuo estar orgulloso de tener una biblioteca numerosa.

En su origen las bibliotecas tenían por fin proteger un patrimonio, ser un santuario, ser el lugar donde, en palabras de Virginia Woolf, “los muertos viven y los mudos hablan”. Era el lugar donde encontrarse con ellos. Pero esto está cambiando. A medida que se imprimen miles de títulos al año y de casi todos hay versión digital, el papel de las bibliotecas está condenado a cambiar. ¿Para qué tenerla, podría uno preguntarse, si todo puede ser encontrado en internet? Quién sabe, en unos años las bibliotecas serán como museos, donde los visitantes irán a tocar y hojear un libro o ver el escritorio donde Marx escribió Das Kapital.

Hace no muchos años se decía que ese objeto de fetiche, el libro, estaba condenado a desaparecer como un anacronismo de los amantes del olor de la tinta y el tacto del papel, pero no está siendo así. Aunque duela a los ecologistas recordar que si todos leyeran en papel, acabaríamos con los bosques del planeta, el libro sobrevive incluso entre ellos, que prefieren el papel reciclado al Kindle. 

Pero esa conciencia ecológica debería llevarnos a comprar bien y leer mejor; a tener pocos libros. Con criterio acertado, deberíamos terminar con no más libros que Don Quijote y estar orgullosos de esto, aunque nos tilden de un poco locos.
 

 

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