La literatura de los príncipes secretos

El autor realiza aquí una pesquisa en torno a los clásicos de Ifea, para encontrarse con que los alcances de la fantasía se confunden con los de la erudición.
domingo, 13 de enero de 2019 · 00:00

Juan Cristobal Mac Lean Poeta

Bath, Angus D. Bath, ¿sería entonces el mayor erudito sobre los clásicos de Ifea? Era por lo menos eso lo que hacía pensar la nota generosamente dedicada a ellos por Michel de Maxence, en el número 6 de la revista parisina Tel Quel (París, 1961). 

Tal creencia, además, le pareció ser confirmada, a quien indagaba sobre dichos clásicos, una tarde de invierno en una librería de viejo de la Vía San Maurilio, en Milán. El dueño de la misma, en efecto, puso cara de reconocer inmediatamente el nombre de Angus D. Bath cuando le sometí la Bibliografía razonada sobre la lengua y literatura de la antigua Emirna con que termina el bello artículo de Tel Quel.

El encorvado librero, de pobladas cejas blancas y celestes ojos tras las gafas, tras estudiar un momento la bibliografía, se levantó y se dirigió con aplomo a uno de los polvorientos anaqueles. Tomó un libro que no alcancé a ver bien y tras hojearlo un instante dándome la espalda, volvió a ponerlo en su sitio, a revisar otra vez la estantería para finalmente volverse con las manos vacías. Me dijo haber tenido The Intellectual Adventure of Man in Emirna de Angus D. Bath (Chicago, 1943 y del que Maxence asegura que es “la Biblia de todo ifeólogo”) así como el diccionario ifeo-inglés, el Kew’s Ifaen Dictionary. Sobre el último, me dijo que no debiera ser demasiado engorroso encargarlo a Inglaterra. Como fuere, volvamos al Prefacio a los clásicos de Ifea de Maxence.

Precedido por un epígrafe de Montesquieu (“En un lugar ya por sí mismo aburrido he de decir un prefacio...”), el autor empieza: “Como el mismo Montesquieu lo confiesa, el camino que he de tomar se anuncia fastidioso. Me esforzaré pues en ser breve (...) en torno a un tema tan vasto y desconocido por el público. Una suerte injusta, en efecto, ha echado al olvido (por lo demás relativo) tantas obras remarcables de la antigua Emirna. A decir verdad, poseemos sólo un pequeño número de fragmentos traducidos a las principales lenguas europeas...” Para agradecer luego a “su excelente amigo Angus D. Bath de la Universidad de Chicago” y rendir un homenaje a la Escuela de Groningue, uno de cuyos méritos fue señalar la distinción social, en la antigua Emirna, entre los Príncipes secretos (Iprisglamei) y los Príncipes manifiestos (IprisOusei), “siendo los primeros, visiblemente, los sabios, los príncipes por el corazón; mientras los segundos, aquellos que ejercen el poder real, digamos los potentados, los gobernadores de provincias”. Esta observación, que nos hace vislumbrar un atisbo de la cultura y sociedad en ciernes, se remata al reportar Maxence que alguien llamado Cmesio, un sabio de la época, habría dicho que “el verdadero sabio es el príncipe detrás de todos”. Aprovechando la aparición de Cmesio en esta cita, Maxence procede a presentarlo, sirviéndose de los Anales de un tal Sumenio para entrar así de lleno en la problemática poético-lingüística, e incluso y por ahí mismo, de Estado, planteada por lo que se sabe de Ifea. Así, al hablar de Antimerio se cuenta que éste, “tres mil años antes que Voltaire, habría encarnado el despota ilustrado ideal”: en su reino se habría producido nada menos que una “dictadura de la poesía”, mientras se habla de “una civilización del logos”. Apoyarían tales aseveraciones, nunca desencaminadas, fragmentos de Sumenio como: “Antimerio era el Denominador de todas las cosas; hizo, por el lenguaje, que el Archipiélago fuese”. (Ex’xeiAntimer o Neumitoradamon pal aiadisporadonai...) O estos versos del mismo Antimerio: “Por la vida llegan, todas las cosas, a sí mismas. Pero teme, Antimerio, la metáfora, esa trampa de los dioses: en ella reside el escándalo del lenguaje...”

El lector que se interesa en los clásicos de Ifea no puede dejar de asombrarse, algún momento, por el hecho de que estos nunca hayan sido citados por Jorge Luis Borges, esa rara voz erudita que no habría podido ignorarlos. Tal asombro se duplica, además, por el hecho de ser Maxence un traductor del argentino: suya es la versión del Essaisur les litteratures medievales germaniques (París, 1963) que Borges escribió con María Esther Vásquez. Como si la índole del tema de tal libro no fuera extraña a las preocupaciones de Maxence. Hay que tomar en cuenta, además, que el prefacio a la abultada edición de L’Herne dedicada a Borges, también es de Maxence, quien en esas páginas no pierde la acertada oportunidad de citar a Gerard Genette, para quien “la forma moderna de lo fantástico es la erudición”. Como todos saben, es en los juegos de lo erudito-maravilloso que se apoya Borges en muchos de sus textos. Se trata, en todo caso, de libros, manuscritos o diccionarios, que como espejos reflejan y difractan otros textos, otros libros, en un laberinto del lenguaje en el que lo soñado y lo real, lo imaginado o lo leído acaban perdiendo sus contornos.

Así, el lector de Maxence se inquieta: ¿no será Angus D. Bath un eco de Herbert Ash, el personaje de la pieza Tlon, Uqbar, OrbisTertius que deja un tratado sobre Tlon? ¿Y toda Emirna como una variante del mismo Tlon? Sea como fuere, imposible olvidar algunas de las palabras de los clásicos de Ifea referidas en el prefacio de Maxence. Así las últimas de Cimerio en la batalla de Fahée: “Lo más bello que encontré en la tierra es mi perfecta aptitud para la muerte”. O las de los Anales de Sumenio: “Prefiero una honesta decadencia a cualquier renacimiento tendencioso” y “la historia es una espera perpetua entrecortada de encantaciones”. Pero una de las frases más bellas que nos llegarían de los clásicos de Ifea es la del epitafio de Antimerio: “Este hombre ha medido su sombra. Y ha preferido los ríos lentos”.

A más de frases como éstas, están los poemas, que atribuidos a Antimerio, Sumenio y Cmesio, Maxence presenta en versión original (¡!) y su traducción.

Otra vez: ¿Quién era Antimerio? Al preguntármelo, inevitablemente recuerdo la seguridad y el convecimiento con la que me atendió el librero de Vía San Maurilio, esa noche de invierno en Milán. ¿Y qué libro era el que auscultaba dándome la espalda? Habiendo agotado insatisfactoriamente los diccionarios de la Bibliotéque National de París, ¿debiera quizá volver por respuestas a esa librería de vía San Maurilio? ¿O sería ello vano, ya que acaso seamos todos lectores de un sueño más de Borges?