Letras

Los tiempos de la inocencia

El autor comenta el libro Un crimen de lesa humanidad de Luis Fernando Prado. La obra versa sobre un crimen de Estado en Nicaragua y la situación actual en ese país.
domingo, 20 de enero de 2019 · 00:00

Luis González Quintanilla Periodista

En los antiguos tiempos de la inocencia, los jóvenes  y los no tan jóvenes que creían en la democracia y en la libertad saludaron entusiastas el triunfo del Frente Sandinista de Liberación de Nicaragua (FSLN). Corría el año de 1979 y los sandinistas habían derrocado al dictador Somoza. La revolución iluminaba con luces de igualdad y fraternidad. La poesía lo envolvía todo. Dato importante: desde Rubén Darío la mayor parte de sus habitantes se consideran poetas. 

Connotados intelectuales, hoy disidentes,  como Ernesto Cardenal, Gioconda Belli, Sergio Ramírez, Fernando Chamorro, Dora María Tellez, participaron activamente en el proceso.  

Visto entonces desde Nicaragua todo era diáfano. A un lado,  estaban los herederos del general Sandino, patriota a carta cabal, luchador incansable contra los ocupantes de su patria (los “marines” yanquis).  Un común denominador propio: los sandinistas eran jóvenes, valientes e idealistas. Generosos en su lucha, caían presos y eran  torturados y asesinados.

Al otro lado, los herederos de Anastasio Somoza, quien empezó su dictadura familiar con el soporte de los ocupantes. El presidente Franklin D. Roosevelt dijo de él: “tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Años después del triunfo vino la guerra de los “contras” apoyada  también por los Estados Unidos. En medio de ella hubo un incidente que hizo estremecer al periodismo internacional y que fracturó definitivamente al sandinismo de la democracia. Todavía peor, lo asoció con los regímenes que hacen del Estado un instrumento para cometer crímenes. 

Luis Fernando Prado, boliviano, comunicador social, fue testigo y víctima de este acontecimiento. En estos días presenta su estupenda crónica histórica: Un crimen de lesa humanidad (Tarumá Editores, 2018). Los hechos ocurrieron en 1984, cuando los servicios  de inteligencia del gobernante FSLN planearon la ejecución del comandante “0”, Edén Pastora. De lealtad flexible, este fue un emblemático jefe sandinista en la guerra contra Somoza. 

Devenido eventualmente en enemigo del FSLN armó la guerrilla “contra”, financiada por la CIA,  en la frontera sur, para derrocar a sus antiguos compañeros (hoy, vuelto al redil, es un alto miembro del gobierno de Daniel Ortega). 

Pastora había convocado a una conferencia de prensa internacional, en su base a orillas del río San Juan.  El intento de asesinato se urdió en el Ministerio del Interior, dirigido por el histórico líder sandinista, Tomás Borge.  

Buscaron la inocente ayuda de un connotado periodista sueco, Peter Torbionsson, en cuyo  equipo de cineastas fue incrustado  el guerrillero argentino Vital Gaggene en calidad de fotógrafo; portaba un pasaporte falso de Dinamarca. El terrorista,  así arropado, llegó a su terrible cita.

 Más de tres decenas de corresponsales cubrían la conferencia. El ejecutor dejó la bomba camuflada en su bolsón de fotógrafo y abandonó el local. Pocos minutos después el poderoso artefacto estalló e hizo estragos: ocho periodistas muertos; 23 heridos: desmembrados, ciegos, sordos. Pastora salió indemne. 

Entre las víctimas se encontraba nuestro compatriota Luis Fernando. Salvó la vida al estar en ese momento filmando con la cara y la cabeza cubiertas por la cámara. Pero su cuerpo fue perforado por decenas de esquirlas que le dejaron  secuelas de por vida. La  historia del  horror está narrada en el citado libro, como una crónica trepidante y dramática. Quizás el comunicador haya sacrificado la inmediatez periodística que demandaba su vivencia del hecho, por una historia que creció más sólida con documentación, investigación y testimonios.  

Seis años después, el FSLN dejó el gobierno en forma condicional. Y ocho años más tarde recobró el poder pleno. 

Desde el 2006, Daniel Ortega se mantiene en el poder acaudillando un régimen comúnmente calificado como corrupto y nepotista (su esposa, Rosario Murillo, es la poderosa vicepresidenta y  sus hijos ocupan altos cargos en las empresas del Estado y en los ministerios). La Constitución y las leyes  fueron  forzadas para lograr las reelecciones de Ortega. La Corte Electoral y todos los poderes el Estado fueron copados por adictos. 

La novela negra de la realidad nicaragüense explotó el año pasado. Una ley de reforma de la seguridad social que afectaba a trabajadores y jubilados provocó una  rebelión popular. Tres meses duraron las batallas callejeras. El resultado fue casi medio millar de muertos y 3.000 heridos entre los opositores al régimen. Un alto costo para que  Ortega reculara y levantara la ley que inició el levantamiento. 

Esta vez, la mayoría de los jóvenes masacrados fueron los nietos de los sandinistas. Y sus compañeros prometieron, como sus abuelos de 1979, ir a por más.

 

 

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