Esbozos Culturales

Sumisión y servidumbre

El autor reflexiona sobre la verdad y la tradición y cómo estos conceptos incidieron en la mirada sobre la mujer y la destrucción de pueblos en la búsqueda de esclavos.
domingo, 20 de enero de 2019 · 00:00

Óscar Rivera- Rodas Escritor

Frecuentemente se confunde la verdad con la tradición. Mientras la verdad implica una conformidad, irrefutable, entre los hechos reales y los conceptos que se tiene de ellos; la tradición es transmisión de noticias, doctrinas, ritos, ceremonias y costumbres del pasado, de generación en generación. 

Asimismo, mientras la conformidad de los hechos y los conceptos se mantiene sin mutación o cambio en la mente, puesto que guarda una relación natural inmodificable; la transmisión de hábitos y modos de proceder pueden ser modificables.

 La historia de los pueblos latinoamericanos es un archivo de cambios de tradición. Así, en el siglo XVI, cuando los huestes europeas invadieron estos pueblos, e impusieron sus costumbres, creencias y prejuicios; y después, a finales del siglo XVIII, cuando los mismos pueblos americanos buscaron su independencia y autonomía, y rechazaron precisamente las tradiciones foráneas implantadas por los colonizadores y sus modalidades de percibir la realidad. 

Los atropellos de la invasión y del sometimiento físico de estos territorios por las mesnadas europeas fueron registrados en crónicas, y valorados de diversas maneras. Sin embargo, no pudieron describir la destrucción ejecutada, también con violencia desmesurada, en el pensamiento nativo.

 Los invasores redoblaron su fuerza física y destructora contra estos pueblos con un solo afán: imponer la esclavitud. Asimismo, buscaron destruir el espacio simbólico, a través de otra estrategia de manipulación violenta, destinada al aniquilamiento del pensamiento propiamente americano: la retórica cristiana. El sometimiento no solo debía ser físico sino, sobre todo, del juicio y de la voluntad como acatamiento y sumisión total. Certeramente el historiador mexicano Silvio Zavala (1909-2014), en su libro La filosofía política en la Conquista de América (1972), señaló que el sometimiento del coloniaje español en los pueblos americanos fue inspirado por los “primeros Padres de la Iglesia” que recogieron y modificaron el legado ideológico de los griegos (1972: 41). Y más adelante agregó: “Así se inicia la extraña convivencia del Cristianismo con la Esclavitud” (1972: 42).

 Este es un ejemplo histórico de la confusión que vivían los autoproclamados “imperios” europeos, entre verdad y tradición, ofuscados por sus fábulas sobrenaturales, que las diseminaron por el mundo. Obviamente, se aferraban a la tradición griega, incapaces de discernir la verdad. Para aquellos antiguos mediterráneos era necesario enarbolar el prejuicio de la desigualdad política y social entre señores y siervos, así también, en similar relación, entre varón y mujer. 

 Pablo de Tarso, de familia judía, y uno de los “primeros padres” de la iglesia cristiana, fue muy claro en sus Epístolas (Barcelona: Balmes, 1950). En su primera carta a Timoteo, exhorta al varón a la oración, y a la mujer dice lo siguiente: “La mujer, oyendo en silencio, aprenda con toda sumisión; a la mujer no le consiento enseñar ni arrogarse autoridad sobre el varón, sino ha de estarse sosegada en su casa. Porque Adán fue formado el primero, luego Eva. Y Adán no fue engañado, sino la mujer fue quien, seducida, se hizo culpable de la transgresión” (1950: 424).

 Extraña fábula y sorprendente mito transmitidos por una tradición irracional, cuyas noticias, trasladadas de generación en generación, todavía son aceptadas, sin reflexión, por muchos en el siglo XXI, junto a sus doctrinas, ritos y ceremonias. Fábula o mito, que la mujer fue concebida por el varón, resulta inaceptable.  

Según esos patriarcas, el varón parió una mujer porque se sentía muy solo, es decir, expelió una mujer desde su costilla. Y ella fue “seducida” y “se hizo culpable”. ¿Seducida por quién? ¿Culpable de qué? ¡Tradición quimérica sin fundamento! Difícilmente aceptable como verdad, e imposible de ser verificada. Ese relato enseña claramente a elegir la verdad sobre la tradición.

 La sumisión que predicó el reverenciado “padre” Pablo respecto a la mujer, está muy cerca de otra sumisión que aprendió de los antiguos griegos: la servidumbre del esclavo a su señor, que costó masacres y destrucción de pueblos. Su origen no es un pensamiento lúcido, un juicio, porque es simplemente un abominable prejuicio. En la misma epístola a Timoteo, Pablo se ocupa de los “Deberes de los esclavos” y dice: “Cuantos están bajo yugo como esclavos miren a sus propios amos como dignos de todo honor, para que el nombre de Dios y la doctrina no sean blasfemados. Mas los que tienen amos fieles no los tengan en menos por ser hermanos: antes bien, sírvanlos con mayor sumisión, por cuanto son fieles y amados los que reciben sus buenos servicios” (1950: 437).

 ¿Será cierto que el dios cristiano aplaude desde sus cielos la sumisión de la mujer al varón, y del esclavo a su señor? Imposible respuesta sobre materia metafísica tan enrevesada. El entendimiento humano, que se rige por los sentidos y su experiencia, solo puede reconocer otro prejuicio en semejantes tradiciones y modos de pensar: la supremacía, preeminencia, o pretentida superioridad humana de unos sobre otros. Cabe aquí, dentro de la variedad de ese prejuicio, el hecho de que en nuestros días, en mentes limitadas, no deja de aparecer la supremacía de género y raza.

 Fomentada por las religiones monoteístas, esta supremacía imagina en sus fábulas solo dioses masculinos. Sus teólogos, “iluminados”, reciben el conocimiento por “revelación” metafísica, y ninguno afirma lo contrario. Más aún, en su prepotencia se organizan en sectas masculinas, que repudian a la mujer, y asumen el mito de Adán. De ese modo se consideran descendientes del primer ser masculino. (¿Olvidan que tuvieron madres?). Así quedó escrito en sus “libros sagrados” que relatan creencias y tradiciones fabuladas.

 La elección de la verdad sobre la tradición nos actualiza y, sobre todo, despierta nuestra conciencia histórica y nuestra razón que buscan, no un pasado confuso e imaginado, sino un futuro lúcido y racional.
 

 

 

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