Cine

La Casa Lobo

Javier Sanfeliú reseña la película de animación que se presentará este martes 29 en Efímera.
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:00

Javier Sanfeliú Publicista

Imaginar un país dentro de un país del que nadie puede escapar es en sí mismo una pesadilla feroz. Eso que sucedió en Chile bajo el inaudito nombre de “Colonia Dignidad” (enclave de génesis alemana que sirvió para apoyar la dictadura de Pinochet y donde se abusó física y psicológicamente de los colonos durante décadas) tiene similitudes aterradoras con enfermedades mentales como la esquizofrenia. 

Habitas un lugar del que no puedes salir y aunque intentes encontrar la puerta de escape eres tú mismo el que la vas cerrando, y tú el responsable de las trampas que te vas poniendo inconscientemente en el camino. Esta vez la puesta en escena tiene formato de libro de cuento para niños, pero en cuyo interior habita una pesadilla que ni los hermanos Grimm alguna vez tuvieron.  Porque hay que decir que La Casa Lobo puede tener un sinnúmero de interpretaciones. 

La polisemia de esta obra dependerá de donde te ataque el miedo, del tren que vayas armando a medida que avanzas en la historia. Pero sin duda hay un hilo conductor que es esa infancia que permanece dentro nuestro y que en esta película es continuamente invocada a través de un imaginario que no se limita a la hora de generar vértigo, ahogo y aunque no sea dicho de manera explícita, también denuncia de la vulneración del derecho humano a la libertad y a vivir en paz.

León y Cociña saben lo que hacen. Lo que a ratos podría parecer una Jam Session visual (no cabe duda de que en estos cinco años de trabajo se fueron topando con improvisaciones e ideas que los llevaban por fulgores inesperados), el hilo era el horror y en este viaje sabes que no hay Ariadna posible. 

La fuerza centrípeta del encierro se hace sentir en cada elemento que ponen en cuadro y eso hace de La Casa Lobo un viaje sensacional en el sentido estricto de la palabra. La alegoría se sostiene sobre la tela de araña de algo peligroso que está presente en toda sociedad y que muchas veces se hace invisible para mantener un cierto orden dentro del desorden mental del narcisismo maligno.

Mucho se puede escribir sobre el cómo, cuándo y dónde se hizo. La devenida gesta artística es en sí misma una epopeya de cinco años y se escribirán muchas cosas al respecto. Sobre el talento de sus creadores y su imaginación desbocada otro tanto. Cada cual saldrá de la sala con sus propios fantasmas, preguntándose cuál es su propia cárcel y para qué quiere la libertad. Pero que no nos vengan con cuentos: La Casa Lobo es esta sociedad sofocante donde los verdaderos carceleros somos nosotros mismos. Ahí habitamos, ahí nos encontramos. En alguna de esas piezas de dónde nunca saldremos. Y eso la hace universal. Aterradoramente universal.

 

 

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