Contante y Sonante

Los ciclos del agua

Óscar García escribe de cómo las cosas, la vida, los seres dependen siempre de alguna forma, de eventos y decisiones ocurridas lejos, algún momento ni siquiera sospechado.
domingo, 27 de enero de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Una vaca en medio de una pradera enclavada en la meseta Greenland de las tierras altas de Nueva Zelanda hace caca. Mucha. Esta es absorvida por el pasto y le aprovecha todos los nutrientes, le chupa la vida, le hace un guiño a la espiral vital y comienzo un nuevo ciclo.

 Luego, semanas más tarde, llueve y el agua penetra la tierra, espera, reparte cosas que tiene la vida, a las raíces, a los gusanos que disfrutan panza arriba debajo de la superficie. Luego, mucho después, el agua que no fue para abajo, es ahora para arriba. Sube transformada en vapor, se eleva, viaja, se hace infinita, ancha y ajena y se transforma otra vez en figuras hechas de nubes, en gorduras con volúmenes ingenuos que a veces se usan para despejar la mente o para darle vuelo, desde la tierra, mirando al cielo, echados, imaginando, apostando, asistiendo al proceso que hace que un conejo se convierta en dragón y luego en pistola de agua y más tardecito en un pistón para tractor de 13.000 caballos de fuerza. 

El viento, con ese espíritu cooperativo de los movimientos culturales que le apuestan todo el tiempo a conseguir recursos para encuentros como saludos a la bandera, pero que rinden a la hora de hacer turismo cultural y llenar los refrigeradores con productos que son financiados por sendas fundaciones, cuyo escuálido porcentaje de salvación impositiva va a parar a proyectos de cooperación cultural sin fines de lucro. Como los ciclos naturales. 

Los fondos van a las arcas de las organizaciones que piden cooperación y gratitud, de gratis, no de gracias, y de esos fondos se devuelve algo a los participantes, en forma de pollo frito y gaseosa hacedora de diabetes tipo A. 

Y todos felices danzan la danza de la lluvia y hacen llover para beneplácito de los vendedores de paraguas.

El viento, se decía, mueve el nubiliario (conjunto de nubes acarreadas por el viento de un lado a otro haciendo que éstas estén todo el tiempo cambiando de formas sin cesar) y lo instala en diversos y alejados lugares. Un lugar está alejado de otro dependiendo de la perspectiva. El Tibet es un lugar lejos para un neoyorquino de la misma forma que Nueva York es un lugar inexistente, además de lejano, para un tibetano. 

Así, el viento al fin pone un conjunto de nubes ya negras a esta altura, en un sitio como la ciudad maravillosa, extendida, atestada, trancada, basureada, totalmente basureada, infectada de personas sin calidad de tal. 

Entonces llueve, harto, grave, largo rato, con la lluvia que tiene un poco de caca de vaca neozelandesa que hace bien al cabello claro y ondulado y hace mal a las cabezas que además de cabello tienen poco que ofrecerle al mundo desde el interior de la cabeza. 

Hubo muchos aportes a la humanidad desde la cabeza de personas con ganas de hacer algo bien y de la misma forma, un montón de cabezas de personas con todas las intenciones de hacer fracasar las buenas intenciones de la gente buena, o no tan buena pero con ideas, o no con tantas ideas pero con buenas intenciones. 

Llueve en la ciudad alta, llueve y sigue lloviendo y no hay cuándo vaya a parar. Lo bueno es que la lluvia limpia se lleva cosas y penas rumbo al mar, se lleva verduras, se lleva papelitos, se lleva cabellos enredados, se lleva cáscaras, envolturas, apariencias. Se lleva imposturas, unas cuantas. Se ha visto a la letra E ser arrastrada hasta una boca de tormenta después de haber sido usada sin motivo y como un falsa reivindicación inútil, en frases como “ Les humanes idiotes que habiten le tierre caen en les trampes del sisteme come chorlites”. 

Se va la e per ova a volver altiva, como letra femenina que es. Esa lluvia, específicamente esa, llega de pronto a los techos de las oficinas del Estado centralizado y en varias dependencies provoca pequeños resquicios, goteras, filtraciones apenas perceptibles. 

Se introduce a los interiores, gotea a los escritorios, se hace campo para expandirse por las patas de las sillas. Moja expedientes, humedece trámites, borra denuncias, se mimetiza con el agua de la pila y se mete en las tazas de café y té que circulan entre cientos de funcionarios, en charolas atestadas de sandwiches de huevo y de mortadela y de coimas disfrazadas de galletitas de agua. 

Sólo en casos excepcionales hay un pan integral que va a parrar al escritorio de un gordo que hace dieta hace cinco años sin conseguir nada más que palmaditas en un hombro e invitaciones a una lechonada en Río Abajo, donde tiene su casa de campo un familiar con plata mal habida, pero con horno de barro.

Cuando todas las personas que hacen sus tareas burocráticas han ingerido sus cafeces y sus teces, la lluvia llegada desde lejos, desde las cacas de las vacas neozelandesas hace a su vez su tarea. 

Infecta, invade, siembra, horada, trepana, quita campo, esconde, licúa, liquida, adormece, modela más la estupidez, succiona, transforma seso en atún. Entonces, cuando todo eso ha ocurrido, salen las autoridades a hacer declaraciones, las personas a exponer sus deslealtades, otras a ofrecer el cuerpo a cambio de algún bien para el futuro inmediato, otras a dar órdenes a todos los poderes del Estado, el absurdo, el de teatrito de escuela fiscal.
 

 

 

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