Genio y figura

Jaime Saenz, el poeta maldito con alma de niño

Un hombre de “ternura desbordante” y un enamorado de la música de Bach, Brahms, Bruckner y Adrián Patiño, así era Saenz y sobre este autor escribe Juan Carlos Salazar.
domingo, 06 de enero de 2019 · 00:06

Juan Carlos Salazar del Barrio Periodista y autor del texto  Luis Zilveti Artista y autor de la ilustración  Marcos Loayza Cineasta  y dibujante y   autor de la ilustración.

Quienes lo conocieron lo tenían por un tipo raro. Con la barba negra, larga y desordenada, casi desdentado y unas horribles gafas culo de botella montadas en carey, tenía un aspecto hosco, huraño, a tono con su fama de poeta maldito. La periodista argentina Leila Guerriero lo incluyó en su libro Los malditos, por su obra y estilo de vida. Sin embargo, escarbando en los pliegues de su personalidad, Paulovich (Alfonso Prudencio Claure) encontró que tenía alma de niño.

Nadie captó mejor la expresión de Jaime Saenz, el poeta del misterio, el alcohol y la muerte, que el periodista, escritor y fotógrafo Alfonso Gumucio. En una foto muy difundida, lo retrató con un poncho de vicuña sobre los hombros, la cabeza embutida en un lluchu, una barba desprolija a lo Rasputín, las cejas levantadas en punta y una mirada de malos presagios, lúgubre, un tanto siniestra, con la imponente imagen del Illimani como telón de fondo. 

Y nadie lo describió mejor que el periodista y humorista Paulovich, como un “ángel caído”, “pariente de Kafka”, un “Adán absorto que comió el árbol del Bien y del Mal, sin saber que era pecado”, en una entrevista para su serie de semblanzas, Apariencias (Difusión 1967), publicadas inicialmente en Presencia Literaria.

“¡No hablo con periodistas!”, gruñó como toda respuesta cuando le propuse una entrevista por esa misma época. Lo encontré una mañana soleada vagando por la Plaza Uyuni de Miraflores, algo raro en él, porque, como era su costumbre, trabajaba de noche y dormía de día. Vivía -como solía decir- “entre la vigilia y el sueño, entre la vida y la muerte”, a causa del alcoholismo. 

Era de estatura mediana, un tanto desgarbado y andar lento. Por entonces no llevaba barba, sino un bigote ancho y tupido, que le cubría el labio superior; unas entradas profundas insinuaban una inminente calvicie; la  cabellera, fina y negra retinta, cubría su nuca y cuello con el desorden de siempre. Llevaba una chalina por único abrigo, ajeno al rigor del frío invernal. 

Así, con esa pinta de bolerista de medio pelo, aparece en el dibujo que realizó el poeta –y también dibujante– Pedro Shimose para la entrevista de Paulovich en Apariencias. 

No sé si por razones de principio o por simple pose, lo cierto es que era reacio a las entrevistas periodísticas. Las que concedió a Paulovich, a mediados de los 60, y a Gumucio, que la publicó en 1973 y la incluyó en su libro Provocaciones (Plural, 2006), son verdaderas excepciones, por su amplitud y profundidad.

Gumucio lo visitaba con cierta frecuencia en su casa de Miraflores, al final de la Saavedra y al comienzo de la Avenida de Los Leones, donde vivía con su famosa tía Esther, personaje de algunas de sus obras. “Conmigo era muy amable y abierto, nunca puso reparos, siempre me recibía con agrado”, recordó. Precisamente le tomó la emblemática foto en el balcón de esa casa, un verdadero mirador del sur de la ciudad. Paulovich no la tuvo tan fácil. Debió apelar a un amigo común para convencerlo.

No dejaba de ser extraña su aversión a la prensa puesto que él mismo había ejercido el periodismo –tal vez por eso mismo– en su juventud. Se inició como encargado del archivo de fotos de La Razón, trabajó como redactor del diario La República y de la agencia inglesa de noticias Reuters y fue jefe del departamento de prensa de la Embajada de Estados Unidos durante diez años, en plena Segunda Guerra Mundial, antes de abandonar el oficio para dedicarse al quehacer literario. 

El poeta y periodista Jorge Suárez, director del diario Jornada de La Paz, se empeñó en tenerlo como crítico de arte a mediados de los 60. En esa condición lo envió a la inauguración de una exposición de Luis Zilveti en la Galería Naira. “Llegó con su papelito y su pluma para tomar notas de lo que veía y de lo que hablamos”, recordó Zilveti. “Cuando le dije que los personajes que pintaba dejaban de vivir para vivir de otro modo, como elementos abstractos, colores y formas –prosiguió–, Jaime lanzó unos truculentos: ¡Magníficoooo! ¡Sensacional!”. La experiencia terminó ahí. Zilveti no supo nada más de él, porque nunca  entregó la crítica al periódico ni escribió nada en ninguna parte.

Hijo de Genaro Saenz Rivero y Graciela Guzmán Lazarte, nació, vivió y murió en La Paz (1921-1986). Escribió poesía, novela y cuento e ilustró su obra con sus propios dibujos, porque, además, era un talentoso dibujante. Habitante de la noche paceña, alcohólico y marginado, hizo de los barrios marginales de la ciudad su hábitat, vital y literario. Para muchos críticos, es uno de los mejores escritores bolivianos del siglo XX.

Dos de sus obras más emblemáticas, la novela Felipe Delgado y el libro de crónicas urbana Imágenes paceñas, cumplen, precisamente este año, el 40 aniversario de su publicación (1979). 

Antes publicó los poemarios El escalpelo (1955), Muerte por el tacto (1957), Aniversario de una visión (1960), Visitante profundo (1964) y Obra poética (1975), entre otros. Son posteriores los poemarios La noche (1984) y La piedra imán (1989), el ensayo El Aparapita (1972), la novela Los papeles de Narciso Lima Achá (1992) y los cuentos y relatos Los cuartos (1985), Vidas y muertes (1986) y Tocnolencias (2010). Siempre escribió a mano, nunca a máquina.

A Paulovich le sorprendió el “mundo mágico y surrealista, oscuro y a la vez iluminado”, el “mundo de ensueños y pesadillas, de vigilia y de sed”, que encontró en ese rincón de Miraflores, en la “última habitación de un castillo de Kafka”, donde Saenz vivía la “metamorfosis” de su proceso creativo. 

En ese mundo extraño de cuatro paredes vio un telescopio, un fonógrafo antiguo, muñecas, diversos artefactos mecánicos, relojes a cuerda -era relojero aficionado-,  grabados de todo tipo, fotos de personajes históricos y los retratos que le hicieron dos pintores amigos, Agnés y Enrique Arnal. Un “cuarto de viejita”, como lo describió el periodista, pero un “cuarto de viejita” que tenía en un sitio privilegiado la cruz gamada de Adolfo Hitler con una corona de laureles.

Saenz viajó a Alemania a fines de 1938 con una delegación de 25 jóvenes bolivianos, invitados por el Gobierno alemán. ¿Siente admiración por Hitler?, quiso saber Paulovich. “Sí, estuve en Alemania en 1938, allí le conocí…”, respondió. ¿Cree en el superhombre?, preguntó el periodista. “Sí, creo en él, pero no como fruto de una aparición súbita, sino en virtud de un largo proceso educativo y social”, contestó el poeta. Saenz creía en la fuerza de la raza aymara.

Los críticos suelen relativizar su simpatía por Hitler. Según el escritor Edmundo Paz Soldán, a Saenz “lo fascinaba el lado mágico, místico del nazismo”. Para el poeta Leonardo García Pabón, la atracción por el nacional socialismo alemán “fue más bien un rechazo a la sociedad burguesa moderna y una exaltación de lo irracional y lo esotérico como métodos de conocimiento del mundo”, una admiración “más cerca de la magia que de la política”.

Paulovich se sintió impresionado por el personaje, a quien describió como un hombre de “ternura desbordante” y ojos buenos, “un poeta de expresión lánguida y bondadosa”, enamorado de la música de Bach, Brahms, Bruckner y Adrián Patiño.  “Alma de niño en un poeta maldito, ángel caído, echado de este infierno terrenal y habitante de paraísos artificiales,  Adán absorto que comió el árbol del Bien y del Mal, sin saber que era pecado”, escribió, casi con mayúscula.

Saenz retornó de Alemania en 1939 para trabajar en los ministerios de Defensa y Hacienda y dedicarse posteriormente al periodismo. Se dice que combatió en la Revolución del 9 de abril de 1952 y que incluso trabajó para el servicio secreto. Tuvo dos hijos con la alemana Erika Kessberg. El primero murió a los pocos días de nacido, y a la segunda se la llevó su madre de regreso a Alemania a causa del alcoholismo de su padre.

El poeta comenzó a beber a los 15 años y a los 20 ya era alcohólico. A Paulovich le contó que sufrió delírium trémens en  dos ocasiones. “En ese estado, ya no hay sentido de tiempo ni espacio, sólo un frío terrible y unas visiones terroríficas y unas alucinaciones espantosas”, le dijo. Soñaba que era una sardina metida en una lata, que sus parientes lo buscaban desesperadamente, pero que él no podía avisarles  en que lata se encontraba para que lo rescataran.

El alcohol y la muerte marcaron su existencia. Felipe Delgado, su alter ego en la novela homónima, reflexiona: “¡Oh alcohol de mis amores, cuchillo de doble filo, beber de ti ya no quiero!”. Fue para él “la experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora” de su vida, como escribió en La noche. En La piedra imán, pone en boca de su tía: “Ya pareces un degenerado bebiendo día y noche en esa bodega, metido ahí, con los matones y los rateros. Tus gritos se oyen hasta la plaza y no trabajas ni haces nada, y tu vida es beber y beber...”.

La fascinación por la muerte lo llevó a visitar la morgue en varias ocasiones, no por morbo, como dice Paz Soldán, sino por un “interés metafísico”. La muerte estaba presente en  sus pensamientos y pesadillas. “Qué tendrá que ver el vivir con la vida; una cosa es el vivir, y la vida es otra cosa./ Vida y muerte son una y misma cosa”, escribió en su Obra poética. Esa obsesión quedó plasmada en la exposición de 21 dibujos de calaveras que presentó en La Paz en 1967.

Sus amigos contaban que en las tertulias de su cuarto de Miraflores practicaba el ocultismo y la magia negra. Según García Pabón, de las experiencias poéticas y mágicas, donde se  mezclaba “lo maravilloso y lo tenebroso”, nació el mito del Saenz “amigo de lo oscuro y de la magia, el iniciado y el alquimista”.

A Gumucio le dijo que creía en una “fuerza superior”, una suerte de divinidad, que él llamaba El Misterio. “Yo creo en el misterio, el misterio no develado. Puede ser Dios. Yo no soy católico ni cristiano, pero creo en Dios a mi manera. Hay una fuerza superior. El universo es una expresión, una forma de fuerza divina… Mediante la poesía yo me siento en relación con esa fuerza divina”, declaró.

Quería morir de un balazo en el paladar, con un proyectil calibre 38, porque “eso no falla”, según le confió a Paulovich, pero murió alcohólico. Era  otra forma de suicidio.

 

 

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