El chicuelo dice

Apolonia Satánica, me hago la ilusión

Ahora al fin sé cómo debe ser el horror y la tristeza y la devastación de esta historia. Así se desbordó tu vida después de esa noche del 28 de noviembre de 1920, cuando mataste a Granier.
domingo, 13 de octubre de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Apolonia Satánica. Apolonia Méndez que me tiene atrapado hace más de ocho años. La Apolonia Satánica que tengo tatuada en el brazo izquierdo. La Apolonia que no puedo olvidar. La Apolonia sobre la que sigo escribiendo y sobre la que seguiré escribiendo. 

La Apolonia Méndez R. La que en noviembre de 1920 mató a un señor de un certero cuchillazo en el corazón. Esa Apolonia. Me refiero a ella. A la Apolonia que veo todos los días cuando me baño. 

La Apolonia Méndez Satánica poblada de ausencia, de dolor y de desgracia. Porque esta novela al fin avanza su poquito. Al fin. Porque también, me doy cuenta, me absorbe y me tiene detenido en el tiempo. Porque quiero, Apolonia, que esta novela larga y complicada (así soy yo, lo siento por la imposible brevedad) salga espectral, como hablan los fantasmas o como creo que hablan. O como creo que deberían hablar.

 Apolonia Satánica que después de matar a Fernando Granier desató la tragedia de esta novela que no puedo terminar pero que ya voy comprendiendo: ahora al fin sé cómo debe ser el horror y la tristeza y la devastación de esta historia (y eso es un paso adelante, créanme). 

Por ejemplo, el niño naciendo con una deformidad. Por ejemplo, Capiona Corominas hablando del odio y del rencor que dominan y gobiernan al mundo. Por ejemplo, unos huerfanitos que recuerdan su pasado. Al fin tu novela, Apolonia. 

Al fin después de tantos años comprendiéndola, al fin sabiendo sus formas y sus esquinas, al fin dejándome dominar por ella (la novela y sus personajes) y no al revés: el avance notable, al fin. Ya sé lo que me exige. Ya hablo su idioma. Ya lo comprendo y puedo traducir lo que me dice a gritos: la tristeza, la desolación, la muerte, la enfermedad, la desgracia, el amor imposible. 

El peso y el vacío en el corazón, también.

Esa eres vos, Apolonia, porque no hay luz ni colores, ni ser humano que valga la pena. Más bien parece la suma de lo peor de la humanidad. Así eres vos, Apolonia Satánica, o más bien así se desbordó tu vida después de esa noche del 28 de noviembre de 1920, cuando mataste a Granier, cuando todos los demás personajes empezaron a nacer en la novela. O como escribí en ese diario de la novela que llevo hace más de ocho años: “solo quiero contar y narrar la miserable vida de las personas”.

Sin embargo, una cosa es querer y otra poder y escribo esto para saber si voy a poder seguir. Porque una cosa, Apolonia Satánica, es saber que la novela que estás escribiendo te maneja, que ella cruza y descruza los hilos, y otra muy distinta es poder continuar dejándose dominar. Porque yo no sé si podré. Porque yo no sé si el tiempo, las altas montañas, el recuerdo de las abejitas de colores (sobre todo) me dejarán. Tal vez sí. Tal vez no: lo más seguro es que quién sabe. 

Así que acá estamos de nuevo, Apolonia Satánica, viéndonos todos los días, escribiendo esta notita para… no sé muy bien para qué, tal vez ¿para convencerme que ahora sí avanza?, ¿para creer que ahora sí vuelvo a la rutina de escribir por las mañanas religiosamente? No lo sé. 

Solo sé que necesitaba ver el paisaje desde arriba y decir allá están todos esos miserables que aparecerán en esta novela, porque tal vez así al fin, al fin, la termine, porque con todo y estoy más adelantado y convencido que hace un par de años. Sin embargo, aún así trabajar más. Sin embargo, aún así pensar más. Sin embargo, aún así escribir más. Sin embargo, aún así avanzar. 

Porque ahora recién pienso pobre Apolonia Satánica Méndez R. Pobrecita todo lo que le pasó. Y qué injusto y devastador puede ser el mundo, y qué feo y triste y desolador ese 28 de noviembre de 1920 cuando comenzó toda tu historia. Y qué injusto y tonto que alguien quiera escribir sobre vos noventa y nueve años después. Y anoto en ese diario de la novela que no tiene título aún: “un año más. Como mucho dos y acá, creo, estará. Deforme y respirando. Pero estará (me hago la ilusión)”.

Así marchan las cosas, Apolonia Méndez R. O mejor dicho: no te escapes más que ya te comprendo. Un año o dos más. Como mucho. Siempre haciéndome la ilusión.

 

 

Confidencial

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