Prometeo en llamas

Joker: la golpiza del golpeado

La película que tiene como protagonista a Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) toca el tema de la salud mental y, por otro lado, la necesidad de ser vistos.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

Adrián Nieve 

Escritor

Ambientada en una ciudad que es una mezcla de Nueva York de los años 70 con esa La Paz llena de basura y sin agua de  2016, Joker cuenta la historia del descenso a la locura de Arthur Fleck, un sujeto que desea ser un comediante para hacer feliz al mundo, pero que sufre de un trastorno mental que lo hace inestable y dependiente de medicación para mantenerse funcional en la sociedad.

Ya de entrada Joker toca un tema importante al que, en general, deberíamos dar más atención: la salud mental y cómo es manejada en nuestros tiempos. Pero además toca otro, muy importante, que también nos compete y hasta de una manera más amplia: la necesidad de ser vistos, representada en Fleck, un personaje que, a todas luces, quiere la atención y reconocimiento –legitimación, le dicen– que nunca obtuvo al no saber cómo encajar en un sistema que está roto.

El tema es que, si simpatizamos con Fleck, es porque su tragedia refleja nuestras rutinas en un retrato de la complejidad de la lucha de clases que es más bien simple. La película no es profunda. Nosotros somos los profundos y el filme no hace más que hacerlo evidente a través de un personaje que sufre una condición mental –una que exacerba esa necesidad de reconocimiento–, cuya crisis desata una revolución social y lo convierte en el centro del despertar de las clases bajas para destronar a los ricos y pudientes.

Pero nada de eso es importante para Fleck. Como suele pasarnos en las redes sociales, para él todo se trata de ser legitimado a través del reconocimiento del otro y poco importa si esos otros son gente que ya no puede tolerar la desigualdad social y están tan desesperados que buscan un símbolo al que aferrarse. Puede ser él, a futuro podría ser Batman, la cosa es encontrar a alguien a quien seguir, alguien que los ayude a encontrar la excusa perfecta para estallar, o para sentir esperanzas. Son gente tan alienada en sus vidas urbanas que cualquier cosa que se levanta por encima del sistema es algo bueno.

Joker, como película, es un caso interesante. No es mala, tampoco es buena, pero tiene muchos factores que la hacen parecer como más de lo que es. Por un lado, se beneficia de pertenecer al género de superhéroes pues, en comparación a lo que vemos en este género, es una obra de arte que toma riesgos muy frescos y nunca antes vistos. En un género lleno de películas pipoqueras, Joker tiene más aire de película independiente. Pero si lo medimos con esa vara, resulta que no es más que una mezcla de The man who laughs (1928) con Taxi Driver (1976) y The King of comedy (1982). Entonces Joker es un híbrido que nace porque los productores sabían que el público estaría viendo su WhatsApp mientras veían la película, así que decidieron hacer un filme indie con espíritu pipoquero, o viceversa. Uno que se da el trabajo de deletrear su trama y mantenerla simple para que pueda ser tan comprendida como comprensible, tan reflexiva como digerible.

Y, por otro lado, esta es una película que se beneficia de la fama de su personaje principal. A lo largo de los años, el Joker pasó de oscuro a chiste, de chiste a oscuro y así sucesivamente según lo necesitaba nuestro morbo social. Al saber ser una amenaza filosófica y moral para diferentes momentos de nuestra historia, el Joker siempre ha saciado nuestra sed de sangre como sociedad. No es en vano que le tenemos tanto cariño. Él, como  internet, es ese espacio donde vertimos nuestra rabia y violencia para no derramarla en la realidad.

¿Será que este filme hubiera tenido el mismo impacto si su protagonista no era el famoso némesis de Batman? No, pero al menos es una película con identidad propia. Si bien podría beneficiarse de utilizar unos cuantos silencios, en lugar de estar diciéndonos qué sentir y qué pensar con sus diálogos y su banda sonora, es difícil quejarse cuando esta última está tan bien escrita y ejecutada, tanto como es impresionante la actuación de Joaquin Phoenix, que no parece un actor esforzándose por ser el Joker. Phoenix es Arthur Fleck convirtiéndose en el Joker. 

La cuestión es que esta película ha captado la atención de la gente y en ella tenemos la chance no sólo de hablar de cómo tratar la salud mental, o de enfrentarnos al hecho que, hoy por hoy, hay mucho más de lo que imaginamos detrás de un Like en redes sociales, sino de pensar que en Joker tenemos una gran droga iniciática para ver buen cine. Sí, seguiremos viendo Marvel y Rápidos y furiosos, pero con este filme podemos ampliar horizontes de personas que jamás habrían siquiera pensado en ver Taxi Driver de no ser por esta película. Incluso podremos mostrar a los productores nacionales e internacionales que el público está listo para filmes más complejos tanto a nivel de trama, como a nivel técnico.

  Y, a todo esto, ¡felices elecciones! Lo digo porque si ya estamos hablando del Joker y su capacidad de encarnar los diferentes morbos de la sociedad a lo largo de los años, no estaría malo que dejemos de usarlo como medida paliativa para nuestra sed de sangre y nos enfrentemos al hecho de que estamos furiosos y que un post de Facebook con muchos likes no significa nada frente a un fraude electoral. ¿No me cree? Bueno, ni bien el circo electoral termine, vaya a ver Joker con la óptica que acabo de exponerle. Vea este filme del golpeado dando la golpiza para poder existir y a lo mejor así nosotros mismos dejamos de ser golpeados.

En resumen, Joker es una buena película para salir de la lógica pipoquera, o una interesante película pipoquera para gente que prefiere indies, que habla al espíritu de esta época: la necesidad de atención y reconocimiento, que además sirve como señal de que estamos listos para tomar más riesgos a la hora de ir al cine y de hacer cine. Y a la hora de vivir nuestro morbo y saciar nuestra sed de sangre.

 

 

Confidencial

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