Memoria

La desaparición

Homenaje al recientemente fallecido Jürgen Riester, quien reunió relatos de los guarasug’we y logró el mayor tesoro de literatura oral jamás recopilado en Bolivia.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac lean E. Escritor

A veces ciertos hechos parecieran formar constelaciones entre sí, visibles como signos o señales de los tiempos. Que este pasado septiembre haya fallecido  Jürgen Riester, justo cuando estaban en su apogeo los incendios de la Chuiquitania (o los incendios de Evo, como también se los llama) no es algo que deba agotarse en la mera, fortuita coincidencia. La conjunta desaparición de los bosques y la del gran conocedor de esas tierras y  testigo de la desaparición de los guarasug’we, trazan una configuración inquietante, con todo su aspecto ominoso.

¿Qué es ser contemporáneo de esos hechos?  “Contemporáneo es aquel que recibe en pleno rostro el haz de tinieblas que proviene de su tiempo”, dice  Agamben.  Ser contemporáneo ahora en/de Bolivia significa encarar la oscuridad que sucede a las luces del incendio y la oscuridad que sucedió a la desaparición de los guarasug’we, que vuelve a manifestarse con la reciente  desaparición de Jürgen Riester y que es, también, la misma oscuridad que ya tiene programadas otras futuras desapariciones, bajo la forma de etnocidios venideros (a cuenta de proyectos hidráulicos destinados al fracaso).

 Jürgen Riester, entre muchas otras distinciones notables, y según El Deber, “fue cofundador de Apoyo Para el Campesino-Indígena del Oriente Boliviano (Apcob), institución que dirigió durante casi 40 años. Entre 1970 y 1972, junto con su esposa Barbara Simon, hizo estadías prolongadas entre los pueblos indígenas chiquitano, chimane y guarayú, y visitó a prácticamente todos los pueblos indígenas de las tierras bolivianas”.

Y muchísimas cosas más. Pero la que más nos interesa aquí y que perdurará en la memoria larga es que Riester hizo el libro Los guarasug’we. Crónica de sus últimos días (Los Amigos del Libro, 1977). Los 78 relatos de las últimas 100 páginas de este libro son el mayor tesoro de literatura oral jamás recopilado en Bolivia. 

Que Riester “hizo” el libro, dijimos, pues un libro así, en efecto, se hace más que se escribe. Y para hacerlo Riester grabó y transcribió, en castellano, a salto de mata durante los años 64 y 65, todo el material que  aparece en el tomo. Los verdaderos autores, dice, fueron Tesere, Hapik’wa, Jeruv’sa, Tariku, Savu’i y Tarekuvé.  Nombres que ya nadie, nunca más, pronunciará. Gentes que vivieron, precisa Riester, “al borde de la única gran pampa que conozco aquí, que se extiende desde las orillas del río Itenez hasta 40 kilómetros hacia el sur”.

A manera de epígrafe de todo el libro, estas palabras “que un guarasu le dijo al autor”: “Te invitamos venir a nuestra aldea para contarte la historia de nosotros, antes que murimos. Diga a la gente que aquí no somos animales.” Más tarde: “…se exigía de mí que conociera sus historias…”.

Ese “antes que murimos”, observemos,  está dicho con un laconismo definitivo y terrible, más allá de cualquier consuelo o esperanza. Es el de quien se sabe abocado, con todos los suyos, y su lengua, y su mundo, y sus cosas, a la desaparición.

A propósito de dicha desaparición programada, Pierre Clastres distingue muy bien entre genocidio y etnocidio. El primero implica  la aniquilación física de una población, mientras el segundo “es la destrucción sistemática de los modos de vida y de pensamiento de gentes diferentes a quienes llevan a cabo la destrucción”.

Aquí todo eso lo sabemos demasiado bien y está teniendo lugar.

Por otra parte, también a Clastres le debemos la observación de que el jefe de una tribu no tiene ningún poder. Apenas quiere tenerlo, ejercerlo, es destituido. En esas sociedades, opuestas al Estado y a la formación de cualquier stock, el principal deber del jefe es el de contar, una y otra vez, los mitos y cuentos propios de ellos-mismos-como-humanos. Que no sorprenda, entonces, que un gran jefe, aparte de ser un buen cazador, deba ser un gran narrador de historias, un eximio cuentista y teatrero.

¿Y por qué se le exige al jefe principal o chamán, que antes que nada sea un contador de historias? ¿Por qué es tan absolutamente importante que, una y otra vez, las cuente y las repita?  Esa es una pregunta fundamental y su respuesta no radica, o sólo lateralmente, en una mera voluntad de mantener y transmitir  tradiciones, recordar antepasados notables, impedir el olvido, etcétera.

Lo esencial del acto de narrar y repetir esos relatos es, antes que nada, nos atrevemos a decir, el continuo proceso de autoengendramiento, de autoproducción  de sí misma que a través de tales historias realiza, de sí misma, la propia sociedad que los produce y que es simultáneamente producida y generada por esas mismas narraciones, en un bucle retroalimenticio y que funda, da y dona el mundo –el bosque– como tal y al mismo tiempo instituye la legitimidad-donada y sobre-natural de quienes son los sujetos y objetos justo de esas narraciones que los narran, de autoría colectiva, anónima, intemporal. Quien toma la palabra para contar, dado el grupo de escuchantes, la está tomando  en su más plena dimensión sociogenésica, en cuanto a través de ella esos cuentos que se cuentan,  dan cuenta y cuentan (aquí en ambos sentidos de la palabra) a quienes los cuentan y los escuchan,  diciéndolos a ellos mismos, produciéndolos a ellos mismos, de tal manera que su propia existencia es así traída a la luz del círculo común, resplandeciente mientras tales relatos están vivos. El habla habla solo, el mito se cuenta a sí mismo… No podemos seguir, en este espacio, todas las enormes bifurcaciones de lo apenas señalado.

Tampoco podemos ignorar, finalmente, la urgencia con que los últimos guarusos querían que sus cuentos fueran registrados. Antes de desaparecer, quienes no habían dejado ninguna ruina, quienes no inventaron nada,  quienes de buenas a primeras, o de malas a últimas, se pusieron a “murir” y ser matados, todo lo que tenían que dejar, todo lo que eran/fueron ellos, eran unas palabras –originalmente dichas en un idioma que ya nunca nadie sabrá–. Sólo en ellas se albergaba “la verdad” de lo que eran. Verdad bien guarecida, como debe ser, dentro de capas y capas de ficciones infinitas.

Quien las registró en un libro que, más aún a la luz de lo que decimos, es absolutamente maravilloso, murió hace poco, justo cuando los incendios de la Chuiquitania y otras partes hacían desaparecer plantas, animales, pozos de agua, insectos, mundos, cuentos. ¿Con qué consecuencias y de qué son signo tantas y tales desapariciones?

Dice Canetti:  “Cada especie animal que se extingue vuelve menos probable nuestra subsistencia. Sólo ante sus formas y voces podremos seguir siendo humanos. Nuestras metamorfosis se desgastan si se extingue su origen”. Esa afirmación nos advierte sobre la seriedad mortal de lo que está en juego.

Cerremos esto con la urgencia de Eliane Brun ante nuestra propia, y posible, desaparición: “Estamos en una guerra global por la vida de nuestra especie. ¿Cómo os atrevéis a no tener un lado?”

 

 

Confidencial

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