Reflexión

La juventud y la incomprensión de los problemas actuales

El autor establece algunas diferencias entre esta juventud consagrada exclusivamente a la “frívola levedad de la vida”, y aquella de mediados del siglo XX
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

H. C. F.  Mansilla Filósofo y escritor

No es superfluo llamar la atención acerca de los aspectos poco promisorios de la actual juventud: la indiferencia política, la falta de ideales y el rol central del alcohol y las drogas. Investigaciones realizadas en numerosas sociedades concuerdan en que los principales valores de orientación de los jóvenes son las modas dictadas por los medios masivos de comunicación, el consumismo desenfrenado y el hedonismo mercantilizado.

   Apelando a mis propias experiencias quisiera establecer algunas diferencias entre esta juventud consagrada exclusivamente a la “frívola levedad de la vida”, como dice Mario Vargas Llosa, y aquella de mediados del siglo XX. De 1962 a 1973 estudié en Berlín, lenta y cómodamente ciencias políticas y filosofía, antes de que las universidades alemanas abandonaran su carácter humanista y se convirtiesen en fábricas de meros técnicos y tecnócratas. 

Guardo de aquellos años, que probablemente fueron los decisivos de mi vida, el mejor de los recuerdos y una añoranza irremediable, no sólo a causa del aura que circunda e ilumina toda juventud, sino también como consecuencia del ambiente europeo propicio a grandes renovaciones culturales en las décadas de 1960 a 1980. 

   Con anterioridad a la actual masificación globalizada, la juventud representaba una edad incomparable por varios motivos. Aunque en forma disminuida, en ella ardía el fuego de la utopía y la renovación sociales; la generosidad y el desprendimiento constituían rasgos indelebles de su carácter; y se hallaba abierta hacia los tesoros del conocimiento y la cultura. 

Es obvio que hablo del pasado, embellecido probablemente por la distancia y la nostalgia. No compartí nunca los designios mesiánico-marxistas que abrazó la generación de 1968, pero me gustaba el entusiasmo, el desprendimiento y la ilusión que irradiaba. Los jóvenes de antes acariciaban quimeras y sueños proclives al engaño y al totalitarismo, pero también favorables a la esperanza de un mundo mejor. 

   Lo más rescatable y valioso de aquella juventud era su curiosidad hacia otros mundos y otras épocas, es decir el deseo desinteresado de aprender y comprender. En mi periodo estudiantil era usual el admirar las grandes obras del arte y la literatura. Existía el anhelo de entender los grandes proyectos civilizatorios que estaban lejos de nuestra vida cotidiana. Flotaba en el ámbito universitario un resto del clásico vínculo entre eros y logos. La aspiración de comprender mejor la vida social no es algo tan absurdo como les parece hoy a nuestros jóvenes. 

En la esfera de las relaciones entre grupos y naciones, por ejemplo, la humanidad recorre senderos que alguna vez ya han sido probados o imaginados por alguien. En este sentido y particularmente en los terrenos de la política y la ética, la historia es la maestra de la vida. Es lo que dijo Cicerón, criticado y denostado hoy por los postmodernistas de todas las corrientes. ¿Quién entre los jóvenes de hoy toma un libro de historia entre las manos?

   En el presente no existe casi nada de aquel designio de conocer mejor la propia sociedad y las ajenas. Según Vargas Llosa, los jóvenes de hoy no desprecian la cultura porque ni siquiera se han enterado de que existe. Los que acuden a una universidad, lo hacen para seguir carreras comerciales, muy alejadas de la investigación científica. Y los poquísimos jóvenes que pueden ser calificados de intelectuales se consagran a las teorías relativistas y a los estudios postcoloniales e indianistas, disciplinas que exhiben una inclinación convencional a mezclar un marxismo tercermundista muy diluido con argumentos enmarañados, difusos y abstrusos.

 En la ciencia y la literatura el resultado es una prosa neobarroca y el uso generoso de paradojas y oxímoros. Esta fraseología complicada quiere sugerir la existencia de pensamientos complejos. El idioma más usado es un curioso castellano que imita al inglés americanizado y netamente provinciano de corte mercantil. Lo criticable de estos enfoques es, sobre todo, su carácter previsible. Si las conclusiones están ya predeterminadas, faltan los elementos de sorpresa y admiración, y, por ende, la posibilidad de aprender algo genuinamente nuevo. 

   Nuestros cientistas sociales de las generaciones juveniles no ponen en duda las bondades de la modernidad y no dejan testimonios de un espíritu genuinamente crítico. Se dedican, por ejemplo, a cuestiones altamente especulativas en torno a la identidad histórica de los grupos indígenas, pero no descienden a los fenómenos concretos, como los valores mercantiles de orientación de los sectores indígenas, las pautas meramente imitativas de los estratos medios, el proceder anti-ético de toda la clase política boliviana y la marcada indiferencia de la mayor parte de la población del país ante los daños irreversibles causados al medioambiente. Lo alarmante radica de modo claro en el desinterés que los jóvenes de las etnias indígenas han mostrado ante los bosques tropicales que arden. 

Es más: ningún grupo campesino, ninguna representación de los trabajadores del campo y ningún intelectual indianista ha expresado la más leve crítica ante el mayor desastre ecológico de la historia boliviana. ¿Desastre? En el fondo casi todos están contentos con el resultado, pues una hectárea limpiada de la molestosa naturaleza (el bosque) vale mucho más que una hectárea cubierta de vegetación.

Es difícil pasar por alto la importancia de esta temática, que es fundamental para comprender la mediocridad, la deslealtad y el arribismo de nuestra clase política, el grado alarmante de corrupción y corruptibilidad en la administración pública y, ante todo, la increíble ingenuidad de las masas. Sobre estos temas nuestros jóvenes intelectuales extienden el discreto manto del silencio y del olvido. Su interés es claramente tecnocrático: prefieren asuntos menos controvertidos y temas que posteriormente les brinden un acceso privilegiado a la burocracia estatal. El resto –la cultura propiamente dicha, el ancho mundo, la ética social y el destino del planeta– les es indiferente.
 

 

 

Confidencial

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