Reseña

Maltrato

Exploración a la obra ganadora de la Tercera Versión del Premio Internacional de Novela Kipus, escrita por el argentino Guillermo Ferreyro
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

Amalia Decker M. Periodista y escritora

Guillermo Ferreyro es el ganador de la tercera versión de Novela Kipus, sin duda el más importante que ofrece la actividad literaria de nuestro país. Escritor argentino que ya tiene varias publicaciones y que casi de manera simultánea gana otro premio en México con su novela La cloaca.

Unas pocas palabras potentes podrían ser suficientes para describir a la obra ganadora. Como lo hiciera el entonces director general de la Unesco, Federico Mayorga cuando murió Octavio Paz. En diez palabras trazó la biografía del poeta, escritor y político mexicano: “Octavio Paz encarnó profundamente a su tiempo y a su país”.  Podría, en esta ocasión, decir que Guillermo Ferreyro se atrevió a poner el dedo en la llaga. A desnudar el punto más álgido por el que atraviesa la humanidad.

Se podría también decir que la obra es una letanía, como lo es el propio maltrato. El magnetismo de la ficción, sin embargo, nos hace ingresar en las entrañas del mal: una suerte de gran telaraña de la que parece imposible salir. La lectura nos obliga a participar en una procesión dolorosa que no parece tener fin. Lo hace a través de una voz imperativa que no sólo narra sino que ordena, interpela y se mete en la piel tanto del lector como la de la protagonista. Es una voz potente que a su vez le da voz a ese personaje central de la novela. Una mujer que tuvo el coraje y la osadía de echarse a su marido con seis tiros de revólver, después de haber soportado 12 años de humillación y violencia. Es el despertar de esa mujer que se atreve, finalmente, a confesar sus deseos más íntimos, aquellos que no se dicen en voz alta.

La potencia narrativa llega desde las primeras páginas. Y la voz del narrador, aplica el USTED, así, con mayúscula cuando se dirige a la protagonista. ¿Es respeto? Puede ser. Pero también cabe la posibilidad de que el narrador  lo haga con el afán de imprimir una distancia prudente para no perder la autoridad que se imprime desde las primeras líneas. “Cierre el ventanal de vidrio y abra las cortinas”. “Despiérteles curiosidad. Camine”. Ordena y recrimina: “No sea absurda, no llore, sus lágrimas mojan la camisa que él nunca más volverá a usar. Otros momentos, la voz suena algo más condescendiente e incluso halagadora pero sin dejar de lado el tono imperativo. USTED no necesita un hombre. Puede sola. 

La novela se convierte en un juego que orilla la realidad. Es un ir y venir del pasado al presente y viceversa. Es la necesidad de reconstruir el ayer reciente que ella, por mucho tiempo, disfrazó como lo hacemos hábilmente las mujeres cuando queremos encontrar en nuestros hombres más méritos de los que en verdad tienen. O peor aun cuando justificamos lo injustificable para no salir del calvario de la violencia: “es que yo lo provoqué; fue sólo un chirlo y hasta me gustó”. Pero además,  ¿cómo no ceder si luego él, que la quiere tanto, llora, implora perdón sobre las heridas, con la promesa de que nunca más? Un aviso para las mujeres maltratadas que creen que el matrimonio es cosa de voluntad y fuerzas.

La acelerada trama no impide momentos de reflexión. Los olores, los ruidos, son igualmente importantes en la obra porque  permiten a la protagonista y al lector, volver a la infancia. Un tiempo donde disciplinadamente se aprende la vieja tradición: lo que hombres y mujeres seremos mañana. Donde las propias madres son quienes reproducen su propia degradación a través de lo que se inculca a los hijos desde el principio de los tiempos: “las mujeres no sirven, necesitan de alguien que las cuide”. Esta novela es una invitación a no ser sumisas, incluso diría que es una invitación a ser malas. Y sobre todo es una alerta a las madres para no criar agresores y menos mujeres sumisas.

 Otro elemento para destacar  es la voz femenina, lograda con desenfado y soltura por el autor. Es pues un mérito haberse puesto en la piel de una mujer. Y lo hace de manera auténtica. No hay impostura, se la percibe natural. El tono es adecuado y verosímil. Confiesa el escritor que para él no fue problema alcanzar la voz auténtica de su personaje porque vivió desde su más tierna infancia, rodeado de mujeres: su abuela, su madre y sus tías y ahora su mujer y sus hijas.

Maltrato es una telaraña que atrapa de principio a fin. Deja huella y revive lo que no queremos ver y que, sin embargo, es pan de cada día.

 

 

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