Escénicas

Sergio Mercurio en dos tiempos

Sergio Mercurio se despide del Titiritero de Banfield y De Banfield a México en Sucre. Alex Aillón le dedica dos textos para desearle suerte.
domingo, 20 de octubre de 2019 · 00:00

Alex Aillón Valverde Periodista y escritor

 

Un joven argentino que creía con sincera esperanza en el retorno de la democracia a su país. Un joven argentino que descreyó de la política y de la democracia de su país y se fue al África para conocer al mundo y su humanidad. Un joven argentino que se dio cuenta en Mozambique que en realidad no sabía lo que era ser latinoamericano y que volvió para descubrir qué era eso de ser latinoamericano en Latinoamérica. 

Un joven argentino que inició su desmesurado camino a México en un caballo que lo debía llevar a Alaska y no a México. Un joven argentino al que le llevó más de una década llegar a México y que nunca llegó a Alaska. Un joven argentino que no sabía que lo que hacía, que en realidad era al principio como una “energía”, iba a convertirlo en una especie de súperhéroe, el gran artista que llegamos a conocer con el apelativo de el Titiritero de Banfield. 

Un joven argentino que se quedó en Bolivia y se conoció a sí mismo en el Teatro de Los Andes, porque todos los caminos conducen al Teatro de Los Andes y a Alice y a Gonzalo. Un joven argentino al que César Brie le dijo “Si no sabés qué es lo que hacés, encerrate en un cuarto, pensalo y cuando lo sepás, salís”. 

Un joven argentino que ya no es más un joven argentino. Un argentino que ya no quiere ser más el titiritero y que no quiere ser más de Banfield, aunque esto le venga tatuado por todas partes de la piel y la memoria. Un argentino que ya no es un joven argentino que quiere dedicarse a la literatura y que hace los diarios de su vida en forma de cómics y hermosos dibujos ¡que a mí me dan una envidia! Un argentino que ya no es un joven argentino que está escribiendo una novela histórica sobre cosas que pasaron en la realidad, por eso es histórica, pero que nosotros no conocemos pero que al final, como todo en Banfield, termina teniendo algo que ver, patafísicamente, con el fútbol. Un argentino que ya no es más un joven argentino que ha hecho dos películas, una de ellas sobre el Club Atlético Banfield que para él, como para todos los que son de Banfield, es el más grande equipo de fútbol del planeta, y probablemente lo sea, pero eso seguro que otros argentinos que no son de Banfield verán con profunda sospecha. 

Un argentino que ya no es más un joven argentino que ahora se despide de sus personajes en los lugares en los que fue feliz, aunque todos sepamos que a veces, sino casi siempre, no hay que volver nunca a esos lugares. Un argentino que ya no es más un joven argentino que tiene problemas con el cambio de signo de los tiempos y con lo políticamente correcto y con la tecnología, pero que dará cursos vía online para no dejarse joder en esta descomunal y desenfrenada carrera quién sabe a dónde. 

Un argentino que no es más un joven argentino que alguna vez fue profesor de educación física y que nunca pensó que luego crearía un universo mágico o que el universo mágico lo crearía a él. Un argentino que no es más un joven argentino, que no es más que un hombre como todos lo somos. Un argentino a quien admiro y a quien deseo suerte. Un argentino. Un artista. Un amigo. Sergio Mercurio.

 

El Titiritero de Banfield

A mí, queridos hermanos, “El Titiritero de Banfield” me hizo soñar, volar y recordar “el olvidado asombro de estar vivos”, como diría el ahora tan injustamente odiado, Octavio Paz.

Gracias por devolverme a la niñez, le dije a Sergio cuando terminó su espectáculo, y lo abracé, y aunque siempre escuché hablar de él y de El Titiritero de Banfield, nunca lo había visto y creo que llegó cuando más lo necesitaba, descreído ya de tantas cosas, ya tantas, que incluso llegué a descreer, en uno de los miles de momentos reprochables de mi vida, hasta del arte (pero, demonios, quién es el que no comete actos reprochables, quién es el que al menos no los piensa, ¡no me jodan!), pero no, gracias a sus títeres, ahora se volvía a revelar la vida contra todo mi escepticismo, y me hizo creer nuevamente que hay otro mundo dentro de este mundo y que hay que volver a escarbar a toda prisa para encontrar el tesoro antes de sucumbir ante el cinismo y la desazón. 

Me cagué de risa, reflexioné, me maravillé, me enamoré, atendí como hace tiempo no lo hacía, di dos vueltas en el espacio, me tomé diez wiskis y me emborraché sin alcohol, y aunque resistí como resiste cualquier negro mala gente, al final me rendí, me di por vencido, y abracé la maravilla. 

Luego nos conocimos y resulta que no solo nos conocimos sino que ya nos conocíamos por gente que juntos, por separado, conocimos. El mundo es un lugar pequeño, más para un titiritero, pensé. Luego tuvimos otro encuentro, allá en la sede del Teatro de Los Andes, otros manipuladores del asombro, para ver De Banfield a México. Luego nos despedimos con un abrazo y una sonrisa.

Me queda una sensación hermosa y permanente de este encuentro. 

Por lo pronto yo me meto en una caja y espero a que me saquen a la luz convertido en un muñeco. Sería un gran muñeco. Qué bello debe ser, ser ellos. Estos dioses de cartón, esponja, papel y madera que nos enseñan cómo volver a vivir, cómo volver a soñar.

 

 

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