Aullidos de la calle

Alerta contra los tiburones

Los tiburones es el primer largometraje de la directora uruguaya Lucía Garibaldi. Conquistó el Festival de Sundance, donde Garibaldi salió elegida Mejor Directora.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Mónica Heinrich V.  Reseñista y cinéfila de corazón

Estamos en Uruguay, en una zona costera en la que no pasan muchas cosas, un lugar bastante tranquilo. En ese lugar bastante tranquilo vive Rosina, una adolescente que en el primer plano de la película está huyendo de su padre para meterse al mar. ¡Rosina! grita su padre, emputadísimo, la chica ha cometido una fechoría que será clave para darnos el perfil del personaje. Luego, aparece algo  entre las olas. ¿Un tiburón?

Los tiburones es el primer largometraje de la directora uruguaya Lucía Garibaldi. Conquistó el Festival de Sundance de este año, donde Garibaldi salió elegida Mejor Directora y en el Festival de cine de Guadalajara ganó el Premio a Mejor Actriz, Libreto y Premio Especial del Jurado.

Tuve la fortuna de verla en la 43 Mostra de Cinema de Sao Paulo, ese mismo día vi cuatro películas más y la que se me quedó dando vueltas fue esta, la de Garibaldi.

Mucho tiene que ver algo que la directora comentó en una entrevista “intenté resistirme a la solemnidad”, y vaya que lo logró. Aunque es una película con un ritmo pausado, porque la historia así lo requiere, el espectador acompaña a los personajes sin soltarles la mano. Hay un poquito de humor por acá, hay escenas simpáticas por allá, y además de resistirse a la solemnidad huye a lo vertiginoso que su nombre evoca. 

El trabajo de Garibaldi podría encuadrarse dentro del género coming of age, ese que habla sobre el crecimiento psicológico y moral de sus protagonistas, un género que ha dado películas como Boyhood, Sumbarine, entre otras.   Se ha comparado su estilo con el de Lucrecia Martel, ignoro si ha influenciado realmente el trabajo de Garibaldi o no, pero la Martel no huye de la solemnidad, así que me parece que si bien hay climas que pueden evocar al cine de Martel como el cine de Martel evoca al de otras películas, lo de Garibaldi tiene vida propia.

Volviendo a Rosina  y a la trama, cuando se piensa en tiburones se piensa en peligro, en amenaza. En el caso de Rosina eso parece no estar en el afuera (en la supuesta aleta que vio entre las olas) ese peligro, esa amenaza, parece estar dentro de ella. 

El guion escrito, también por la directora, recrea el mundo que rodea a Rosina con mucha precisión y eficacia, la mamá a la que le cuesta la tecnología y que trata de ganar plata como sea, la hermana que es más experimentada y sociable que ella, los trabajadores del papá, el tal Joselo, un boludito que le empieza a llamar la atención porque sí, no por una infatuación, sino porque sí, la abuela que envuelve sus muebles en plástico film, sí… hasta Ramona, la perra de Joselo, tiene una entidad presente en la pantalla. 

Intuimos que la situación social y económica no es la mejor, pero en esa ciudad costera uruguaya la vida continúa para todos sus habitantes sin mayores sobresaltos. Sólo la hipotética presencia de tiburones antes de la temporada de verano, en una zona en la que nunca se vieron animales de ese tipo, hace que los lugareños abran un grupo de wassapp: Vecinos alertas contra los tiburones y empiecen a salir en quijotescas búsquedas de la amenaza.

La directora demuestra pericia y economía de recursos narrativos dibujando el miedo colectivo y siguiendo a la vez a su joven protagonista. 

Sí, sí, es verdad que cuando la película concluye, a pesar de haberse ganado tu corazón, sabés que le faltó “una cosita” para subirla en el escalón de una obra con mayúsculas. Hay una especie de comodidad en los Tiburones, Garibaldi no se arriesga a ir un poco más allá. Capaz esa sea la idea, lo más probable es que esa sea la idea. Capaz que no lo necesite, pero aunque se te queda dando vueltas, aún sentís que faltó un punch, algo que la termine de asentar a tierra y que solidifique las promesas que la película ha ido construyendo a lo largo de su trama.

Fuera de eso, Rosina está muy bien interpreta por Romina Betancourt, a quien Garibaldi descubrió en un taller y supo inmediatamente que tenía que ser la actriz de Los Tiburones. Eso hizo que se apresure a filmar para que no crezca demasiado, y no se equivocó. Betancourt tiene misterio y profundidad en su personificación de Rosina. Ya si tenemos que ponernos exquisitos, algunos actores secundarios son el pelo en la leche, sí, hasta Uruguay llega el problema del cine latinoamericano con el equilibrio en la dirección de actores, pero la película se sostiene tan bien que el tema de la actuación no termina siendo un gran escollo.

Fotográficamente es una película muy lograda. Hay muchas escenas con un encuadre prolijo que logra que admirés el trabajo del director de fotografía, Germán Nocella. Dentro de su identidad de cine latinoamericano, tiene una factura impecable y un diseño de producción al que no se le puede poner peros. Su gráfica es también interesante y su música le da un toque retro y a la vez contemporáneo que te hace sentir extrañamente conectado a todo lo que ves. Acompañás a Rosina al inicio que corre después de su fechoría y acompañás a Rosina al final que huye después de otra fechoría. Y a pesar de las fechorías, a vos también se te dibuja una sonrisa, casi al mismo tiempo que la de Rosina.

 

 

Confidencial

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