Semblanza

“Esta fabulosa sombra”: Harold Bloom

El autor hace un repaso de la obra de Harold Bloom y lo evoca como “alguien poseído por la búsqueda de la belleza, que, en cierto sentido, reclamaba para sí”.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Bernardo Prieto  Literato

Harold Bloom (1930-2019) fue un crítico férvido y extraño porque creía, con inusual intransigencia y arrogancia, en la primacía de la Palabra y profesaba –al igual que el misticismo judío, el Evangelio de Juan, Walter Benjamin o Wallace Stevens– la admiración silenciosa de lo sublime creador. Si, como escribe Scholem, “el lenguaje corriente del hombre (…) refleja el lenguaje creador de Dios” para Harold Bloom sólo el poeta –ya sea Shakespeare, Cervantes o Chaucer– podía cumplir con esta tarea divina de crear vida a través de las palabras. Para Bloom la literatura fue la única y verdadera “religión secular”.

Sin embargo, la literatura como religión no significaba –al menos para Bloom– la ritualización vacía o la institucionalización ortodoxa –él fue, en todo caso, un crítico solitario y heterodoxo, aun después de obtener, por ejemplo, la famosa cátedra Charles Eliot Norton en Harvard o la beca MacArthur– al contrario, Bloom entendía que en la literatura se podía encontrar la fuerza cognitiva, el pathos piadoso y el éxtasis místico que trasforman una vida por completo y para siempre. Él mismo cuenta que, cuando niño, sintió la magia de la poesía al leer a Hart Crane y William Blake por primera vez; es decir, al afrentarse con un lenguaje arduo que no comprendía por completo y que, por esto mismo, le fascinaba y lo poseía. 

De hecho, la fantástica reflexión sobre la Religión Americana, publicada en 1992, sólo podría provenir de alguien sensible a los fenómenos estéticos en su más diversa forma. Así también, sólo una persona envuelta de una “emersoniana confianza” podría haber reivindicado –contra el extendido prejuicio marxista de la religión como opio del pueblo– a la Biblia y sus predicadores, a los himnos fervorosos, y las liturgias masivas como el corazón de dónde proviene la poesía del pueblo estadunidense. 

Harold Bloom fue alguien poseído por la búsqueda de la belleza, que, en cierto sentido, reclamaba para sí –y con esto malinterpretada (misreading) en un sentido gnóstico y pateriano– la afirmación, en esencia profundamente cristiana y patética, del príncipe Mishkin: “la Belleza salvará al Mundo”

Ciertamente, el lugar donde se cifra el lado más conocido y menos interesante de Bloom, donde su Genio se trasformó en su Némesis –como alguna vez él escribió– fue en su lucha encarnizada en contra de la “Escuela del Resentimiento”. No tanto, por la seriedad y la severidad de sus argumentos –que ya se prefiguran en el epílogo de “La Compañía Visionaria”, justamente, cuando escribe que “la extraña mezcla de budismo y marxismo a la que se reduce la síntesis estructuralista –conduce– como dice Octavio Paz no al conocimiento del vacío sino al conocimiento vacío”– sino, por la simplificación mediática de muchas de sus intervenciones. 

La famosa “lista final” que contiene el “Canon Occidental” –y más allá de la importancia histórica de las listas señalada por Umberto Eco– es una curiosidad innecesaria que, sin embargo, marcó muchas de sus posteriores elecciones editoriales.

En cierto momento, la prosecución de su labor pedagógica dirigida al gran público, se estimó como la pérdida parcial de un gran crítico: serio, profuso e imaginativo. Atrás quedó aquel profesor que escribió “Cábala y Criticismo” o “Poesía y Represión”. Bloom había escogido escribir manuales –algo simples, grandilocuentes, aunque modestos– sobre ciertos autores de su propio “Canon” –el cual, como el universo geocéntrico de Ptolomeo, giraba alrededor de un único planeta: Shakespeare–. Y, sin embargo, recordando su propia teoría, esta elección era el final natural para alguien que siempre admiró al crítico más popular de la tradición inglesa: el Doctor Samuel Johnson.

Bloom quería llegar al gran público porque comprendía que la Universidad estaba asediada por profesores que valoraban –sobre la excelencia literaria, sobre la fuerza cognitiva, sobre el placer y la misma literatura– mucho más sus diversas reivindicaciones ideológicas –ya sea conservadoras o progresistas–, que se prestaban a la victimización resentida y que, en último término, reverenciaban la mediocridad. Bloom, presentía, como un profeta que siente internamente el pathos de la literatura, el posterior silencio y declive del estudio académico, erudito, y sistemático del “Canon”.

No obstante, el espíritu sopla donde quiere, y el reclamo de Bloom debe entenderse en un estricto sentido escatológico. Todo momento representa, anticipa, al juicio final; no es que el futuro de la literatura se haya acabado, sino que, desde siempre, este futuro ha estado en peligro. Sólo los verdaderos poetas podrán salvar y devolver la Palabra al mundo. Bloom, simplemente, identificó, de forma certera, al typos –a la figura histórica– que amenazó –y amenaza– a la gran literatura y su estudio.  

Bloom presumía saber –como Borges– muchos poemas “de memoria”; la expresión inglesa para esto es, no obstante, más conmovedora y expresiva: know by heart. Como alguna vez escribió Paracelso, amar es conocer. Y el amor –la pasión– es la puerta por la que se escabulle el conocimiento. El recordar no es más que otra forma de amor; la tradición –es decir, el “Canon”– no es más que la interpelación viva y apasionada del pasado con su propia historia, por esto, es importante conocer a Cervantes, Dante y Homero. Y es que, recordando un poema de Hart Crane, la literatura es como “una fabulosa sombra que sólo ha de conservar el mar”. Harold Bloom vislumbró esto y ahora, frente a su tumba, sólo queda el silencio, el mar contiene ya su sombra y la literatura recoge su figura.

 

 

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