Esbozos culturales

“Herencia hispánica”, ¿cierta o incierta?

Crónicas musulmanas e hispánicas registran que el año 710, los árabes asentados en las costas de Marruecos, realizaron su primera incursión en tierras hispanas.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Óscar Rivera- Rodas Escritor

Estas semanas se difunde la confusa cantinela o cantaleta de la “herencia hispánica” de los países latinoamericanos. Esa embarullada repetición y alarde, como se sabe, empieza a ser desplegada anualmente cuando se aproxima el 12 de octubre, que en años pasados despertó presuntuosas alharacas como el Día de la Raza o, peor: el “descubrimiento del Nuevo Mundo” o “descubrimiento de América”. Veremos qué puede ser esa “herencia hispánica”.

 Lo cierto e inequívoco es que crónicas musulmanas e hispánicas registran que en el verano del año 710, los árabes asentados en las costas de Marruecos realizaron su primera incursión y conquista de las tierras hispanas, a través del Estrecho de Gibraltar, específicamente por Tarifa, provincia de Cádiz, Andalucía. La denominación Tarifa procede del nombre del conquistador musulmán Tarif, que comandó esa expedición inicial de la conquista árabe de España. 

 Esta ocupación se extendió del año 710 al 1492, es decir ocho siglos, o poco menos de 800 años. En comparación, la invasión española a los pueblos americanos iniciada a partir de ese 1492 duró menos de tres siglos o menos de 300 años. La dominación islámica de la península hispánica casi triplicó la permanencia de ésta en América. 

 La Hispania de entonces no estaba gobernada por un hispano, sino por el monarca visigodo Roderico o Rodrigo (688-711), también llamado Don Rodrigo. Fue vencido por los musulmanes en la batalla de Guadalete. No se puede desconocer que España, mucho antes de ser dominio de los árabes, fue posesión de los griegos, romanos y godos.

 El historiador asturiano Leoncio Cid y Farpón (1856-1898), autor de La conquista de España por los Árabes (1894), estima el carácter moral de los islámicos y escribe: “caballerosos y hasta románticos en ocasiones, su historia se halla salpicada de rasgos de nobleza y de abnegación, que las leyendas han popularizado”; además los señala “amantes de las ciencias, las cultivaron todas con gran saber, reuniendo en muchas ciudades de su vasto imperio copiosas bibliotecas, en cuyos libros nutrieron su entendimiento doctísimos maestros y escritores musulmanes. (1894: 33). También agrega: “Otras dos simpáticas cualidades caracterizaron al pueblo árabe: la hospitalidad y la generosidad” (1894: 34).

 Además informa que “la península ibérica pudo ser dominada por los musulmanes en brevísimas y fáciles campañas: que hay que buscar en el pasado de los pueblos las causas de los acontecimientos al parecer sorprendentes e inexplicables” (1894: 41). Y las aclaró con los términos siguientes: “En nuestra nación como en toda Europa, aparecieron después... nuevos pueblos, cuya diversidad de origen... permitieron el establecimiento sin grandes dificultades de las colonias fenicias y griegas, muchos siglos antes de la Era cristiana” (1894: 42). 

 Aunque ciertas, las causas que señala el historiador no eran desconocidas ni nuevas. Investigadores de su tiempo y de siglos anteriores habían estudiado la complejidad del mestizaje de los pueblos europeos que ocupaban el extremo peninsular del inmenso continente asiático. Europa se originó en un conjunto de múltiples y variadas tribus en los extramuros occidentales del hemisferio asiático. O como los árabes llamaban alfoz (palabra castellana de origen arábigo: alháwz, de hawz), que significa suburbio, afueras o región dependiente de una mayor región y población. Las tribus mestizas de los pueblos europeos eran un conglomerado de aldeas lejanas de las metrópolis asiáticas. 

 Otro escritor español, Antonio Alcalá Galiano (1789-1865), en su Historia de España (1844), refiere la fundación del imperio árabe de Córdoba por Abd al-Rahman (731-788), que reinó más de tres décadas. Alcalá (cuyo apellido deriva del árabe) escribió que en el año 755 el emir fundador fue recibido “con los brazos abiertos por los moradores de aquella provincia, jeques y pueblos, poblando el aire de estrepitosas aclamaciones y vivas a su nombre”; ese agrado y complacencia se debieron a su “buena presencia, su alto nacimiento y la magestad de su persona, hermanada con la franqueza pintada en su rostro, le granjearon el afecto de la muchedumbre, acaso más que la esperanza de los bienes que según la opinión general traía consigo” (1844: 222).

 Agregó Alcalá que el príncipe árabe, en el breve término de un año triunfó sobre sus enemigos, ganó la paz, y en la capital de su nuevo imperio construyó “a las orillas del Guadalquivir estupendos malecones con los cuales angostó el cauce del río, y transformó el terreno libertado del agua en unos extensos jardines, y en el centro de estos edificó una alta torre desde donde se descubría un vasto espacio de tierra” (1844: 224). 

 Cid Farpón, en el Capítulo VII titulado “La sumisión de España” refiere las órdenes que dio el caudillo militar yemení Musa iban Nusair (llamado Muza o Musa por los historiadores españoles) para que “las tropas musulmanas emprendiesen una nueva campaña, divididas en tres grandes cuerpos de ejército, que recorriesen la península en todas direcciones, imponiendo el yugo islamita en aquellas comarcas por donde aún no se hubiese paseado triunfante el estandarte de Mahoma” (1894: 211).

 Más adelante escribió: “La conquista, la sumisión de España, que a las legiones de Roma costó dos siglos de cruenta lucha, acababa de realizarse por el pueblo árabe con pasmosa facilidad” (1894: 225). Comentó: “Evidente prueba de la prudencia y del tacto, que los musulmanes emplearon para asegurar la posesión y el dominio del Islam en nuestro suelo, es la cautelosa manera de insinuar su espíritu religioso en las inscripciones de las monedas acuñadas” (1894: 226).

 Según este historiador, el carácter religioso de la conquista islámica fue el recurso que facilitó la misma. Mientras que “por una parte las circunstancias de España favorecían a los invasores, y la conducta de estos suavizaba las asperezas de la diferencia entre vencedores y vencidos”; por otra parte, los musulmanes se guiaban en la conquista por “un espíritu y un ardor religioso incontrastable” (1894: 232).

 Otro historiador español, amigo de nuestro Alcides Arguedas, Rafael Altamira (1866-1951), en su Historia de España y de la civilización española (1900), destacó las “relaciones entre el mundo musulmán y el español” y afirmó que, fuera de las batallas, ambos pueblos se trataban “a menudo, de manera cordial e íntima”; y explicó: “No es de extrañar, pues, que se visitasen frecuentemente, se ayudasen en las guerras civiles, comerciasen entre sí y aun se enlazaran por el matrimonio individuos de uno y otro pueblo, y no sólo de las clases bajas y menos cultas, sino de las más altas y poderosas” (1900: 249).

 El historiador asturiano, a su vez, amplió su demostración de “La sumisión de España” con una explicación en la que compara la conquista musulmana y su dominio de España con anteriores y dice: “no guerreaban los árabes solamente por ambiciones de poder y de dominio político”, como sucedió en Persia, Macedonia y Roma; “ni por egoístas cálculos de codicia comercial”, como Cártago; tampoco por mejorar su vida material, buscando en tierras extrañas placentero establecimiento, como los visigodos, los francos, los normandos y otros pueblos del norte de Europa y de las estepas del Asia; “los árabes luchaban en cumplimiento de un religioso deber y arrastrados por la educación guerrera que el Profeta y los Califas habían logrado filtrar en su corazón” (1894: 232).

 Sorprende saber que la sumisión española a la dominación islámica no hubiera sido una lección asimilada o aprendizaje. Porque cuando los españoles imitaron esas invasiones ocho siglos después en regiones americanas, sus acciones fueron depredadoras: expoliaron a los pueblos y explotaron desaforadamente territorios y recursos naturales. 

 La reconquista hispánica de los territorios bajo dominio árabe fue larga y penosa, hasta que los reyes de Castilla orientaran su operación sobre Granada. El historiador estadounidense Washington Irving (1783-1859), que publicó un libro sobre el tema y cuya versión castellana apareció en 1831, Crónica de la conquista de Granada, señaló como fecha inicial de esas acciones el año 1487. Escribió: “ahora se trata de operaciones importantes y detenidas, y del asedio formal y rendición de las plazas más fuertes del reino de Granada, cuya capital quedó así aislada, y desnuda de los baluartes que la defendían” (1931, 2: 5). Explicó que la estrategia de Fernando e Isabel fue dirigir sus fuerzas contra los pueblos marítimos de Granada, para apoderarse de todos los puertos y evitar que los árabes pudieran recibir auxilios.

 El último soberano musulmán, nacido en España obviamente en 1459, fue Mohammed ben Abî al-Hasan Alî, sultán del reino de Granada, conocido también como Muhammad XII, y llamado por los españoles Boabdil. Este sultán eligió la opción pacífica de capitular y entregar su dominio a los monarcas españoles, quienes tomaron esa posesión el 1 de enero de 1492.

 Llegamos al año en que Cristóbal Colón logró financiamiento de los mismos reyes para su primer viaje hacia el occidente de España. Partió el 3 de agosto de 1492 en tres carabelas endebles que el viento llevó donde el navegante ignoraba llegar: al Caribe. Allí el marino saltó de alegría pensando que había cumplido su sueño de hallar una ruta corta a la India. Informó a sus soberanos de su hallazgo. La monarquía española también danzó de júbilo. Pocos años después milicianos y clérigos ibéricos invadían los pueblos de la India, llevando, según dicen hoy, la «heredad hispánica». En realidad asaltaban pueblos americanos.

 Tras ocho siglos de sumisión a los árabes, España era millonaria en «herencia islámica». Sus mesnadas que invadieron la región americana llevaban consigo la esclavitud cristiana, y la hacienda islámica acumulada en 800 años: costumbres, modalidades de pensar, y de hablar mediante el lenguaje castellano, exuberante en palabras de origen árabe. Tal fue la «heredad islámica» de España en 1492.
 

 

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