Reflexión

La poiesis de nuestro teatro

La autora analiza la formación en arte en Bolivia y llama a los artistas a cuestionarse sobre su trabajo. “Es un ejercicio difícil porque implica sacrificar –entre otras cosas– nuestro ego”, dice.
domingo, 27 de octubre de 2019 · 00:00

Andrea Riera   Coordinadora de LATEscena, cocreadora de Teatro Punto Bo y Plataforma 1

El arte no sólo es evidencia de la creatividad humana; es identidad, es reconstrucción de patrones, es diversidad, es aporte intelectual, es una alta responsabilidad la que tiene el artista.  En nuestro contexto –y para ser correctos– a todo eso hay que sumarle las condiciones en las que trabaja (sin pretender hacer de esto otro lamento boliviano), su realidad tiene que ver más con una terca supervivencia, porque –el del artista– es un trabajo bastante solitario, sin políticas culturales claras, sin espacios, sin apoyo, sin formación, sin público muchas veces.

De América del Sur, Bolivia es el único país sin formación en pregrado en artes.  Varios artistas migran del país buscando una formación académica y especializada, aunque bien sabemos que eso no es garantía de un trabajo de calidad, eso no garantiza tampoco que sean mejores o peores artistas, sólo te da más herramientas, te da otras posibilidades. De cualquier forma, el formativo es un hueco y bien profundo en el trabajo del artista boliviano.

¿Somos competitivos? ¿Cuántos artistas salen de nuestras fronteras? ¿Cómo nos ven? ¿Cuál es nuestro diálogo con otros artistas? ¿Cuál es nuestro aporte artístico? ¿Qué teatro hacemos? ¿Hacemos arte? ¿Hay una identidad propia? ¿Cómo creamos? ¿Por qué lo hacemos?… 

Un paréntesis. En 2012 el Ministerio de Culturas creó el Registro Único Plurinacional de Artistas, al parecer hasta 2018 registraron a más de 12.000 artistas a nivel nacional. Cuántos de ellos se habrán registrado por creer que evitarían el pago de impuestos, cuántos porque es un requisito para pagos de instituciones públicas, cuántos por la esperanza de que en un futuro servirá para contar con algún beneficio social, cuántos lo habrán hecho simplemente porque podían…, pero la intriga superior a todas es sinceramente ¿cuántos son artistas? ¿Cuántos hacen arte? ¿Cómo legitimó eso el Ministerio? Cierro paréntesis.

Evidentemente, a este punto hay más preguntas que respuestas.  Y está bien.

Es ese marco, lo más sensato que podemos hacer –hoy, más que nunca– es cuestionar nuestro propio trabajo.  Es un ejercicio difícil porque implica sacrificar –entre otras cosas– nuestro ego, superar el fanatismo hacia nosotros mismos.  

Debería ser un ejercicio diario. 

Una fabulosa manera de empezar es aceptar que no lo sabemos todo, que no existen verdades absolutas y que estamos en permanente formación/construcción.  Por eso, los espacios formativos pasan de ser necesarios, a ser urgentes; deben poner a las y los creadores en crisis, pero no sólo en relación con  sus lenguajes, conceptos, impulsos o dramaturgia, más bien a su ser artista, a su poiesis en general.  

Tal vez estas reflexiones corresponden a un nublado día paceño, pero son principalmente el resultado de varios años de trabajo, que desde la gestión, la producción, desde la creación, en grupo o independiente, en coproducción, con o sin apoyo me hago (antes de botar la toalla). ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué nos estamos haciendo? 

Hoy, más que nunca deberíamos tener la claridad de pensar antes de hacer las cosas y de pensar las cosas que hacemos. De entender a qué respondemos: a proyectos de la cooperación, a convocatorias, a premios, a nuestro ego no más, ¿a qué? Todos deberíamos preguntarnos, sin importar el género, el estilo, la estética, el lenguaje, ¿cuál es nuestro aporte artístico? (Tal vez así también el público responda y no tengamos la necesidad de “convencerlo” para ir a ver teatro, tal vez iría con gusto a ver una obra de teatro que sea una obra de arte).

Y ahí estamos (sin botar la toalla), haciéndonos cargo de nuestras preguntas y planteándonos posibles respuestas. Sintiendo que las cosas pueden estar mejor, impulsando y ejecutando proyectos que responden a nuestros cuestionamientos, evaluando, redirigiendo, apostando, porque tal vez somos algo parecido a Tiwanaku, ese sorprendente lugar que aún no descubrimos del todo, ese lugar nueve veces más grande de lo que ahora conocemos.

 

 

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