Contante y sonante

Hay de todo en esta villa

Los intocables de antes serán siempre los intocables de hoy; quienes otrora fueron hambrientos, hoy lo siguen siendo...
domingo, 06 de octubre de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Quienes fueron una temporada sendas gentes postradas ante la furia y el pechito inflado de las charreteras o de los perfumados ternos de alcaldes y gobernantes de las consabidas tendencias del progreso, de las artes pulcras y fofas, de las pieles blanquecinas, hoy por hoy, con vestiduras de cosmovisión incaica y adláteres, engordan cuentas familiares, llenan de éxitos prepagados y prelavados las prensas, los noticiarios, andan revolucionariamente repartiendo lisonjas, despotricando desde impecables dispositivos imperiales, contra algunos imperios,  contra otros no. 

Miran con indudable desprecio a sus considerados menos y tan pongos. Cuando entran a un cuarto con cinco escritorios esperan que cada habitante se postre y de rodillas salude al funcionario que no se pretende funcionario sino más bien un elegido por el dios de turno. Pero todo esto no se sabe. No se pregunta, no se averigua, no se indaga. No importa. Los intocables de antes serán siempre los intocables de hoy. No se dice nada, no se sospecha. Se acepta, se acata, se asume. Los funcionarios de las artes, los que fueron una temporada agachados ante el orden, la paz y el trabajo, hoy son agachados ante las imposturas, reales y simbólicas.

Quienes otrora fueron hambrientos, hoy lo siguen siendo. Hambrientos desde la médula, absorbidos por la sequedad de los suelos desechados y por todas las grietas del mundo, de las pieles, de los muros, de los discursos, del viento gélido, de todos los fuegos. Quienes fueron mutilados de palabra, cortados por la mitad y arrancados del porvenir, hoy lo siguen siendo, silenciados, asustados, perseguidos por las sombras nunca estacionarias.

Quienes tuvieron prendas sin bolsillos porque no los necesitaron ni antes ni ahora, son las gentes invisibles, mudas, siempre listas para su uso conveniente, inmediato y figurado. Son una metáfora fallida de la existencia sin propósito alguno.

Quienes proclaman las desventuras divinas y los milagros, quienes exprimen a sus ingenuas hordas de convulsionados en la expresión más representada y perfecta del teatro universal, adquieren cada día una suntuaria redención con la que van a engordar la almohada protectora. 

Quienes hablan casi en latín, casi en español, casi en humano y desvisten con la mirada a las infancias del mundo, suben las manos ofrendando a las estrellas un vino dulce de los que sirven para elaborar tortas y tortitas, saben que sirven para nada más que para retardar la inminencia de su desastre. No serán las iglesias con sus muros y sus torres y sus altares y sus perfectas naves y su reverberación mágica las que deban arder sin cesar. Son los hombres de morado, el hombre pop de los banquetes en la casa rosada.

Y esos gordos con uniforme de Carnaval, esos que tienen derecho al misterio, que no tienen edad, que difuminan las calles a su paso, esos de quienes nadie sabe su utilidad, de quienes el resto de los humanos de estas tierras se pregunta qué hacen en sus días laborales. Se levantan, se calzan el uniforme, se acomodan la prominente barriga, salen, se montan en un lujoso cuatro por cuatro, escupen a la vereda y al chofer, cierran las ventanas ahumadas, no leen nada, no saben. 

Llegan a una oficina, a dos, a tres, se sientan frente a un escritorio reluciente y… silencio, la nada ha llegado. ¿Qué hacen?, ¿sacan brillo a una puntabola?, ¿observan con meridiana distancia la trayectoria de una mosca agonizando?, ¿toman en serio el asunto ése de respirar y desrespirar para saberse vivos? 

No se sabe a ciencia cierta qué es lo que hacen. Debe haber algo, algo que justifique su ir y venir, más allá de cuidar con afanoso esmero al poder de turno a cambio de mantener los misterios forrados de bienes, de dádivas, de promesas y de retretas y de retretes de oro simulado.

Y las que fueron muchachas de abril, las que lucieron trajes de piel propia y tuvieron que aguantar un golpe, dos, cientos. Las que pidieron sin voz ser escuchadas a través del muro más espeso que las separa de la vida, las que con una paciencia desconocida se enfrentaron a las caídas y a las ruturas y a los traslados. 

Esas que fueron degolladas y no lo supieron, que fueron y son antojo y antojadizas, las que creyeron que estaban eligiendo y fueron escogidas para el abandono, desde el propio abandono. Las que por gusto de una noche fueron gusto de otra noche que dura como dura un destello. Las que no tuvieron nada rosado, nada de orito, nada de importación directa. Esas, las que se dan como si fuera siempre importante, las que no mueren aún después de muertas.

 

 

Confidencial

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