Mi corazón será siempre como una nube (con abejas)

“Fue ese día, cuando brillaron las estrellas, cuando ya no podría dejar de pensar en otra persona que no fueras tú”.
domingo, 10 de noviembre de 2019 · 00:00

Cuando salga de aquella habitación todo acabará. Acabará, por ejemplo, mi sonrisa pequeña de dientes blancos. Se extinguirán mis brazos cruzados y también mi corbata negra y la camisa blanca. Llegará a su final, de igual manera, el saco de mi terno arrugado y mil veces planchado debajo de mi colchón. Y así se irán mis pantalones sin planchar con cientos de pliegues: mis zapatos, llenos de tierra, también se evaporarán y con ellos, Abejita, tu verdadero nombre: el que el fotógrafo dijo para que voltearas a esa cámara que nos retrató un martes 18 de octubre de 1975. 

El día, la fecha, el mes y el año en que yo y mi corazón como un ave nos enteramos que pronto serás un vientre azul. 

Pero antes de que esta fotografía ocurra, antes de que el destino, antes de que el llamado de la tribu, mucho antes de que la bienvenida se lleve a efecto, yo, el de los brazos cruzados, me seguiré levantando todas las mañanas en ese cuartito de la avenida Villazón: el cuartito de adobe y ventanitas así, el cuartito de vidrios llenos de polvo y que cobijan una lata vacía de leche Klim donde yo (el de las abejas en el corazón) guardaba papelitos escritos donde te escribía cartitas de amor como la siguiente: Abejita, procura hacer mucho ruido para que nadie se atreva a ningunearte. O bien: la soledad es un rumor de aguas frías que caen solo por las mañanas, Abeja. Recuerda. Esas u otras cosas medio tontolinas e incompresibles que un señor llamado Cachancho (que era mi amigo) decía que les gustaban a las chicas. 

Esas que escribía yo, Abejilla, antes de enterarme gracias a la soplona de tu hermana que iba a ser tía: esa señora que está frente a ti, la que te mira y la que, por lo tanto me obvia, Teresita Romecín Campos, es decir, tu hermana querida. 

La otra señora en medio de esa fiesta a la que nunca debería haber ido, si no por vergüenza, por lo menos por mis convicciones antifiesteras y lúgubres, pero qué quieres que haga, Abeja, ahí estaba yo siendo presentado por el dueño de casa como la joven promesa del canto boliviano: aunque las únicas canciones que me sabía, que te sabías de memoria, eran las del buen Emmanuel: “…pero ven con el alma desnuda  / con la pura verdad en los labios  / no te olvides que no hay más plazos / esta vez o te quedas o te vas”. 

Claro que el sonriente muchacho ya te había visto antes, Abeja. ¿Te acuerdas cuando todo misterio y corona de luz te veía subir al micro 2 con tu hermana y tu mamacita? ¿Te acuerdas, Abeja de Luz, cómo para llamar tu atención me hice dar un ataque de asma y tú como si vieras llover? 

Fue ese día, cuando brillaron las estrellas, cuando ya no podría dejar de pensar en otra persona que no fueras tú: el día en que me convertí en el señor que casi se muere en el micro 2 por toser como loco. El día en que me dije la seguiré apenas se olvide de mí. Y al día siguiente ya sabía dónde vivías y que estudiabas para doctora o algo así y que tu hermana odiaba a los hombres (por un desafortunado hecho del pasado), que tu mamá usaba crema Lechuga y que tu papá era inexistente y que me conocía por ser un joven cantautor boliviano que tenía la voz igualita a la de Emmanuel.

Ese joven, pues, era yo. 

Ese joven que muy que pronto iba a abandonar el salón de fiestas con una sonrisa para volver a mi habitación a ver el techo y a decirme que mejor, mejor saber la verdad ahora y no más adelante, cuando tú decidieras salir a pasear con la wawa a la plaza Abaroa, a sacarle una foto en los juegos amarillos que hay ahí y que vaya uno a saber por qué perviven hasta ahora que ha pasado tanto tiempo.

Mejor enterarme ahora, me mentiré en mi habitación, y no más adelante, cuando por ser tan volátil y tan lejano e invisible me preguntaré y qué del papá de esa wawita, Abeja. 

 Tal vez un joven como yo. Tal vez un cantante con todas las letras como yo. Un Emmanuel boliviano, me refiero, tal vez mejor que un Emmanuel boliviano: alguien que prefiero obviar de esta historia fotográfica y que prefiero cerrar con un puñado de caballos comiendo allá en mi casa de cuando era niño: donde no hay caminos luminosos, sino todo lo contrario.

 

 

Confidencial

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