Prometeo en llamas

Daybreak: es hora de crecer y formar tu propia sociedad

La nueva serie de Netflix, creada y escrita por Aron Eli Coleite, narra la historia de un grupo de adolescentes viviendo en un mundo postapocalíptico.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:00

¡Qué días de m*erda! Supongo que todos lo dijimos en algún momento de estas semanas, cuando salíamos de nuestras casas para que nos gasifiquen en alguno de los muchos cabildos que tuvimos, o nos asentábamos en alguno de los puntos de bloqueo, o los esquivábamos para llegar hasta los desubicados trabajos que amenazaban con descontarnos dinero si no estábamos ahí, tal como si nada pasara. Sí, qué días de m*erda. Y en medio de tantas horas de incertidumbre, tantos discursos llenos de mentiras, noticieros que no se animaban a decir la verdad, etcétera, etcétera, había momentos en que sólo quedaba olvidarse de todo por un rato.

Así fue que descubrí Daybreakers, la nueva serie de Netflix, creada y escrita por Aron Eli Coleite, que narra la historia de un grupo de adolescentes viviendo en un mundo postapocalíptico que mezcla los mejores elementos de las películas de zombis y las películas distópicas, particularmente Mad Max, dándoles un toque cursi, adolescente y exagerado. Una serie que, extrañamente, me hizo pensar en nuestro país y su actual situación, no sólo por el escenario postapocalíptico, sino por el hecho de que esta serie también narra la historia de cómo diferentes tipos de personalidades/comunidades/identidades se ven obligadas a convivir en un mundo de m*erda.  

Daybreak estructura su mundo postapocalíptico como si fuera una secundaria yanqui. Hay una tribu de deportistas, hay otra de porristas, otra de gamers y así sucesivamente, tratando de abarcar a varias identidades dentro de un mundo adolescente (casi) sin adultos. En el proceso exagera estereotipos, sí, pero al hacerlo nos facilita el diálogo entre esa amplia gama de identidades. Y si bien esta primera temporada se limita a unas cuantas, la simpleza de este tratamiento invita a que podamos ver más de este tipo de encuentros, con todas las complejidades sociales implícitas, y podemos reír mientras ampliamos nuestras perspectivas acerca de cómo son los miembros que viven en una sociedad moderna. 

Suena profundo y complejo, pero lo cierto es que Daybreak nunca se complica. Tanto su trama como su estilo se mantienen sencillos para no perder ese espacio de simpleza que necesita la cursilería. Es, después de todo, una serie sobre crecer, sólo que esta intenta darle un eje sociológico casi casual, muy moderno, donde todos los discursos identitarios ya han sido normalizados. En un mundo donde los adultos se convirtieron en seres autómatas que repiten frases que suenan a excusas –de esas que uno pone para no actuar, para no salir, para no reciclar–, la responsabilidad (el poder) está en los jóvenes. Y, pese a lo cursi, verlos asumir ese reto es algo que hace que la serie sea interesante.     

Pero lo mejor de esta serie no es su historia y los profundos giros que esta llega a tener, sino su estilo. Si Daybreak es algo, eso es metaficcional. Descendiente directa de Ferris Bueller day off, hija espiritual de la genial serie Community, concebida a la luz del éxito de su prima Deadpool, Daybreak está llena de personajes que rompen la cuarta pared, narradores que discuten con los protagonistas y constantes referencias a grandes películas, series, músicos, juegos, etcétera, etcétera, que la hacen una delicia para esta época tan atenta a las referencias culturales (los easter eggs, como les dicen) y en la que entendemos mejor un chiste cuando hace referencia a otro.  

Ante todo, Daybreak es un juego que a ratos puede sentirse muy forzado, pero que nunca deja de ser divertido o refrescante. Estoy hablándoles de una serie que no tiene miedo a dejar mudos a sus personajes, a hacernos leer textos sobreimpresos, que tiene momentos musicales a lo X Factor y montajes animados con dibujos al mejor estilo japonés medieval. Es una serie que intenta ser siempre chistosita, lo cual puede restarle varios puntos, pero que por lo menos te arranca una sonrisa y no te complica los pensamientos, pese a que deja ideas bien complejas dentro de ti. 

Daybreak no es perfecta y creo que hasta podría decirse que muchas veces peca de banal, o mal actuada, pero si algo se puede admirar es que sólo con su estilo logra siempre mantenerse fiel a su esencia. Y que gracias a esta esencia sea más sencillo para nosotros aceptar la onda de cada personaje que habla directamente con su público, exponiendo sus perspectivas y poniéndose en juego en los términos de la trama. 

Y quizás nosotros necesitamos un poco de eso. No sólo estar más involucrados con este mundo que estamos heredando de las manos de un montón de viejos zombis, sino también tener algo que nos ayude a mirar diferentes perspectivas, comprendiéndolas, interiorizándolas, para que la sociedad que nos toque formar mañana –cuando todo esto haya pasado– no esté tan dividida por nuestras diferencias.

En resumen, Daybreak es una serie muy divertida y ligera que explora cómo un grupo de adolescentes estructurarían una sociedad moderna, valiéndose de refrescantes recursos metaficcionales, una trama entrañable pese a ser cursi y que nos puede dar una valiosa lección de cómo vivir en un mundo dividido, probablemente parecido al país que nos espera.

 

 

Confidencial

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