Notas para romperse una pata

La última horquilla de Teatro La Cueva

Es el potente diálogo ente Cicí y Lelé sobre el pasado, sobre hoy, sobre qué podrá pasar. Es la conversación entre memorias.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya  Literata e investigadora teatral

Todas sabemos bien que la maraña de pelos que tenemos se puede controlar. Algunas lo hacen con productos inflamables, otras lo hacemos con horquillas. Buenas, invisibles y baratas. Pero a veces pinchan, a veces creemos que nos sacamos todas y siempre queda una. A veces se pierden, o se caen y te desbaratan el peinado, a veces mantienen todo en su lugar y por lo tanto nos sentimos bonitas. Y nunca lo había pensado, pero qué gran metáfora para la memoria. La horquilla, pegada al cabello, molesta, aprieta, pincha, nos gusta y nos hace sentir bien. Y, si la tienes mucho tiempo agarrada a tu cabeza, eventualmente se cae, así como los recuerdos que paulatinamente se van. 

La última horquilla fue estrenada el 4 de octubre en el Teatro Doña Albina. Es una experiencia tierna y a la vez intensa. Es el potente diálogo ente Cicí y Lelé sobre el pasado, sobre hoy, sobre qué podrá pasar. Es la conversación entre memorias, las referencias de un acontecimiento y los cambios que le hacemos a cada recuerdo. Hay una interesante mención a Esperando a Godot de Samuel Beckett que no es gratuita. En primer lugar, porque los diálogos me recuerdan un poco a los diálogos de Godot, y otros más del teatro del absurdo, que parecen que no nos llevan a ningún lado, pero es cuando entendemos que la verdadera tragedia humana es que no podemos comunicarnos y nunca comprenderemos al otro. Insisto, no es casual porque mientras Vladimir (Didí) y Estragón (Gogó) nos muestran la absurdidad de esperar, de vivir (pese a que aun así hay que seguir viviendo), Cicí y Lelé nos demuestran que recordar también es absurdo. ¿Para qué recordar? 

Aunque igual hay que hacerlo para intentar entendernos como seres humanos. Y así como Estragón le insiste constantemente a Vladimir para irse, y este último pide quedarse, igual Lelé insiste en recordar (ya que ella es el recuerdo constante de la gran tragedia familiar) y Cicí se resiste en un principio. Y mientras tanto sigo preguntándome, con estos elementos del teatro del absurdo y beckettiano, ¿es absurdo recordar? ¿Es necesario? ¿Nos identifica? ¿O nos destruye? Las horquillas, ¿las mantenemos para sentirnos bien con el peinado, o nos la sacamos porque pinchan? Hay una memoria que insiste en no irse hasta esclarecerse, para luego enterrarse como un deslizamiento. 

La tremenda actuación de Alejandra Quiroz y Cintia Cortez nos representó la gran sintonía y coordinación que tenemos con nuestras propias memorias. Nosotros sabremos cuándo recordarlas y por qué recordarlas. Estos dos personajes son parte de un mismo proceso, y esto se entiende desde la coreografía de los movimientos hasta el vestuario donde ellas tenían la misma silueta pero tonos similares y diferentes colores, porque al final son dos entes separados. Hay algo que llama muchísimo la atención: la escenografía, que está hecha de todo el algodón de todas las farmacias del país en un solo escenario. Nubes. Tal vez representa el hecho de “estar en las nubes”, o está para mostrarnos esa “nebulosa” que es la memoria y el estado en el que estaban los recuerdos de Cicí.

 Pero lo que me interesa es el efecto sonoro que tenía esta escenografía. A cada paso de pie descalzo de las actrices, provocaba cierto estruendo, como el de una nube que está cargando una tormenta. Al fin y al cabo, develar un recuerdo también significa una tormenta emocional sin comparación. Las nubes –que a veces no se escuchaban, o solo sonaban un poco, o tronaban notoriamente–, el sonido de estas nubes estaba siempre coordinado con el diseño de luz y la banda sonora. Porque la memoria es así: la hacemos coordinar con nuestro propio ambiente y nuestra propia conciencia, o la rechazamos. Pero creo que esta obra se trata de por qué la mantenemos. 

La última horquilla es una obra que nos llama a dialogar con nuestra propia memoria. Es una obra que nos invita a entender por qué recordamos. Nos convoca a explicar nuestra propia fragilidad. Por eso es que es tan tierna, porque como espectadores nos evoca a nuestra propia niñez, cómo una memoria que pudo haber sido trágica se tiñe con colores infantiles, y cómo cuando crecemos hacemos de todo para convertir ese lenguaje pueril en olvido, y al final nos ayuda a hacer las paces con nuestro pasado.  
Ficha técnica: 

  • Dramaturgia y dirección  Darío Torres Urquidi.
  • Reparto  Alejandra Quiroz y Cintia Cortez.
  • Música  Quimbando (Marcelo Arias, Mauricio Canedo, Arpad Debreczeni). 
  • Producción musical José Carlos Auza.
  • Escenografía  Gonzalo Callejas.
  • Fotografía  Vassil Anastasov.
  • Diseño de luces  Miguelángel Estellanos.
  • Diseño Gráfico  Daniela Peterito Salas.
  • Diseño de Vestuario:   Nayana Patón.
  • Colaboración:  Kike Gorena.
  • Diseño gráfico para redes  Daniel Moreno.
  • Producción  Teatro La Cueva.
  • Agradecimientos  Tatiana Ortubé.

Confidencial

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