Ensayo

Sobre la estética y el arte

¿Cuáles son los motivos por los que el arte, desde su forma y su fondo, fue trastocándose hasta convertirse en una masa maleable según el humor del creador?
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:00

Ignacio Vera de Rada Escritor

¿Por qué somos profetas de las proporciones perfectas? ¿Por qué el número, la simetría, la proporción y la medida generan deleite en los gustos educados, y aun en los que no tienen instrucción? ¿Por qué creemos en una ley irrebatible que debe gobernar la pintura, la escultura, la música, la literatura? ¿Por qué el denominado arte clásico o consagrado ha llegado a ser eso mismo, vale decir, a consagrarse para todos los tiempos y lugares y ser clásico? ¿Por qué la vanguardia, en el amplio sentido del término, no apunta verdaderamente a la belleza sino a otro tipo de fines como la reivindicación o la denuncia, que no son en verdad los fines esenciales del arte?

No necesitamos revisar un voluminoso tratado de estética, como los que escribió Alexander Gottlieb Baumgarten o Immanuel Kant, para darnos cuenta de los factores que hacen que los seres humanos nos deleitemos en espíritu (y aun en cuerpo) con la contemplación de una creación que se rige según los parámetros de la matemática y las proporciones. Lo sabemos con el simple ejercicio de la autopercepción sensorial, ni siquiera psicológica. Los sentidos, pues, se deleitan con las cosas que tienen las proporciones correctas, según palabras de Santo Tomás de Aquino. Esto está ligado con una génesis primigenia, o un gobierno estético-natural que también se presenta ante nuestros ojos en el universo, pues el mundo es matemático, desde una concha de nautilus hasta la disposición de los brazos de nuestra galaxia. Ambas cosas siguen la denominada espiral logarítmica.

No vamos a hablar del concepto matemático ni mucho menos de los números que gobiernan esas disposiciones perfectas hechas por Dios, pero sí de la aplicación de ese gobierno en el arte más genial de todos los tiempos y de por qué ese canon artístico, o esa disciplina, ha generado y genera todavía una atracción y un deleite tan supremos en nosotros, la humanidad.

Ciertamente hay artistas y artistas, pintores y pintores… Y no podemos comparar a uno que estudió las matemáticas, la óptica y la naturaleza para crear su arte con otro que no lo hizo y solamente inventa cuadros o esculturas según su impulso del momento. Aquél impuso los más altos estándares de estética que hasta ahora se conocen, que van en armonía con los de los antiguos y que generan el deleite del espíritu y el cuerpo como no lo hace ningún otro arte que no sigue sus parámetros. Toda creación que se rige por estos estándares persigue la Belleza, que es el fin más alto –o el único– del arte.

¿Por qué las formas artísticas fueron variando tanto con el paso del tiempo? ¿Cuáles son los motivos por los que el arte, desde su forma y su fondo, fue trastocándose hasta convertirse en una masa maleable según el humor del creador? ¿Por qué con los años fue incrementándose el número de artistas y reduciéndose la calidad del arte? En general, lo que ocurrió fue que éste fue gradualmente siendo utilizado como un vehículo de reivindicación y protesta sociales. 

Es inimaginable pensar que en el Renacimiento, por ejemplo, cuando se hacía honor y alegoría de la naturaleza y la belleza del cuerpo humano, se hubiera hecho un cuadro con contenido social de reproche o un poema sin rima ni métrica cuya finalidad hubiese sido la acusación o el llamado hacia el socialismo, como sí se hizo, y en cantidades ingentes, en el siglo XX. El siglo XX introdujo una serie de variantes y cuestionamientos porque fue el siglo de las polarizaciones, las ideologías cerradas, los fanatismos y las grandes revoluciones científicas, que originaron relativización no solamente en el campo de las ciencias naturales, sino además en el de la moral, la ética, los valores tradicionales y, sin duda, en el del arte.

Pero más allá de lo que se pueda decir en favor del concepto o el sentido de las obras de arte moderno, preguntémonos: ¿se podría comparar –hablando solamente de la forma– esa roca inmensa y blanca labrada prolífica y milimétricamente por Miguel Ángel que es el David con, por ejemplo, una instalación de arte urbano o, mucho peor, con una roca amorfa y bruta puesta detrás de un vitral en el Museo de Arte de Los Ángeles?

El punto de partida para la explicación de este trastrocamiento está en la relativización de ciertos valores o conceptos que son absolutos, como la Verdad, la Ética, la Justicia, el Amor y la Belleza… A lo largo de la historia, muchos movimientos se rebelaron contra el absoluto, como los impresionistas, los modernistas o los futuristas; decía ellos una frase que acaso explica el porqué del socavamiento de todo patrón estético: «La belleza está en el ojo del espectador»; es decir, que la belleza ya no estaba en la obra sino en el criterio de quien la observaba. 

Ahora bien, no creamos que todo ese arte, desde el comienzo, fue execrable. Los primeros revolucionarios aún mantenían ciertos rigores, como Monet o Renoir, sin embargo, a medida que pasó el tiempo, sí se fue degenerando, hasta ser una expresión libertina y hasta morbosa. Baste mencionar obras que se hacen con estiércol de vaca o con retretes expuestos en las calles. El historiador y erudito del arte Jakob Rosenberg escribió a mediados del siglo XX: “La calidad en arte no es meramente un asunto de opinión personal, sino una alta disciplina objetivamente trazable”. La culpa de este trastrocamiento no sólo la tienen los artistas insurgentes, sino también la comunidad artística en su integridad, entre propietarios de museos y galerías, críticos, y reseñistas de arte.

No sólo las técnicas y las formas del arte han ido simplificándose, haciéndose menos exigentes y más burdas, sino también el fondo del mismo, pues antes se representaba el universo, la naturaleza, la religión, la esencia psicológica (buena y mala) del hombre, la historia y la belleza del cuerpo femenino, pero el arte moderno esculpe figuras carentes de sentido, y pinta obscenidades, haciendo de la creación una tribuna de opinión como lo es una columna periodística. El graffiti y la sátira son ejemplos de esto. Ahora bien, el arte de antes también tenía un componente subjetivo del autor, pero nunca a costa del sacrificio de la excelencia visual o sonora de su obra.

El arte clásico no murió ni morirá, pero sí seguirá existiendo una confrontación a ese arte absoluto que le rinde el más glorioso voto de honor a la Belleza. Lo extraño es que ahora, en nuestro mundo del siglo XXI, el arte clásico y matemático está estigmatizado como conservador, retrógrado, opresor, elitista, marginador y hasta ridículo.

La pregunta que puede zanjar el fondo del asunto de este ensayo creo que sería la siguiente: ¿Cómo medimos finalmente, de forma objetiva e irrefutable, la calidad del arte? Como cualquier disciplina en la que intervienen la capacidad y la destreza, el arte debe ser evaluado y medido por profesionales o entendidos, que tienen insumos de valoración, y no por cualquier persona, a pesar de que, como dijimos al comienzo, el arte clásico produce ya de por sí, por un asunto de estímulo natural en nuestros sentidos, goce y deleite.

Yo no me subordino a la tendencia ni consumo ese tipo de arte que rompe todo orden. Una forma de reivindicar lo excelso es, dado que la industria del arte es, como todo negocio, un mercado de oferta y demanda, dejar de comprar cuadros exóticos o esculturas carentes de sentido. Otra puede ser expresar nuestras ideas y creencias en torno al asunto sin temor, como lo hago en este texto.

No todas las revoluciones son buenas. En la historia, a veces el statu quo es el mejor estado por la simple razón de que no todo está destinado a evolucionar para ser más bello o más excelso.

 

 

Confidencial

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