Contante y sonante

Vas a entrar sin avisar

Ni consignas salidas de un anaquel de hace doscientos cincuenta años. Vas a sentarte y al fin, después de pedir, te vas a llevar al habitante, señora muerte.
domingo, 03 de noviembre de 2019 · 00:00

Óscar García  Músico y poeta

Vas a ingresar, por la puerta principal, luciendo un atuendo blanco y otro tan rojo como un clavel puesto en la punta de un cañón en las postrimerías de una llovizna tibia, en Portugal. Vas a estar cargando, en una bolsa de tela, un montón de cositas sin utilidad conocida pero lindas. Hechas a mano con una paciencia que ya hubiera querido tener Penélope. Que ya nadie tiene. Que ni las retamas tienen ahora que deben esperar más tiempo para amarillar. Dentro de esa bolsa también habrá el vino necesario, o blanco o tinto, según la ocasión. Blanco para toda ocasión, tinto también. Para las noches desvalidas, para los días silenciosos, internos, estropeados o no. Para los días sin mayor temperatura que la interna, la que manda la sangre, la que se auto organiza desde cada punto energético en la médula y en los nervios. En la corriente de la sangre. Para los días y las noches de sequedad en el corazón, para las inmediatas, las últimas, esas que van a consolidar el aliento último y necesario.

Vas a circular como si el sitio te fuera familiar. Como si cada resquicio tuviera tu firma y un poco de tu aroma. De tus aromas. Vas a escudriñar las grietas como si buscaras en ellas las respuestas a los misterios del mundo. No de todo el mundo en realidad porque eso es mucho pedir. No alcanzaría ni el mismo mundo para responder a tanto misterio. Los cantitos de las hormigas ya son un misterio. Las chullpas son un misterio. 

El silencioso andar de los rateros en las noches, dentro de las casas. Las actividades de las personas que no están son un misterio. ¿Qué será lo que hace una persona lejos, mientras está estacionada en el pensamiento de otra persona? O al revés, ¿qué hacen todas las personas cuando no están cerca? ¿Importa acaso? Y sí. A veces importa. Otras tantas no. Importan las personas a otras personas y eso es lo debiera importar. Importa la salvedad, la salud, una mínima posibilidad de aportar a la felicidad del otro, de la otra, como si fuera un propósito emocional en una vida que no tiene propósito alguno. Vas a rozar las grietas de las paredes y de los techos, sin dedos, sin yemas. Hay otras formas de rozar, de tocar sin tocar. Formas que se aprenden a lo largo de los días si se observa, si se escucha, si hay interés.

Vas a preguntar, más tarde, cosas sobre los sistemas y sus formas insospechadas de establecer relaciones. Esas, todas esas que no son como el pensamiento del Sapiens y ése es precisamente el problema que termina en un absoluto, indiscriminado, grosero, invasivo, uso de las pertenencias del planeta. Sus aguas, sus peces, las plumas de las aves, su vuelo, las capas de la madera y el aire. Todo como la cosa, como la cosa desechable, barata, mínima, hecha en China por lo general. Vas a preguntar dos veces, para asegurar el interés. Vas a esperar alguna respuesta. No la hay todavía, pese a importantes esfuerzos y genuinas preocupaciones de pocas gentes. Las más, tienen ocupaciones importantes como la atención a las subidas y bajadas de la bolsa. De otra bolsa, una más importante seguramente que la bolsa de tela. La bolsa que determina si una sardina llegará a un plato a cambio de tres o de cinco monedas. Las personas que se ocupan de cosas importantes llegan a casa y dicen cosas importantes, comen cosas importantes. Se visten con ropa de importantes marcas, compran importantes cantidades de papel higiénico para traseros importantes. La multitud no les importa. La usan. Siempre fue así. Un meteorito certero podría cambiar el asunto.

Vas a quedarte en silencio para escuchar, no al interior puesto que el silencio se ha apropiado del espacio. Lo ha domesticado. Vas a quedarte en silencio para escuchar la lejanía. Vas a escuchar aunque ya se quisiera que sea pura imaginación, a la multitud pidiendo por que sus días sean buenos, sin imposturas ni disfraces, ni consignas salidas de un anaquel de hace doscientos cincuenta años. Vas a sentarte y al fin, después de pedir, te vas a llevar al habitante, señora muerte.

 

 

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