Movilización

Caminando entre barricadas

Cochabamba, una ciudad pensante, puesta a prueba de sí misma, consigo misma. Ciudad que se defendió sola, llegada la hora de la violencia terrible…
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean Escritor

Caminar es uno de los primeros encuentros, y de por vida, entre el cuerpo y la tierra. Caminar por una  ciudad es entregarse a un laberinto y a una cita, es perderse en la maraña de los otros, sus sombras y reflejos. Caminar por una ciudad llena de barricadas es  cruzar calles que llevan a todas partes y de camino a una comunidad posible.

Armadas las barricadas, es la misma ciudad la que crea su propio interior de insurrección, a diferencia del exterior total que fue siempre la del emboscado, la del que huye del Estado al campo, a la montaña y se refugia lejos. Con las barricadas la ciudad se destierra a sí misma por un momento indefinible en el que suceden los encuentros y se dispersan los brotes de una alegría simple.

Al ir caminando, por la ciudad a un tiempo tendida y destendida, hecha y deshecha, me he cruzado con barricadas grandes, mínimas, feroces, de niños o de guerreros, de viejas felices bajo un árbol copuchando o incendiadas y apretando la valentía, el coraje frente a una ceguera violenta que nos quería cortar el cuello a todos.

Pero andar, ir andando entre las barricadas, las barriadas a veces felices, otras duras y al borde del peligro, tiene algo de una peregrinación, siempre interrupta, siempre frustrada, ansiosa o esperanzada,  hacia una comunidad posible. También es entregarse, cómo no, a una “fantasmagoría del espacio”, como dice Benjamin. 

 Lo complicado de pensar es cómo o porqué esa comunidad llega sí a actualizarse, a hacerse real, por un momento y en un espacio, justamente gracias a y entre medio de las barricadas. 

Puede que, una vez disueltas estas, el sueño de la comunidad, apenas, esbozado, se refugie en lo legal y similares, y vaya entonces disolviéndose… Barricadas o no, ese sueño nos seguirá persiguiendo, y cabe muy bien en estas palabras de  Jean Luc Nancy que dan para pensar:

“La comunidad sin comunidad es un porvenir, en el sentido en que siempre está viniendo, sin parar, al seno de una colectividad (es porque no deja de venir que resiste sin fin a la propia colectividad y al individuo)”.

Caminar entre las barricadas, pues, cuando todo está cerrado y no pasan autos, apenas motos, bicicletas, pero sí peatones, resucita además el acto, el hecho de caminar como práctica de libertad e independencia. Era hora, aprovechando lo que pasaba, iba pasando, de que se tome en serio esto: caminar, aunque parezca poco, es un implícito acto de libertad y soberanía. Es, de hecho, una cotidiana práctica a contracorriente del mundo rodado.

Durante los días y días de barricadas cuadra a cuadra, los horarios desfallecen, las calles pierden su dirección, los amores se animan, las amabilidades se establecen, las conversaciones arden. Y uno se mueve a pie.

Pero ir andando entre las barricadas es ir también, o sobre todo, al encuentro de lo político. Lo político, entendámoslo, no es algo que se limite nada más que  al poder y sus juegos. Lo político, siempre indefinible, está tanto en las acciones o juegos de palabras de los partidos como también, faltaba más, en esa  especie de coscoja, o rayuela en que salta una niña sobre las letras dibujadas, grandes en el asfalto y que dicen: EVO, FUERA. 

Aunque no lo sepa, cada salto de esa niña está altamente investido de política. En días de barricadas, en verdad, cada paso, en una coscoja mayor, salta entre actos o decisiones políticas.

Y caminando, entre barricada y barricada, ¡qué no veía uno! 

Suelto esta anécdota, con su pequeña carga de kitsch pero muy real: Después de una noche terrible, en que grupos de choque pagados, empujados, armados, violentos fueron rechazados,  todas las veces en Cochabamba, y después que llovió ya toda la mañana y ya paró, voy caminando por ahí, veo esto: dos niñitas (12-10 años) que están rehaciendo, reconstruyendo su barricadita, tirando sus cuerdas entre un poste y un árbol de su esquina. Justo cuando paso, escucho que la mamá (supongo) las llama: es hora de almuerzo. Entonces (esto lo vi), una de ellas, impaciente y tajante, poniéndose las manos de altavoces, le responde: ¡Estamos ocupadas!

A ese “estar ocupados” Claude Lefort lo llama, en francés, l’épreuve du politique. La palabra francés épreuve es muy bella y polisémica. Es básicamente “prueba” pero arrastrando su sentido de ser-puesto-a-prueba, confrontado, forzado a asistir a la prueba y con cierta dimensión de cita y encuentro.  

Para Lefort, es más, el pensamiento, si quiere pensar, debe ponerse a l’épreuve de lo político y del acontecimiento.

Pero podríamos decir, también y siguiendo al filósofo-botánico Emannuel Coccia, que el pensamiento no sólo se refugia en el cerebro humano. Hay un pensamiento de las nubes, hay un pensamiento de las plantas… Hay un pensamiento de la ciudad, podríamos decir entonces. Y cuando una ciudad piensa, es cuando se arma de barricadas. 

Y he visto y me consta y así fue esos días: Cochabamba como una ciudad pensante, pensándose a sí misma –y encima pensando bien–. Ciudad puesta a prueba de sí misma, consigo misma. Ciudad que se defendió sola, llegada la hora de la violencia terrible,  y fue sistemáticamente victoriosa, cada vez.

¿Pero quiénes fueron el motor de este gran movimiento, de esta gran revolución que prescinde  de la palabra “revolución”, ya de uso vetusto y fuera de lugar? 

Los protagonistas verdaderos, por todo el país fueron, exagerando algo, chicos menores de 30 años. ¡Y mujeres! Creo que la mayoría (en números hablando) fueron chicas. Y que además estuvieron en las barricadas, con su palo y sin correrse de nada nunca.

Cuando Walter Benjamin hablaba de barricadas (las de 1848 en París), dejó dicho algo que debe despertarnos y acoger más aún, y con cierta esperanza y camino a la alegría de lo que venga: “Cada época no sólo sueña la siguiente, sino que, mientras la sueña, la empuja a despertar.”

 

 

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