Letras

Los errantes de Olga Tokarczuk, en español

Premio Nobel de Literatura, desde el pasado mes de octubre, ha firmado un texto de asombrosa originalidad.
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Ricardo Bellveser  Escritor

El pasado mes de octubre, Mats Malm, secretario perpetuo de la Academia de las Ciencias de Suecia, anunció el fallo de un Premio Nobel de Literatura doble, al autor austro-yugoslavo  Peter Hanke  y a la escritora polaca, nacida en Sulechów en 1962, Olga Tokarczuk. 

Mientras que el primero era un autor sobradamente conocido, ella era, para muchos de nosotros, una gran desconocida, cuyas novelas y libros de cuentos, carecían de traducción al español siendo, como es, una de las mejores escritoras polacas contemporáneas. Aún así, nadie se extrañe de no saber de ella. 

Estas son los principales síntomas de cierta desinformación. No conocíamos a esta autora –al menos yo no la conocía, quiero decir– siendo una escritora en cierto y reducido modo famosa, galardonada con los premios Brueckepreis o Nike, los más prestigiosos de Polonia, así como del Man Booker International Award 2018. Pero, claro, los premios polacos nos vienen muy a trasmano.

Mats Malm la presentó diciendo que la suya se trataba de una obra “de una imaginación narrativa que, con una precisión enciclopédica, simboliza la superación de las fronteras como formas de vida”, explicación que, entonces, me resultó incomprensible.

Gracias al Nobel, ahora sus libros han conocido una bien notable traducción a las principales lenguas cultas, y de este modo los lectores en español tenemos acceso a alguno de sus trabajos más relevantes, como a Los errantes (Editorial Anagrama. Traducción de Agata Orzeszek. Barcelona, 23 de octubre de 2019), que en su promoción se presenta diciendo que se trata de “historias incompletas, cuentos oníricos subsumidos en un libérrimo cuaderno de viaje hecho de excursos, apuntes, narraciones y recuerdos que en muchos casos tienen como tema el viaje mismo”. 

Una autobiografía, pues, que combina diversos géneros, no siempre reconciliables, pero que en este caso armonizan de un modo seductor, del ensayo a la francesa, a la memorabilia, las confesiones, el dietario, el libro ilustrado de viajes, (“no es un libro de viajes. No se describen monumentos ni lugares. No es un diario de viaje ni un reportaje. 

Pretendo mirar más allá de lo que significa viajar, moverse, desplazarse. ¿Qué tiene sentido? ¿Qué nos aporta? ¿Qué significa? O el cuento, para hacer con todo ello una autobiografía, que no elogia el desorden como podría deducirse, por la diversidad de claves literarias, sino la amenidad convertida en una suculenta y apasionante forma de narrar tanto lo que sucede como cómo se siente y se interpreta lo que sucede.

Ella se considera deudora de Cioran y de Jung, de Thomas Mann, de Gogol, de Edgard A. Poe o de Chejov, de los grandes cuentistas rusos y americanos que ha dado la historia de la literatura y que siguen siendo referencias incuestionables. 

Olga Tokarczuk se describe a sí misma diciendo: “No soy grande, tengo un tamaño cómodo y estoy bastante bien hecha. Tengo un estómago pequeño, nada exigente, unos pulmones robustos, una barriga firme y unos brazos fuertemente musculados. No tomo medicamentos ni hormonas, no llevo gafas. Me corto el pelo con una maquinilla, una vez cada tres meses, casi no uso cosméticos”.  (…)

“He hecho una carrera universitaria, pero en realidad no he aprendido ningún oficio, cosa que lamento mucho”, (…). “Lo dicho: no he aprendido ningún oficio y sin embargo, pese a lo que siempre repetían mis padres, he conseguido sobrevivir a los muchos trabajos que he desempeñado por el camino sin nunca tocar fondo”. 

De entre esos trabajos “hice de camarera, de kelly en un hotel de lujo y de niñera. Vendí libros, vendí billetes. Me empleé una temporada en un pequeño teatro como encargada de vestuario y así sobreviví a un largo invierno”. (…)  “Estudié psicología en una sombría gran ciudad comunista, mi facultad ocupaba el edificio que durante la guerra albergó la sede de un destacamento de las SS” (…) “Nunca me sentí a gusto allí; entre los bloques de pisos nuevos y las plazuelas de tres al cuarto siempre soplaba el viento y el aire frío parecía particularmente helado”.

(…)

“No tardé en dar por terminado el ejercicio de mi profesión. En el curso de uno de mis viajes, cuando me quedé sin dinero en una gran ciudad, me puse a escribir un libro. Era un libro de viaje, para ser leído en un tren, como si lo escribiera solo para mí. Un libro-canapé, para engullir de un bocado, sin masticar”. (.…)  

“No estoy arrepentida de haber elegido esta singular ocupación: no habría sido una buena psicóloga. No sabía revelar fotografías familiares desde el cuarto oscuro de los pensamientos ajenos, ni explicarlas. Las confesiones de otros, lo admito con tristeza, a menudo me aburrían”. 

Los errantes es una novela con pocos referentes con los que compararla, es amena, sencilla de comprender, apasionante de seguir, que transmite un hondo sentido de verdad. 

Un autorretrato lírico y honesto, y siempre en marcha tal vez porque, como declara:  “Mi energía es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los motores de avión, el balanceo de los ferrys”, junto a las historias de ficción, como la de Kunicki, que pierde a su mujer y su hijo y los recupera tras una enigmática trapisonda, o el taxidermista doctor Blau, o la historia del corazón de Chopin que apareció en Polonia, escondido en las enaguas de su hermana en un tarro de alcohol, o el flamenco Philip Verheyen, que le escribía cartas a su pierna amputada y disecada…

En esta novela todo está en movimiento, es hija de la inquietud, de la no quietud. Es un alarde de narratividad como hacía mucho, mucho tiempo que no veíamos.

 

 

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