Biografía

Miguel Ángel, héroe de la piedra

Dos biógrafos confluyen, como el estuario de un agua clara, en que el maestro italiano fue de los mejores escultores jamás vistos en el mundo hasta ahora.
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  Escritor

He leído dos biografías de Miguel Ángel Buonarroti, una escrita por el florentino Giovanni Papini (Vida de Miguel Ángel en la vida de su tiempo) y la otra por el marsellés Marcel Brion (Miguel Ángel o la creación). Ambos textos tienen un gran valor. Cada uno posee matices que los hacen únicos. Uno, el de Papini, es más documentado, más nutrido de fuentes, más exhaustivo; el otro, el de Brion, es más literario y hasta poético, como una buena novela cargada de emoción y dramatismo. Los dos autores son grandiosos escritores; Papini tiene una producción prolífica entre cuento, ensayo, apología, crítica y biografía, y está entre los mejores escritores italianos; Brion, por su parte, autor de fama internacional, escribió más de una veintena de biografías de músicos y artistas y llegó a ser nombrado miembro de la Academia Francesa en 1964.

Según ambos biógrafos, Miguel Ángel se creía de sangre imperial. De acuerdo con Brion, estuvo emparentado con los condes de Canossa, una de las mejores familias de la Italia medieval. 

Según el otro escritor, el maestro estuvo ligado con las mejores familias florentinas, pero el apellido Buonarroti no era de sangre noble ni, mucho menos, imperial. Detalles más, detalles menos, en lo que confluye el criterio de ambos biógrafos, como el estuario de un agua clara, es en que Miguel Ángel fue de los mejores escultores jamás vistos en el mundo hasta ahora, rival en gloria de los griegos Fidias o Praxíteles. 

Para nosotros, jamás hubo alguien que dominara la piedra como Miguel Ángel, que la llegara a comprender como él, como si la roca tuviese un espíritu, un carácter, un comportamiento; nadie como él domó el espíritu lapídeo. Fue un héroe de la piedra.

Si Papini habla más de las raíces genealógicas del autor de la Piedad que Brion, acaso por ser también florentino como el biografiado y tener más posibilidades de acceso a fuentes, el marsellés inunda su texto de más imágenes poéticas, de más vuelos literarios, como para que el lector se meta más en lo que fue la poesía de Miguel Ángel, porque lo cierto es que incluso si se toma como poesía su escultura, que la es sin duda, Buonarroti también fue un escritor de versos, nunca publicados, claro que no, pero sí de una profundidad, tristeza y melancolía que nos hacen recordar a un poeta del romanticismo.

En general, entre las dos biografías no hay muchas discrepancias, salvo unas cuantas, pero solamente parciales. Papini y Brion coinciden, por ejemplo, en que Miguel Ángel fue de una personalidad huraña, reservada, esquiva y hasta fría, pero el segundo asevera enfáticamente que por dentro era muy humano, sensible e incluso muy noble. Y la verdad es que un artista o un científico, por muy misántropa que pueda ser vista su personalidad desde fuera, deben conllevar un alto componente sensible y humano por dentro para ser capaces de ejecutar creaciones del calibre de los grandes. Einstein, por ejemplo, fue un solitario pero embebido de un amor único por la humanidad.

Luchador ante todo, Miguel Ángel se enfrentó ante problemas de orden espiritual y físico. Encaró de frente los dilemas de la vida, del amor, de la muerte, del destino y de la divinidad. También miró de frente a los inmensos bloques blancos, a las piedras que guardaban por dentro obras sinigual, a los gigantes de mármol que salían de las canteras como las ninfas griegas de los antros sagrados, y se preguntaba cómo debía comenzar a desbastarlos para descubrir a los seres a los cuales daría vida.

Sí, porque Miguel Ángel creyó siempre que sus creaciones eran fruto de quitar partes de la materia y no resultado de la acumulación de elementos o la añadidura de partes. Fue solitario por necesidad, porque no quería que nadie le viera mientras penaba, gemía, suspiraba y hasta lloraba al momento de golpear el cincel con el mazo, en su eterno cuerpo a cuerpo con la piedra rebelde. 

En realidad, es un diálogo con el mármol. De cuerpo enjuto y de feo rostro por un golpe que le dieron en la nariz de joven, el maestro de la piedra fue hermoso de espíritu. Se enfrentó a la estupidez y la vileza de los hombres que le envidiaban. Riñó en polémicas y sintió celos, como todo humano, pero dentro de sí llevó la semilla de la Belleza y, por tanto, de la bondad.

Uno de los episodios más singulares referidos por ambos biógrafos es el siguiente: en uno de esos encuentros semejante a cuando astros como Goethe y Beethoven se encuentran, Miguel Ángel se topa con Leonardo da Vinci en una calle y se desacreditan, pues ambos se tenían envidias referidas a quién tenía mayor talento y más favores de los mecenas. 

También tuvo encuentros de reojo con Rafael, a quien seguía un enjambre de aprendices jóvenes y simpáticos.

Su desarrollo intelectual, como el viaje de un explorador, es apasionante. De una adolescencia y una juventud obsesionadas con el paganismo grecolatino pasa a una madurez y una vejez religiosas próximas al ascetismo. Su obra, así, primero representa a dioses míticos y luego al Dios cristiano. Su obra en sí es la narrativa del credo cristiano. El Juicio Final bien puede ser una analogía de la Divina Comedia de Dante, dada en forma de pintura.

Amó. Amó a una mujer, quizá no de forma carnal pero sí espiritual. Algo como lo que sucedió entre Goethe y Charlotte von Stein. Se llamaba Vittoria Colonna, y se escribían poemas mutuamente.

Ha amado apasionadamente la juventud. Y es quizá ese amor el que lo lleva a ser todavía un hombre enérgico en la vejez: llega a la longevidad con un cuerpo fuerte, las manos callosas, los ojos pardos aún brillantes. Tiene en su cabeza, como Leonardo da Vinci en la suya al momento de morir, mil obras entre inconclusas y nunca comenzadas, muchos proyectos que hubiese querido emprender, y otros tantos concluidos que hubiese gustado apreciar con más calma; tantos sueños insatisfechos lleva por dentro… quisiera vivir más, pero ha cumplido su destino. 

Es ya dueño de un mundo, ha esculpido un imperio, mayor que el de cualquier Papa o monarca de ésos para los cuales trabajó toda su vida. Un imperio sempiterno y que quedará para las generaciones venideras: el de la Belleza y el ideal. Espera con estoicismo y a hasta con felicidad el final, pues la muerte es una certeza, no una desesperación; su pensamiento de que la vida no puede existir más que en función de la muerte, de que toda vida contiene su muerte y la prepara, es firme. 

Morir no es más que un medio de llegar a una verdad superior, a la que la vida no hace más que acercarse de un modo imperfecto o inconcluso. No le asusta la vejez, la ve como un remanso de reposo donde se liberan las angustias del alma, tampoco le asusta la muerte, nunca le temió. Sabe que en el hombre hay algo que sobrevive a la descomposición del cuerpo: el alma cristiana. El viejo luchador espera su última victoria: el triunfo sobre el olvido y la conquista de la gloria.