Contante y sonante

Poco antes de salir

Las gentes, y las cosas, no son necesariamente como se cree que se ven. Ni siquiera el reflejo debe ser real, en un espejo...
domingo, 01 de diciembre de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Cuando a la hora de los focos encendidos, de las velas, se muestran las cosas, los muebles, los cuadros retirados, esparcidos por el piso como si un nuevo orden se hubiera instaurado, es tiempo de levantar el cuerpo y en la mejor actitud de salir para entrar, caminar. Porque se camina, la mayor parte de las veces, con un propósito. Se va hacia alguna parte, a hacer alguna cosa. Casi siempre puesto que hay ocasiones en las que se camina sin dirección ni apuro. A tientas, silbando una melodía blindada. 

Es tiempo de alzar las monedas, elegir de entre las fotos viejas, esas que están estampadas en papel, las que narren unas historias que en la memoria quedaron empañadas por las lluvias o por los metros de tierra que pone encima la necesidad del olvido. Elegir las que incitan a la sonrisa, no a la mueca. 

Elegir las más duras, las que enseñaron siempre a ver que siempre puede ser peor. Las que muestren heridas, incendios en medio de la nada, tormentas al interior de los retratos. Un parque detenido, solitario, montado como para un escenario por el que pasarán, fingiendo ser verdad, las palabras tedio, amor, lealtad, paz, temblor.

Cuando a la hora de animarse por fin a desempolvar las repisas salgan a defender su territorio como si de una batalla en la antigua Grecia se tratase, las arañas, habría que cuidar de no dañar su integridad. Son como la testificación del abandono. Como la hiedra de los muros sin interior. Parece que no miraran pero observan con tantos ojos que quién sabe qué es lo que ven. 

Las gentes, y las cosas, no son necesariamente como se cree que se ven. Ni siquiera el reflejo debe ser real, en un espejo. Ni lo que se ve ni lo que se escucha debe ser, para cada quien, una percepción unificada. Pero hay, por supuesto, un esfuerzo de siglos para lograr que se vea lo mismo, que se escuche lo mismo, que la gente se hinque ante lo mismo, que haya ataques y convulsiones creyendo en lo mismo. La mismidad ha sido siempre un recurso para todo sometimiento. 

Por eso hay enojos, por eso hay fanatismo, fe, deportes con públicos masivos, refrescos de cola, anacrónicas maneras de dividir el mundo aún en dos, en una dialéctica de escritorio, cálido, cómodo, iletrado.

Por el mundo de la mismidad anda por ahí el miedo a la diferencia. La diferencia es peligrosa, subversiva. Pero no por el solo hecho de ser diferencia. Ya se sabe que así como los intentos de uniformizar el todo, están los intentos por diferenciarse del todo. Cuando estos últimos se convierten también en tendencias uniformes, los resultados son falsos, falsificados, de hora cívica, de utilería. Los resultados son de farándula, de urgentes requerimientos de aprobación. La diferencia es transgresión, no se negocia. No se adscribe, no se vende, no se compra.

Cuando se empiece la tarea de recoger todo lo roto, en los cuartos, en la cocina, en las salas, en el patio. Todo roto, todo despedazado, todo sin par, todo mutilado, todo violentado. Cuando se empiece a levantar cada pedazo, a lo mejor la tarea de intentar juntar pedazos sea tan ardua y lenta que tome todas las horas de las tortugas y no sea completada, nunca. 

Siempre se puede rehacer las roturas, que no rupturas, entre partes diferentes, entre contrarios, complementarios o no. Para formar nuevas cosas, nuevas frases, nuevas formas de comprender las sonoridades. Para construir pequeños y diversos imaginarios hechos de las diferencias. 

De la unión del amarillo y el azul, da el verde como resultado. Otro color, otra resolución de la luz. De la suma de los parámetros de dos sonidos, no en la formalidad de un empaste sino en la síntesis cruzada de sus parámetros, el resultado será un timbre nuevo. Completamente nuevo.

Seguramente va a haber que doblar la ropa, revisar los bolsillos uno a uno. Fijarse en todos los cajones de los muebles a ver si no hay olvidos. Seguramente va a haber que pasar los dedos por encima de las mesas para dejar una marca encima del polvo como señal de despedida. Va a haber que hacer sonar las palmas para sentir la reverberación en las habitaciones que fueron cobijo, fueron hogar, cuadrilátero para guardar las batallas más íntimas, las más intensas, las más resueltas.

Va a haber que alzar las maletas y caminar. Porque se camina, la mayor parte de las veces, con un propósito. Se va hacia alguna parte, a hacer alguna cosa.

Sin embargo, el mayor propósito en las personas  es el despropósito.

 

 

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