Memoria nómada

El lago Titicaca: un ecosistema en peligro

La disminución de los caudales que lo nutren hace peligrar la vida en todo ese entorno y a mediano plazo amenaza con la extinción de la vida misma.
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:00

Cleverth Cárdenas Plaza Coordinador Instituto de Investigaciones Literarias UMSA

El cambio climático viene afectando a Latinoamérica por motivos atmosféricos, pero también por la intervención humana y la poca atención que suelen poner los gobernantes nacionales a asuntos de vital importancia para garantizar las condiciones de vida de la población a la que representan. Esto se puede evidenciar en el altiplano por la disminución de los caudales de los ríos o por el descenso del nivel del lago Titicaca, agravado el problema con la contaminación local y de sus afluentes. 

Este magnífico espejo de agua, que es reconocido por su singular ubicación: su altura; pero además por estar situado en un espacio intertropical que lo vuelve, como dicen muchos geógrafos, una originalidad hidrológica, lo que debería obligarnos a prestarle singular atención. La disminución de los caudales que lo nutren hace peligrar la vida en todo ese entorno y a mediano plazo amenaza con la extinción de la vida misma. Por eso consideramos fundamental incidir en esa reflexión, inaugurando una discusión abierta sobre el tema. 

El problema está dado: el cambio climático y la acción humana afectan al lago. Recientes noticias informan que el nivel del lago Titicaca descendió de modo dramático. De hecho en un periódico peruano publicado recientemente se informa que un 70% de totorales quedaron sin agua. Considerando que para las poblaciones circunlacustres las más de quince variedades de totora que existen en el Titicaca se constituyen en una fuente de vida principal porque se la utiliza como: forraje de ganado, comida, construcción, fabricación de esteras, artesanías e incluso alguna variedad de totora se usa hasta como medicina. La totora se constituye en uno de los principales indicadores del estado de ese frágil ecosistema, porque mediante ella se pueden medir los efectos y transformaciones en el lago. 

Otro ejemplo dramático de esta catástrofe es la constatación de que la producción pesquera bajó: de hecho cada vez es más difícil acceder a peces silvestres del lago y tenemos que contentarnos con consumir trucha de criaderos peruanos. Esta situación también amenaza a la irrigación de sembradíos. Finalmente, el lago está contaminado por varias vertientes: minería, cloaca, basura y turismo. 

El cambio climático, además, ha afectado a los vientos que, para los pescadores navegantes, es terrible y refleja una creciente preocupación colectiva sobre el problema y la contaminación. Las poblaciones ribereñas enfrentan luchas y demandas para limpiar el lago, varias comisiones binacionales se comprometieron a hacerlo. Sin embargo, muchos de esos procesos se realizan con lentitud y mucha burocracia, en síntesis se hizo muy poco. Lo interesante es que hay una reflexión por la contaminación en la cuenca lacustre. 

Hace algunos años hablé con Isaac Callisaya, estudiante de Historia de la UPEA y orgulloso habitante de la Isla Pariti. Cuando tocamos el tema de la contaminación del lago, en una charla casual, comenzó a contarme cómo la misma afectaba a todo: las aves silvestres ya habían desarrollado enfermedades desconocidas y comenzaban a tener parásitos que tuvieron que ser bautizados o descritos por los ancianos; que en el lago menor había una mancha que iba avanzando y que ya se la podía describir como agua muerta, pero que además el olor a cloaca era insoportable en ciertos momentos del día y  que ya era difícil pescar porque simplemente no habían peces o se habían muerto; que los periodos de seca son más extensos y que la basura que flota en el lago, especialmente plásticos ya es insoportable. 

En medio de la verificación de que algo terrible estaba ocurriendo, nos pusimos a hablar de los narradores de la tradición oral del lago Titicaca y pudimos ver que los habitantes del lugar expresaban de modo metafórico esta nueva situación. La ausencia de lluvias, el descenso de las aguas, la contaminación que se puede evidenciar empíricamente y con archivos fotográficos demostrarían algo más: un castigo de parte de la Madre Tierra. 

Ocurre que Parití, cuya ubicación geográfica la sitúa en el lugar más agredido del lago Titicaca, es un importante yacimiento arqueológico. El 2004 un equipo de arqueólogos finlandeses y bolivianos descubrió un  profundo bolsón de cerámica quebrada y enterrada en la isla: atribuida al periodo  Tiwanaku tardío. Se describió que esos restos arqueológicos eran resultado de un ritual antiquísimo y que de hecho la cerámica fue quebrada intencionalmente como parte de un ritual. 

El trabajo de excavación y restauración logró identificar cerámica ciertamente fenomenal: animales míticos, sacerdotes, figuras femeninas, imágenes no vistas en la cerámica tiwanacota anterior. Los excavadores y el gobierno nacional llegaron a un acuerdo con los pobladores: se llevarían la mitad de las piezas y la otra mitad se quedaría en la isla, para inaugurar un Museo de Sitio.

¿De qué modo las narraciones orales expresan las transformaciones en el medio ambiente? En la combinación de ambos temas está el meollo: atribuyen al desentierro de una ofrenda singular y a su traslado a La Paz el disgusto de los dioses tutelares. Asumen que el trabajo arqueológico quebró un pacto con lo cósmico y espiritual y que por consiguiente el cosmos se está cobrando esta afrenta. 

Cuentan que ahora toca, hacer una ritual de igual dimensión para restituir a los dioses, pero también para que las condiciones de vida se restablezcan. Entonces las narraciones sobre la catástrofe comienzan a fluir: relatos sobre los rituales para la lluvia, relatos sobre siembra o para alejar el granizo se comienzan a propagar, procurando solucionar algo mucho más grave. El desastre que está produciendo el ser humano. 

Ciertamente lo único que puede salvar al lago son acciones que impliquen un gran sacrificio (ritual) y no me refiero a uno humano, sino a renunciar a: 1) la minería que es la mayor contaminante del lago, 2) inversión en lagunas de purificación que limpien las aguas servidas que llegan desde El Alto al Lago sagrado, 3) transformar los hábitos de la población y eso requiere una profunda conciencia ecológica y una gran responsabilidad con la tierra que nos da la vida y 4) negociar diplomáticamente con el Perú el desvió de los ríos afluentes del lago, porque están siendo desviados del otro lado de la frontera. 

Entonces restituir el ritual profanado a los dioses, si se hace desde el Estado (y no se usan los rituales folklorizados como se estaba acostumbrando a hacer), podría significar que el Estado tome conciencia de todo lo que estaba omitiendo en más de 14 años de descolonización y defensa de la Madre Tierra. Porque hay que ser honestos: la madre tierra estuvo muy bien para un discurso populista y romántico sobre lo indígena, pero sus propugnadores nunca encararon acciones reales para su defensa cuando hubo excelentes condiciones económicas e internacionales para hacerlo. Por eso, tocará a otro gobierno analizar este dramático problema.