Obituario

Ha muerto el último mecenas, un gran señor

Luis Urquieta Molleda fue un gestor cultural y hombre de letras, fundador y presidente del Movimiento Cultural Boliviano y miembro de la Sociedad de Escritores de Bolivia.
domingo, 15 de diciembre de 2019 · 00:00

 Mariano Baptista Gumucio Periodista y escritor

Ha fallecido en Cochabamba, rodeado por su esposa Esther, sus hijos y sus nietos, Luis Urquieta Molleda, cuya vasta obra en el campo de la cultura, perdurará sin duda, en el tiempo y en el corazón de sus compatriotas. Luis nació en Cochabamba, pero se graduó de ingeniero civil en la Facultad de Ingeniería Industrial de la Universidad de Oruro, de la que fue Decano. Condujo una empresa constructora, durante tres décadas y luego ejerció la presidencia de ZOFRO S.A. 

En esos campos fue un ejecutivo sobresaliente, pero su vocación estaba en la literatura; fue fundador y presidente del Movimiento Cultural Boliviano, miembro de la Sociedad de Escritores de Bolivia, Presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores y miembro de la Academia de la Lengua, pero sobre todo, Director y Editor del suplemento editorial El Duende de La Patria de Oruro, que él sostuvo con sus recursos, durante más de tres décadas.

Luis Urquieta Molleda fue contemporáneo mío, mecenas, gestor cultural y hombre de letras. Dice Giovanni Papini que Hay hombres que miran hacia arriba y hombres que miran hacia abajo, hombres que vibran en la luz y hombres que vegetan en las cavernas, hombres provistos de alas y hombres con sólo patas. No hay duda en qué categoría figura mi entrañable amigo. 

Lo conocí hace algunos años pero nuestra amistad se fortaleció día a día por sus gestos de hospitalidad, cuando yo llegaba a Oruro con mi cámara al hombro haciendo programas culturales para la televisión, pero también cuando recibía periódicamente ejemplares de El Duende. El extraordinario emprendimiento cultural que él fundó en 1995 y que mantuvo desde entonces quincenalmente con su propio peculio, incluso desde Cochabamba, donde se retiró en sus últimos años.

Dicho así, con la simple indicación de algunas fechas, algún lector podría pasar de largo esta información, sin darse cuenta de lo que El Duende ha significado en la cultura orureña y boliviana en 20 años de incesante actividad y con innovaciones últimas como la de dedicar páginas a color a la obra de artistas plásticos. 

En un medio yermo, como el nuestro, donde paulatinamente los periódicos importantes de todas las capitales han suspendido sus hojas de cultura, con las que se formaron tantas generaciones de lectores –suspensión debida no tanto a la crisis que hace décadas vive el país, sino al cálculo mercantil y egoísta de que la cultura no da dinero y sólo produce gastos–, de  pronto, como Quijote de la altiplanicie, este profesional de la ingeniería, campo en el conquistó tantos lauros, irrumpe con un grupo de colaboradores y decide, en una de las ciudades más castigadas por los avatares de la fortuna, como es Oruro, plantar un lábaro, sembrar una semilla, y que ella florezca para bien de Bolivia, cada quincena, sin faltar una, en esta última década. 

Con razón, Joseph Barnadas en su Diccionario histórico de Bolivia hace un cumplido elogio de este suplemento cultural, señalando su sólido equilibrio entre la prosa y la poesía, su apertura universal, con la presencia de autores latinoamericanos y europeos, y su generoso miraje al pasado y al futuro, recuperando textos de escritores orureños de otros tiempos y acogiendo la obra de autores que apenas han llegado a la mayoría de edad. Son casi mil números, cada uno hecho con amoroso empeño, en cuanto a la selección de artículos, la estética del diseño y los dibujos que los acompañan, a cargo de Erasmo Zarzuela. 

De esta manera, El Duende, se ha convertido en una referencia indispensable para quien quiera conocer las corrientes literarias y los autores destacados bolivianos y extranjeros, de fines del siglo XX y principios del XXI. Esta obra no habría sido posible sin su gran animador, que fue Luis Urquieta Molleda.

Tuve el privilegio de prologar su  magnífico libro Sol de otoño dividido en cinco capítulos, el primero de narraciones suyas; el segundo, acerca de la historia, el tercero, de ensayos y poesía, el cuarto, de lecturas y miradas y el quinto de notas breves. 

Tuvo la generosidad de auspiciar el libro Por la libertad y la cultura, que recoge episodios de mi vida y de mi obra y ese libro nos llevó a imaginar otros dos, uno ya concluido Homenaje a Gesta Bárbara, en el que recogemos la historia de ese movimiento literario que sacudió al país, primero en Potosí en 1918, luego en La Paz, Cochabamba, Oruro e incluso Tupiza a partir de 1944. 

El volumen conserva el recuerdo de dos generaciones importantísimas de la cultura boliviana y como todo, en éste país ingrato sumidas ahora en la muerte y el olvido. El segundo volumen que queríamos publicar juntos consistía en una antología de textos que yo había recogido para el magisterio en un volumen publicado en 1990 y en textos de numerosos autores que él a su vez reprodujo en El Duende, todos ellos referidos a los valores humanos. Un personaje de Dostoievski, afirma que si Dios ha muerto, todo está permitido y en efecto, el siglo XX y el retazo del XXI, que hemos vivido ha acumulado la mayor suma de horrores a los que se ha enfrentado la humanidad, dos guerras mundiales, bombas atómicas sobre poblaciones civiles, el holocausto del pueblo judío, genocidios y terrorismo por doquier y la mayor suma de refugiados que se haya dado en la historia, amén de otras calamidades

 Pero Luis no perdía su fe en el hombre y con su infinita bondad trataba de mitigar la pobreza e iluminar los espíritus. De ahí se nos ocurrió que al margen de todos los ismos que llevan al abismo y respetando a los creyentes, a los agnósticos y a los ateos podía imaginarse unas nuevas tablas como las de Moisés, pero adecuadas al cambio vertiginoso del nuevo siglo, el libro se llamaría justamente, Decálogos para el siglo XXI.

Con la muerte de Luis Urquieta desaparece el último mecenas que tenía éste país. Nuestros pocos millonarios no han tenido, con algunas excepciones, la clarividencia e incluso prudencia de compartir sus fortunas con la comunidad. Bolivia, como ya lo presentía Carlos Medinacelli, se ha ido convirtiendo en un inmenso páramo espiritual y no hay manantiales refrescantes que lo transformen en un vergel. Luis siempre recordaba a Gonzalo Vásquez Méndez: “Este país tan solo en su agonía, /tan desnudo en su altura, /tan sufrido en su sueño (...) /Este país sin nadie que acompañe su tristeza / sin mano que detenga / el viento de odio que corre por sus calles”. 

Pese a todo, Luis se fue con la ilusión de que había que sembrar esperanza y alegría en los corazones jóvenes. Oigámosle.