Filosofía

La agitada estupidez

La dificultad crece cuando se quiere tratar de la estupidez política, aquel punto en el que fatalmente produce daños a sociedades enteras y a vidas.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Escritor

 

Desentrañar los significados y alcances de la estupidez, detectar sus fuentes generativas, tener incluso una definición convincente de la misma, es mucho más complejo de lo que podría parecer. Puede ser fácil reconocerla como difícil definirla, acotarla, señalarla, aparte de que siempre tendrá oficiosos valedores. Y nunca dejará de escabullirse, de disimularse tras altisonancias y grandilocuencias, no dejará de aplanar de dogmas los caminos y de emplear conceptos talismánicos (revolución, imperialismo, pueblo, etcétera) o de elaborar, inclusive, sendos aparatos teóricos (Laclau, Dussel, y demás). La dificultad crece, ciertamente, cuando se quiere tratar de la estupidez política, es decir de aquel punto donde ambas se encuentran, fatalmente, y se producen daños a  sociedades enteras y a vidas. Véase el caso más inmediato y conocido: el de la actual tragedia humanitaria de Venezuela.

Al haber mencionado a Venezuela, nótese, puede que de hecho ya estemos ante una posible y  parcial, práctica definición de la estupidez, o por lo menos ante una de sus caras: la ignorancia maliciosa de los hechos reales de parte de quienes discursean y dan palmaditas a Maduro. Es decir, y para cuanto compete a este caso, la ignorancia del Informe Bachelet. Esa ignorancia ya fue detectada otras veces. En el gran y terrible libro de sus memorias, Nadezsha Mandelstan 1 define en una sola frase todo el comunismo soviético, en sus años más duros y que ella vivió hasta el fondo: “El papel fundamental de los tiempos era el de ignorar los hechos de la vida”.

Quedémonos, de momento, en esa “ignorancia voluntaria” como uno de los grandes blasones de la estupidez.

Volvamos al carácter elusivo y ambiguo de la misma estupidez que, en el peor de los casos, asume rostros que remedan la inteligencia, como en los sabihondos autores citados arriba.

En una conferencia de 1937 (traducida como Sobre la tontería) Robert Musil, dando vueltas alrededor de esa elusiva presa, ya remarcaba su carácter doble, por el que tanto puede presentarse llana y anodina, simple “pobre de espíritu” como ya también ser una “tontería astuta”, letal y muy despierta, capaz incluso de “enfundarse todas las vestiduras de la verdad”, la cual, con un solo traje, siempre queda en desventaja. Del segundo tipo de tontería, dice Musil que puede ser “mortalmente peligrosa”. (Ensayos y conferencias, Visor 1992, p. 278-95) Así lo confirman, en lo político, los campos concentracionarios (castristas incluidos).

Pero aunque algo nos hayamos aproximado a la estupidez y sus efectos, sus disfraces, aún no acabamos de cernirla. Es que tal vez estemos todavía muy atrapados, a la hora de considerarla, en su relación de oposición con la inteligencia. ¿Pero vale pena mantener dicha oposición? No lo cree así el importante filósofo Clément Rosset, para quien hay que considerar a la estupidez como autónoma, no como un reflejo negativo y aletargado de la inteligencia. (LeReel, Minuit 1997, 143-46).  A la inteligencia se opone la ininteligencia (mantengamos así la palabra), no la estupidez. Entre ambas, incluso, se parecen muy poco: “La ininteligencia padece, la estupidez actúa: siempre tiene la iniciativa”.

Hay que concederle, otra vez, su estar alerta y agitada, ser incluso efectiva. Nunca duerme, como el viento, y emite o recibe mensajes ávidamente. “La estupidez es una vocación, o mejor aún, un sacerdocio, con sus ídolos, sus creyentes, sus fieles”. Con esa frase, y sin explicitarlo, Rosset también está describiendo la estupidez política. La misma que tan bien conocemos por estos lares.

Pero atendamos, todavía, esta precisión de Rosset: la estupidez (sotisse) “no consiste, en absoluto, en no comprender algo, sino en sacar de su propio fondo alguna idea o tarea absurda a las cuales se propone dedicarse en cuerpo y alma”. Retengamos que la estupidez extrae sus delirios “de su propio fondo”, que a una idea semejante, y a su manera, se acerca otro gran filósofo: Gilles Deleuze. Él tampoco deja de referirse, por otra parte, al aspecto político de la estupidez, pues no deja de señalar que “el tirano institucionaliza la estupidez (betisse)”.

Deleuze se acercó dos veces decisivas al tema de la estupidez.  La primera en Nietzsche y la filosofía (PUF 1962, p 118-26) y la segunda en Diferencia y repetición (PUF 1976 p. 192-8). En ambos casos, se trata de desmontar una imagen dogmática del pensamiento, para la cual “la verdad” es lo propio y natural del pensamiento, que a su vez tiene como contrapartida el error, pero se trata aún de un accidente externo, subsanable con el “método” adecuado. 

Hay que empezar, sin embargo, por destituir a la verdad de su posición de concepto puro, o indeterminado. “No hay verdad que, antes de ser una verdad, no sea la efectuación de un sentido o la realización de un valor”. Eso ya la aleja de la estupidez como su oscuro reflejo opuesto y nos pone en la senda en que concebirla: “La estupidez es, y más profundamente, aquello de lo que es síntoma: una manera baja de pensar”. (N, 118).

Luego, en  Diferencia y repetición Deleuze, como Rosset, también saca a la estupidez de su supuesta oposición con la inteligencia, de su supuesto carácter accidental, externo, no esencial.  La estupidez no se define o se produce en relación con el error, ni la equivocación, ni la falta de comprensión. No, la estupidez pertenece “a la estructura del pensamiento” y hay que reconocerle su carácter “propiamente trascendental”. “La cobardía, la crueldad, la bajeza, la estupidez, no son simplemente potencias corporales, o hechos de carácter y de sociedad, sino estructuras del pensamiento como tal”.

La figura del tirano en Deleuze o la del idiota vocacional en Rosset nos tocan muy de cerca, hasta podríamos afirmar que los conocemos de memoria. Conocemos sus discursos interminables, conocemos el carácter performativo de sus aserciones. A ratos parece que fueran, incluso, como uno de los destinos, siempre al acecho, de los países latinoamericanos. 

En Bolivia acabamos de librarnos de una de sus encarnaciones y a duras penas. ¡Ojala nunca vuelva a repetirse, tan amarga experiencia!

 

1 Nadezha Mandelstam (1899-1980) estuvo casada con el gran poeta ruso Ossip Mandelstam, a quien llegó a acompañar a los campos concentracionarios. O. Mandelstam murió en uno de ellos en 1938. Su gran traductor al alemán, ferviente admirador y a quien indudablemente influenció, fue Paul Celan, que también sabía mucho sobre los campos concentracionarios. El gran libro de Nadezhda M., traducido al inglés como Hope against hope, es autobiográfico, cuenta de los campos, cuenta de la vida bajo el estalinismo. Hoy resulta de una lacerante actualidad. 

 

 

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