Celebración

Navidad, el pesebre y el árbol de Lutero

El fraile agustino alemán, uno de los grandes personajes y reformador de la Cristiandad, dio inicio a la tradición de colocar un árbol en casa en esta ocasión.
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:00

Gastón Ledezma Rojas Abogado

La recreación del Nacimiento de Jesús es un desafío para penetrar en lo más recóndito de la concepción del Espíritu Santo en el vientre de María, que escapa al simple conocimiento por la historia de este irrepetible episodio que culmina con ese prodigioso suceso. Ordinariamente, la simple recordación conduce a la pereza intelectual de una referencia calendaria –sin siguiera trascender–, a un plano superior de comprensión y enrolarse en la legión de “cristianos conscientes” de una fiesta santa y evitar se torne pagana.

En la revista española Hespérides de 1997, Alfredo Martorell reflexiona acerca del origen navideño, expresando que el 25 de diciembre de cada año, se escucha el pesar de quienes acusan al mundo actual de haber privado a la fiesta de Navidad, de su verdadero sentido. Lamenta que esta “fiesta religiosa se reduce hoy a un simple apogeo de la sociedad de consumo, donde las familias gastan lo que no tienen, para subir después con mayor esfuerzo la célebre cuesta de enero, porque su sentido original empezó a perderse hace siglos”.  

Hasta no hace mucho tiempo, una de las discusiones ha versado sobre el día en que Jesús vino al mundo, discusión que adquiere diversos matices según vayan despejándose las incógnitas que sustentan las diferentes posiciones. El citado autor sostiene que “la Iglesia nunca creyó que Jesús naciera realmente el 25 de diciembre”, porque, de hecho, para quienes comparten este pensamiento, no pasa de significar el nacimiento de una persona, sin reconocer que tiene la trascendencia espiritual que la humanidad le concede.

Hoy se vive –por el incontenible empuje del burdo materialismo traducido en una interminable cadena de ataduras–, un tiempo de enfriamiento y hasta gelidez espiritual, tiempo en el que la mediocridad de la que nos hablara el célebre José Ingenieros hace más de cien años, se retrata en la superficialidad y ordinariez en la fecha magna de recogimiento y veneración por la llegada de Jesús. 

En el contexto de la relación del Evangelista Juan 1:14, se encuentra la substancia del Divino Misterio cuando dice: “Y la palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros, contemplando su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo Único, lleno de gracia y de verdad”. Y a continuación, en el versículo 15 Juan da testimonio de Él y dice que: el Verbo, el Dios Eterno, se hizo carne, es decir, el hombre Jesús y cuando esto sucedió, salió de la Eternidad y entró en el tiempo para ser un hombre de carne y sangre es decir, un verdadero y auténtico hombre que en el tiempo es Dios.  

Lo expresado por este Evangelista al explicar la majestad de la significación teológica de esta encarnación, tiene su correlato en Mateo que refiere que el Verbo como el Dios Eterno, explicado por Juan, no fue más que el Nacimiento del Salvador, procedió del Espíritu Santo encarnado en la Virgen María, encarnación precedida de las visitas del Ángel del Señor que realizó tanto a ella como a José. 

En la visita a María le anunciaba que concebirá “y dará a luz un hijo que le llamará Emanuel”, profecía que Isaías vertió 700 años antes de Cristo.  Así, pues, la portentosa epopeya de la Natividad del Salvador Jesús, dio al mundo, como se dijo, la evidencia de la profecía de Isaías haciéndose realidad y ya nacido, José y María tuvieron que salvar un sin número de peripecias huyendo de Herodes que había ordenado la eliminación de niños en sus dominios. 

Jesús nació en el año 748 de la fundación de Roma bajo el imperio de Octavio Augusto, en la vigencia del sistema republicano y a los efectos del posterior conflicto entre la normativa legal romana y el sistema jurídico hebreo, es de advertir que “en el Oriente Antiguo no se celebraban los cumpleaños y allí, generalmente, los padres no recordaban la fecha del nacimiento de sus hijos considerándose tan solo, las aproximaciones en relación con algún acontecimiento de importancia”. 

El citado autor Martorell aconseja que, antes de incurrir en aproximaciones para celebrar el Nacimiento de Cristo “como si se tratara de un rey o un faraón”, era preferible dejar la inquietud sin respuesta. 

Martin Lutero, todavía niño, ya despuntaba por su “voz cálida y armoniosa”, formaba parte de los coros populares, cantando villancicos, como refiere José Barbanzaen la biografía del Reformador- proclamando “nos ha nacido un niño tan bello y tan gracioso… que, siendo ya mayor, evocaba con dulce emoción lejana”.

A propósito de la Navidad, Lutero, fraile agustino alemán, uno de los grandes personajes de la historia, el reformador de la Cristiandad, dio inicio a la tradición de colocar un árbol en casa en esta ocasión. En efecto, se dice que en el siglo XVI “durante una gélida noche, Lutero salió a meditar sobre su próximo sermón y le llamó la atención la luz de las estrellas y el verdor de un pino en medio de la sequedad de la estación”. El cuadro que se presentó ante sus ojos lo impresionó tanto “que cortó un abeto, lo plantó en su casa y lo decoró con nueces, manzanas y lo iluminó con velas. A partir de entonces, esta costumbre fue extendiéndose a toda Europa” y hacía decir al Reformador: “aunque el final del mundo sea mañana, hoy plantaré manzanas en mi huerto”.

El autor dice que “el contraste de climas y estaciones no sólo despertó la curiosidad de los antiguos pobladores, sino que a lo largo de la historia ha sido fuente de inspiración para autores de villancicos”, citando como ejemplo al desconocido compositor del tema musical “¡Oh árbol de la Navidad!”, como claro ejemplo de admiración “por los árboles de hoja perenne”.

En un sermón, decía Lutero refiriéndose a María, la Madre de Jesús, “Pensad, mujeres, que allí no había nadie para bañar al Niño. Nada de agua caliente, ni siguiera fría. Ningún fuego, ninguna luz. La madre tuvo que ser ella misma comadrona y criada. El frio pesebre fue cama y baño. ¿Quién enseñó a la pobre muchacha lo que debía hacer?”. 

La objetividad del fraile agustino, Martín Lutero, antes de abrir otros cauces, equivocados o no, le hacía decir, por el relato de un sermón por Abrecht Drer, que el Evangelio es tan claro que “solo requiere que lo miremos, contemplemos y que lo dejemos penetrar, hasta lo más hondo de nuestro corazón”. Agregaba que es como “el sol sobre aguas quietas: vemos sus reflejos y nos calienta.  Mas el sol, sobre las aguas agitadas, no se ve y tampoco nos calienta. Si queréis, pues, iluminación y calor, la gracia diaria y sus milagros; si queréis tener el corazón ardiente, alumbrado, devoto y alegre, id allí donde encontráis quietud y las imágenes penetran en nuestro corazón, y hallaréis milagros sobre milagros”. 

La verdad del Evangelio es, pues, tan objetiva, que trasunta el pensamiento de Dios. La Navidad es el pesebre o caballeriza donde Jesús abrió sus ojos que destellaron las primeras luces de su tierno Amor al mundo. Por tanto, nacimiento, pesebre y árbol navideño, se conjugan en tres elementos que se graban en la historia con indelebles signos de ese amor, su humildad y su verdad, tres símbolos de ternura que anidan en nuestros corazones especialmente en esta fiesta de la Navidad.