Contante y sonante

Por algo es

Todo cuanto ocurrió el año 46 tuvo que estar conectado de maneras misteriosas y científicas. En el año 46, además de un pájaro muerto, hubo un presidente colgado...
domingo, 22 de diciembre de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

En la primavera del 46 hubo un pájaro muerto que no sabía nadar. No sabía contar del uno al cien. En esa primavera ocurrieron varias cosas como poemas y hermosas palabras que empiezan con A. Canasta, calatraba, mala pata, sana sana, Acaracata, ácrata, mansa, balanza, matraca, bala alada, tanta palabra que con el tiempo fueron perdiendo sentido y por supuesto, uso. Se desvanecieron, pasaron de ser lindas, fuertes, simbólicas, signo, y se hicieron gas, palabra también con A.

En el año 46 además de un pájaro muerto, hubo un presidente colgado. Lanzado de lo alto del palacio como pájaro inerte, humillado, golpeado como saco de boxeo, cadáver de arena, cuerpo de lona, martirio de harina en costal adulterado. Como el corolario de invierno, como una reproducción plástica de una documental imagen de Mussolini, como una representación en la que excepto la luz, todos los elementos dramáticos estuvieron en su sitio.

En un pájaro muerto que no sabía hornear pan, hubo una marca, el año 46, de hastío y consecuencia. Una serie de pequeños granitos debajo de las alas, cada uno de ellos con información precisa de todo cuanto iría a pasar luego, en los próximos 74 años ni más ni menos, como un curioso ciclo que se da cada 74 años divididos en partes desiguales sin aparentes relaciones que con un mínimo esfuerzo y actitud compleja, que no es lo mismo que complicada, se pueden establecer. 

Que el primer desastre nuclear haya ocurrido de manos de los norteamericanos el año 46, que las mujeres italianas hayan votado por primera vez, que Perón haya ganado una elección por mayoría y que Neftalí Reyes haya cambiado de nombre por medio de la justicia, el año 46, parecieran acontecimientos aislados, sin conexión alguna, pero a lo mejor todo está interrelacionado y no hay forma de que las cosas ocurran sin motivo, cada cual por su cuenta, sin influencias, sin consecuencias. 

No parece haber tal. Para que un día, en un cine antiguo de la plaza Murillo, rodeada de faroles republicanos, un hombre con su saco beige entrara a ver una película a color, en cinemascope, a las 4 de la tarde de un martes soleado y quedarse prendado de los hombros de Claudia Cardinale hasta tal punto de ir corriendo, a la salida, a buscar su libro de las preguntas de Neruda para inmediatamente y por teléfono dedicar un poema a su amada sin hombros, para que eso pase, todo cuanto ocurrió el año 46 tuvo que estar conectado de maneras misteriosas y científicas a la vez. 

A tal punto que se podría suponer que la ciencia no deja de ser misteriosa y sorpresiva. A lo mejor, un día, una noche, sin falta, cuando hayan desaparecido los minibuses para dar lugar a aeronaves eléctricas para el traslado de pasajeros, se desarrolle un algoritmo que permita entender todas las relaciones, hasta las más remotas, entre eventos, cosas, personas, fruta, flor, ciudad.

Lo que pasó el año 46, apenas estrenada la post guerra, lo que movió a un Perón fascista a encubrir a montón de nazis en la inmensidad de la Patagonia y alrededores, lo que hizo que esta Bolivia atribulada se construya después del Chaco como una emergencia de los deshabitados para generar revueltas y danzas nuevas, todo lo que pasó, desde la novela de Asturias, el nacimiento de Syd Barrett y la inauguración del primer supermercado en México, es relevante. 

Nada viene da gajo. Nada se olvida, apenas se guardan las cosas y los dolores y los desplantes y las humillaciones y las heridas y las carcajadas, en compartimentos estancos alojados en las profundidades de un pedazo del cerebro, del tamaño de una pepa de damasco, a lo sumo. 

Ahí están los años y las cosas, las personas, todas las verdades, lo que no se dijo, lo que no se sabrá. Ahí están todas las mentiras y los planes y los proyectos inacabados. Los de todos los años del mundo, de todos los días y de todas las bocas. De todos los pájaros avistados en vida y enjaulados.

Ahí, en un lugar del cuerpo, están las palabras, todas, hermosas e impronunciables, que empiezan con todas las letras. Maga, distancia, empedrado, ausencia, beso, honor, abismo, abrazo, piedra.