Poema

Rubén Darío le canta a Víctor Hugo

La obra da una sensación de triunfo, de haber sido uno partícipe de una célebre viepopeya; produce un sentimiento como al escuchar a Carmina Burana.
domingo, 29 de diciembre de 2019 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  Escritor

Hace poco, como hago cuando tengo que salir a la calle para hacer una u otra cosa, cogí un libro pequeño cualquiera del estante, y, una vez embarcado en el autobús, lo abrí en una página cualquiera y hallé un poema bellísimo: Víctor Hugo y la tumba, del sublime y clásico Rubén Darío. Era el canto de un grande a otro grande. América haciendo una lírica de reverencia a la magnífica Europa.

La pieza es parte del libro Epístolas y poemas (primeras notas), escrito en 1885 pero publicado recién en 1888, obra que forma parte a su vez del volumen de bolsillo de las Poesías completas de Rubén Darío, editado cuidadosamente por Aguilar en 1954, con la introducción, la edición y las notas a cargo de Alfonso Méndez Plancarte.

El poema es largo, de 44 sextetos (aunque hay tres séptimas y una octava que en rigor no es ni real ni italiana, pues presenta raras combinaciones métricas y de distinto esquema de rima, ensayos formales muy innovadores característicos de Darío) de rima consonante cada una, y los mencionados versos constan de alejandrinos franceses, es decir, versos compuestos por la sumatoria de dos hemistiquios heptasílabos, o sea, en total, de 14 sílabas cada uno. En consecuencia, son estrofas de arte mayor.

Aunque el asunto de fondo es la muerte strictu sensu, y por tanto cabría pensar que se trata de una elegía o un canto lastimero, la composición posee el tono de una oda, y es que la lírica aborda recurrentemente los asuntos del heroísmo, la bondad, la magnificencia y la gloria, todos estos elementos propios del subgénero lírico de la oda. 

Al final, la obra da una sensación de triunfo, de haber sido uno partícipe de una célebre victoria o una heroica epopeya; produce un sentimiento como el que produce el escuchar la Carmina Burana. Cuando se lee el poema, uno cree estar leyendo las odas de Horacio, Tamayo, o las del mismo Víctor Hugo.

El fondo del poema, como es de suponer, aborda el óbito del glorioso poeta galo, acaecido en 1885. Un dato interesante es saber que el bardo nicaragüense compone su pieza probablemente el mismo año de la muerte del gran poeta francés, quizá con el corazón desgarrado por la pérdida del vate genial e inspirador de otros vates noveles. Así, Darío comienza a pulsar su lira y canta: “Iba a morir el Genio. ‘¡Paso!’, dijo a la Tumba,/ con voz que en el espacio misteriosa retumba/ produciendo infinita suprema conmoción”. Ya que la palabra Tumba está escrita con T mayúscula, Darío le otorga a aquélla una personalidad propia, tomándola como un término absoluto. Se inicia, de esta forma, un diálogo entre el Genio y la Tumba, que no quiere recibir el cadáver de semejante personalidad no ya solamente de la Francia decimonónica sino del mundo y de todos los tiempos.

La Tumba, ya excavada, lista para recibir al muerto, se resiste. Consulta a los vientos, al océano (Darío escribe la palabra oceano sin tilde, apegándose a la licencia poética de la diástole, para que ya no sea esdrújula sino llana y así no romper la métrica de sus hemistiquiosallí en donde está), a los astros y a las montañas, si ella puede recibir en su seno a ese “enorme titán”. Los vientos se duelen por la irreparable pérdida en el mundo, y reprochando a la divinidad el haber arrebatado a la tierra un poeta enorme, dicen: “¿Teme Dios que le aclamen y adoren como a Él?”. Posteriormente, la Tumba consulta a los mares y océanos, éstos dicen conocerlo como “profeta del derecho y arcángel de la ley”. Los mares, a su vez, preguntan al coro de islas qué concepto poseen del titán de la lira; y Chipre, Córcega, los helenos Archipiélagos, Caprera, Santa Helena y las islas de América derraman lágrimas llorando la pérdida irreparable. 

Luego habla el agua salobre del mar. “¡Viva!”, decían los mares, defendiendo la vida de Víctor Hugo. Y Darío describe la turbulencia de un océano embravecido que se desgarra por la muerte del gran poeta. Copiamos la estrofa íntegra por ser tan bella, como salida de la paleta de Albert Bierstadt: “Soplaron los tritones su caracol marino; /las sirenas, veladas en un tul argentino, / a flor de agua entonaron una vaga canción, / y se unieron al coro de las ondas sonantes;/ y el mar tenía entonces convulsiones gigantes /y latidos profundos como de corazón”.

Acto seguido, hablan los volcanes, la Tumba los interpela. Parlamentan Chimborazo, el Etna… Vesubio pide la palabra, mientras que Momotombo, con sus lavas hirvientes, se desespera por intervenir ya que asevera que la lira de Hugo lo cantó: “¡Que no muera el titán!”.

Dígase de paso que es llamativa la erudición con la que Darío elabora sus versos, teniendo en cuenta nombres de lugares del mundo y personajes de la literatura universal y la religión, sin dejar de lado la maestría sonora y rítmica con la que siempre lo sentimos en su poética.

La Tumba, que ya consultó a mares, volcanes y estrellas, pide un último juicio, quizá el más importante: el de la Humanidad. Pregunta a chinos, rusos, ingleses, indios, americanos, a los negros de Abisinia, a los turcos de Estambul… Darío, modernista por excelencia, introduce algunos recursos sonoros como la aliteración: “¿Quién llora nuestras penas?”, dijeron los eslavos./ “Quién ve nuestras cadenas?”, dijeron los esclavos. Todos, de todos los países y naciones, proclaman al poeta francés como adalid de las leyes y el derecho.

Y en una estrofa que derrocha sentimentalismo y emoción, comienzan a llorar los niños la pérdida enorme de un poeta que con sus cantos, cual abuelo solícito y tierno, les abrazaba el corazón. Entonces se callan los vientos, las flores palidecen y dejan de dar sus aromas, los infantes ya no ríen y las aves se entristecen. Entran unos poetas a cantar la desdicha, preguntando si Hugo no volverá más a pulsar en su lira el gran poema decimonónico. (Darío sigue usando licencias poéticas como la sinéresis –en la palabra poema– o la diástole –en la palabra décimonono–, para no romper la métrica ni el ritmo). Finalmente, le piden a la Tumba que cierre sus puertas y no dé entrada al Genio. Y como en el clímax de una historia gloriosa, aparecen las sombras de Job, Eschylo, Homero, Tácito, Juan, Pablo, Dante, Cervantes y Rabelais, y, sobre todos ellos, la luz de Jesucristo. Todos éstos llaman al Genio a morar entre los santos, entre los genios de la lira, pues ése es su lugar, desde allí debe expandir su luz ahora en el cielo de los justos. Entonces entra en el cielo cristiano el poeta-profeta francés, para seguir cantando desde allí a la Humanidad la epopeya del derecho, la libertad y la justicia por siempre.

Y así termina la oda elegíaca en la que se congregaron dos titanes, tanto el que canta como el cantado.

 

 

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