El chicuelo dice

La niña que aún

Por familias como la de la niña que aún, se pueden escribir novelas trágicas y largas. Es la niña que aún; la niña que nunca se vengó de su falsa mamá…
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

La niña que aún. La niña que aún espera algo. No sé, cualquier cosa. Que de pronto las mariposas sean comestibles. Que de pronto los trenes que veía con fascinación quepan en sus bolsillos. Que de pronto llueva al revés y que las gotas de agua huelan a incienso azul. 

Es la niña que aún, la niña solitaria espera a que alguien la abrace y le diga nunca nadie más te hará daño. 

Es esa niña de la foto, mi mamá, o por lo menos eso dicen. 

La niña que aún espera conocer a su verdadera mamá. La niña que por esos años no sabía que esa señora (que decían que era su mamá) no lo era. La niña que aún es triste y callada y lejana hasta ahora. 

La niña que fue mi mamá y que no sabe que hay muchas formas de lluvia. Que las hay grandes, pequeñas, medianas, pero que sobre todo las hay pequeñitas. 

Esa es la niña en la que pienso ahora. A la que veo envejecer hoy y sobre la que algún rato tendré que escribir. La niña que vivió cosas horribles con esa señora que fue su mamá. A la que tuvo que aprender a amar. Porque hasta donde sabemos la verdadera (se llamaba Teófila, un nombre extraño: como un batracio haciéndose piedra) se murió a los pocos meses de nacida. Esa es la niña que me quita el sueño ahora. Cómo escribir sobre vos, qué cosas contar y qué otras no. 

Qué cosas me inventaría descaradamente y cuáles otras escondería.

Porque todas las familias tuvieron en sus filas una niña que aún. Busquen, destejan, escudriñen, excaven en las suyas y verán que no me equivoco. Porque las familias, todas ellas, tienen una niña que aún. Una niña que caminaba medio perdida por el patio de esa casa. Y que miraba a los lejos con esa profunda tristeza y desolación que sin duda me heredó. Por eso, por estas dos cosas, quizá me hice escritor. 

O es lo que quiero creer cada vez que me siento ante esta computadora. La niña que aún. La que espera un gesto de cariño y no la violencia. Las jaladas de la oreja. Los cocachos. Esa niña que aún. 

Y esa niña no repetirá nunca esas violencias, aunque sin duda yo me lo merecía más de una vez. Es esa niña triste y apoyada sobre la casa de un perrito. La niña que unos metros más allá tiene a su hermana, quien se enojará con ella por vaya a saber qué cosa y dejará de hablarle quince años. 

Así son las familias. 

Por eso son tan enigmáticas. Por eso, por familias como la de la niña que aún, se pueden escribir novelas trágicas y largas. Es la niña que aún; la niña que nunca se vengó de su falsa mamá. La que nunca pensó muérete. O que alguien te asesine y te bote en el río de aquí cerca. O que una bala de la revolución del 52 se incruste en tu cabeza. Porque la niña que aún es como los perritos: más le pegas y más te quiere. 

Esa niña que ojalá algún día alguien levante en brazos y le diga: nunca, nunca más, ¿me oyes bien?, te harán daño. La niña que se inventaba juegos que sólo ella podía poner en práctica. La niña que vio a los milicianos matando gente desde los edificios en la revolución nacionalista. Es lo más feo que he visto en mi vida, recuerda todo el tiempo, lo más atroz que hacían los emenerristas. Esa es la niña aún.

Es la niña a la que, vengativo como soy, quiero dar un cuerno de chivo y decirle, no tengas miedo, niña que aún, sólo apunta y mátala.

Es la niña que no se maravilla con nada porque es la niña que aún. La que no odia a su falsa mamá aunque ésta se lo merezca.

Algo es invisible, pero está ahí y vaga por las casas. Son las niñas aún. 

La niña y la infancia y los ojos cargados de tristeza y dolor.

Esa es la niña que aún. 

La niña que ha vuelto para quedarse.

Como los trenes de tu infancia, la que jamás recordarás.

 

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