Contante y sonante

Lo que se piensa

Lo que cada habitante sabe y no se lo han contado, lo que se borra rápidamente de las memorias individuales y colectivas para tener una caja nueva de Pandora...
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Lo que queda, lo que se arrastra, lo que no tiene remedio. Lo que no se dice, lo que se inventa, lo que molesta, lo que indigna. Lo que arde, lo que deprime. Lo que invita al llanto, lo que pese a la niebla permite el antojo. Lo que arruina, lo que se mete entre el corazón y la tercera costilla. Lo que derrumba. Lo que se escribe. Lo que causa risa de tanto doler. Lo que sale de la orfandad o del abandono, como plañidos lastimeros, como la ira de una hiena herida después de un ataque de mil hienas a una leona solitaria como cada tecla de este teclado y cada golpe de dedo de este humano.

Lo que desangra. Lo que la ausencia del cuerpo deja ante los azorados vivos como una constatación de la idea de que la única función que queda como propósito al sapiens, es la muerte. Mas no la infringida por terceros. La propia, la decisión a ultranza de optar por el “desisto de mí”.

Lo que incendia el bosque, más devastador que el fuego, más destructivo que todas las fuerzas naturales, más contaminado, más angurriento, más sumergido en el salvaje sistema que cualquier corredor de bolsa en la hora pico. Más cobarde que Eróstrato encerrado en un baño público anunciando un suicidio que nunca ocurriría. Lo que aniquila el bosque, que lo oferta, que lo cambia por un caballo, por una camisa, por un lugar en el centro de todos los privilegios.

Lo que se clama, lo que no se calma. Lo que desnutre, lo que destrona. Lo que truena, lo que apalea, lo que se escurre entre las piernas sin sonido alguno, ante la presencia del terror en la obscuridad. Lo que aterroriza, lo que revienta allá a lo lejos cuando la sombra es el único aliado. 

Lo que se murmura apenas intentando calmar el cuerpo en la misma medida en que la mente duda de todo hasta el punto de confundir la caída de una tapa de olla con el estallido meticuloso de un felino andino, de una serpiente al acecho. Lo que cada habitante sabe y no se lo han contado, lo que se borra rápidamente de las memorias individuales y colectivas para tener una caja nueva de Pandora, preparada a reventar en una próxima oportunidad sin fecha de vencimiento, sin caducidad, sin futuro venturoso.

Lo que indefectiblemente hace falta, que no es huevo, no es una gallina sacrificada, que no es la flojera de caminar durante horas para ir a ningún lado en medio de un ejército de personas sin rumbo. Lo que hace falta para evitar la defensa vaciada de todo contenido, de lo indefendible. Lo que se robó de frente, sin espaldas. Sin ascos, sin anestesia.

Lo que arrancó de un tirón la ingenuidad de las juventudes múltiples y abigarradas. Lo que se puso de una a otra orilla para frenar la irrupción iracunda de un río en modo hostil. Siempre hostil, siempre falso, siempre sospechoso, siempre al margen de los órdenes constituidos por su propia corriente principal.

Lo que hace posible que se exhiba con orgullo, sacando el pecho, un peligroso anacronismo tan cercano a la impostura, que quema. Lo que hace posible que una antigua actitud de genuino cambio para soñar con días mejores cuando habían selvas y canciones, noches en las que la guitarra tomaba forma de fusil, se conviertan hoy en una actitud más bien parecida a la pérdida de toda relación con el entorno, con lo factual, y se arrime tanto tanto al otro extremo, que se convierta en la repetición de una farsa mal copiada, de Aristófanes.

Lo que se espera, no en el andén si no en las fisuras de la calle, lo que se añora. Lo que una tercera posibilidad haría del horizonte algo menos plano, menos rencoroso.