Reseña

Los muertos más puros

La novela de Gonzalo Lema personifica al excombatiente y hace buena literatura con el uso de recursos estilísticos que giran alrededor de la ficción.
domingo, 08 de diciembre de 2019 · 00:00

Rosario  Q. de Urquieta Escritora

“Aquellos inocentes muertos volvieron a pasar flotando por el río tempestuoso, de venas gruesas y aguas turbias que cruza en absoluto silencio el sueño de primavera en flor y mariposas amarillas de Heriberto Ocampo”.  Esa, la atmósfera de entrada al nuevo libro del escritor Gonzalo Lema: Los muertos más puros, novela  y Mariposas amarillas, cuentos.

 La novela tiene como marco histórico la  Guerra del Chaco: el antes, el ahora y el después  de este acontecimiento bélico. Hecho que  está presente en gran parte de la narrativa de Lema. El escritor  lo confirma cuando se refiere a los excombatientes: “Pienso en ellos y, sin proponérmelo, gran parte de mi narrativa está impregnada de su recuerdo. Este hecho me alegra. ¡Diría que me constituye...!”.

Lo que motiva esta aproximación  a esta obra no son los hechos de esa guerra con sus estrategias, ya acertadas o equívocas, sino el  excombatiente y los recursos literarios que sostienen el andamiaje de la narración.

El contexto humano, con consecuencias  económicas, sociales y psicológicas, en el que se  mueve la ficción  está dinamizado por los personajes: los que lograron retornar o   los que se quedaron a esperar. Todos ellos sufren las secuelas que les dejó la guerra: miedo, pobreza, falta de fe, tristeza, dudas que ensombrecen su cotidianidad: “Parece que la guerra ha dado cuenta de todos ustedes… A unos los ha cargado, pero a otros les ha dejado envenenada el alma”. Todos los personajes están bien caracterizados, pero pensamos que  en Heriberto Ocampo está  conceptualizando el perfil de un excombatiente de guerra.

Lo que el lenguaje  transmite  alrededor de  este protagonista: ya sea una frase, una oración o párrafos que hablan de cosas, casos, de sucesos que vienen del recuerdo, de la realidad cotidiana, de los hechos de la fantasía; lo que dice, lo que hace, lo que piensa y siente  nos permite construir el perfil  de su personalidad.

Heriberto Ocampo tiene un enemigo, Modesto Apaza,  a quien considera culpable de la muerte de los chulupis. Heriberto Ocampo es un típico caso de la psicosis de guerra. Vive y revive  pesadillas y alucinaciones que se vuelven patologías obsesivas, recurrentes, que lo convierten en un individuo incapaz de una reincorporación  normal a su comunidad porque “el sueño se le presentaba siempre en silencio inundado de imágenes paradisiacas, con el fondo verde sucio del desierto vegetal más grande y triste del mundo”. 

Así avance la narración, el lenguaje, con términos de amplia connotación, transmite ese trauma  emocional que revela el mundo interior de Heriberto a través de la evocación de sucesos  sufridos en  su experiencia bélica: “Heriberto tenía en mente las imágenes de la masacre sin piedad de los chulupis… de inmediato le llegaron flotando los muertos”. Son fantasmas  que lo acosan, lo persiguen, le  privan de la posibilidad de una salida más digna  de ser vivida. 

No siente deseos de emprender  nada  que lo saque de su negligencia. Su esposa e hijo, prácticamente viven en la miseria, pero a él esto parece no importarle; por el contrario,  sólo  atina a sugerir  soluciones descabelladas. Su depresión crónica sólo lo induce a pensar en su autoeliminación. Es un suicida en potencia: “salió de la casa a caminar como un hombre buscando dónde matarse”. Ya no tiene fe. No cree en nada ni en nadie. Es satírico con las costumbres  y creencias de su comunidad: “Si la culpa es de sus maridos… por qué mierdas rezamos por ellas? Junto a sus pesadillas  obsesivas está el odio a muerte  contra quien cree que es el culpable de la masacre de los chulupis y quien le robó el amor de  sus amores: María Arauz”. 

Como en la crónica de la muerte anunciada, toda la comunidad sabe  que él quiere matar Modesto Apaza. Esta fijación  va creciendo hasta concretarse  en una imperiosa necesidad  de  hacerla realidad:  matar al culpable: “...asomó tímidamente una boca de fusil, entre la puerta y el marco, y un fogonazo rojo se le metió íntegro en el estómago... la voz del amigo despidiéndose de este mundo… Heriberto no volteó a escucharlo… se escurrió apresurado por el sendero del río”. Así cumple  con lo que le atormentaba día y noche. Así acalla  la voz insistente de su memoria que no le permitió  vivir sin el tormento  sufrido en la guerra.

Él se pierde por el sendero del río, quizá libre ya de pesadillas. Los más conjeturan; sólo su esposa afirma con certeza: “...mi marido se va a matar en el monte”. Es un  final abierto y  sugestivo.   Suponemos que quien  quiere acabar con su vida, finalmente lo logra. 

Uno de los recursos literarios  de la narración es la  riqueza verbal que se concretiza en lo que  transmiten las descripciones, ubicando las  situaciones que viven y las acciones que emprenden  los protagonistas logrando  la transferencia del tiempo real del lector  al  espacio y tiempo de la ficción.

 Entre Ríos, Tarija, el Chaco boliviano y el Chaco Boreal son los espacios por donde  transitan los hechos. El paisaje descrito  es  de tal fuerza  vital que  permite al autor construir un marco idílico y a  la vez dramático. Inevitable paradoja  del pacer y la agresión. Naturaleza compleja, poblada de contradicciones en su relación con el hombre y las circunstancias que le toca vivir: “La delgada pero firme  rama de churqui se desprendió del tronco... se mostró ante ojos incrédulos un paisaje de otro mundo”. Ese paisaje no es el que  inspire confianza  y seguridad en medio de lo desconocido. 

La presencia  inusitada de una naturaleza  agresiva es demandante, convirtiéndose en un enemigo más  con quien  lidiar: “El Chaco Boreal era el paraíso trajeado de infierno… otra batalla los había empujado a ese cañón vegetal de feroz naturaleza”.  Pero la naturaleza también   es generosa como una luz de  solaz  quietud  y paz para el espíritu: “El encantador lugar se llenó de trinos y graznidos. El mismo verdor del monte recobró con bríos”. 

La  anécdota tiene una admirable e inagotable intensidad descriptiva que recobra y transcribe la atmósfera que envuelve cada caso. El narrador expresa un lenguaje  que bien puede llegar hasta la perspectiva lírica. En este recurso encontramos un elemento recurrente que es el agua, no en vano el lugar de los hechos es Entre Ríos, rodeado por el Pilcomayo. Lluvias, tormentas  alegran o apenan  a los habitantes. El agua como lluvia es  un componente más de la naturaleza que  tiene una presencia también ambivalente. Es benefactora. Es mensajera de floración, de renovación: “Una sorpresiva lluvia primaveral espantó la modorra de Entre Ríos… la vida era una maravilla”. También es enemiga del soldado combatiente: “La lluvia no había cesado desde varios días atrás, y empezó a acumularse sin remedio  en el fondo profundo de la línea”. 

El  agua son las  manos de ternura maternal, recobran la dignidad en medio de ese horror que aniquila la vida: “La enorme lluvia lavó la sangre del cadáver bello de Modesto Apaza. Le suavizó el dolor del rostro, le bañó íntegra la herida y la dejó como fuente de agua para las mariposas amarillas”. El lenguaje de amplia connotación metafórica y simbólica es uno de  los muchos méritos literarios  de la novela.

Los muertos más puros alcanza  sus objetivos: personificar  al excombatiente y hacer  buena literatura con el uso de recursos estilísticos  que giran alrededor  de la ficción.