Letras

Fascinación por la crónica

El vínculo entre Página Siete y la crónica es vigoroso, asegura Alejandra Echazú, quien celebra el lanzamiento del concurso del Premio Nacional de Crónica “Bartolomé Arzáns Orsúa y Vela”.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:00

Alejandra Echazú Conitzer Doctora en Literatura y directora del Depar- tamento de Cultura y Arte de la UCB.

La crónica nace de la mano de la Historiografía porque su función es detallar los hechos que se consideran dignos de ser recordados. La historia relatada se escribe de forma cronológica, de ahí su nombre,  cuya etimología deriva de cronos, tiempo. 

Cuando se rastrea la filiación etimológica de una palabra sucede que se descubren inevitablemente vetas, hilos, secretas asociaciones (o no tanto), correspondencias... La crónica le debe, pues, al tiempo su propia existencia, porque lo que busca es precisamente capturar y retener un suceso, un acontecimiento o un personaje, y volverlos eternos. Es en la escritura que estos hechos o estas personas transitan el dintel histórico de su propio contexto para convertirse, si posible, en leyenda.

Toda escritura tiene su propia genética, y la de la crónica es fascinante. En la Edad Media, en las crónicas de Alfonso X, el Sabio, hallamos algunos pactos implícitos entre el cronista y su lector. Obviamente, en el siglo XIII, eran contados quienes tenían la fortuna de poder leer, pero lo que sí queda establecido es que la crónica siempre se aferra a hechos verídicos, no hay ficción en ella porque en tal caso perdería su naturaleza de rigor historiográfico. Sin embargo, aquello que entonces resultaba veraz, llamaríamos hoy  sabiduría popular, dichos o leyendas. 

Las crónicas de Alfonso X están plenas de canciones,  leyendas y  cuentos transmitidos oralmente. Como no podría ser de otra manera, en estas crónicas la filiación primera del rey se remonta a la Biblia como un gesto de afirmación real hacia el linaje de Alfonso.  Pero volvamos al punto que aquí se destaca: la veracidad -no la verosimilitud- de la crónica y su invaluable testimonio no deben ni pueden, por su naturaleza misma, ser puestos en duda: si consta en la crónica, tiene que ser verdad. 

Esta credibilidad la heredamos los lectores del siglo XXI porque al leer una crónica aceptamos que aquello que selecciona el escritor en su texto, es un hecho verídico. La duda no tiene cabida. Así, cuando los cronistas conquistadores del Siglo XV describen sirenas y monstruos y frutos hasta entonces desconocidos, por muy contradictorio que parezca, el lector no solo hallaba maravillas en los textos, sino que estaba convencido de que se trataba de verdades.

Con esta premisa, la crónica fue tomando un cariz más sofisticado e híbrido, pues fue alejándose de la historiografía, su vertiente original,  para anclarse más bien en el periodismo. Pensemos en Latinoamérica y en el Modernismo del siglo XIX; hallamos grandes escritores quienes fueron además, excelentes periodistas. Es gracias a las crónicas norteamericanas de José Martí, publicadas en varios periódicos de diversas urbes en América Latina, que se difundió la obra de Walt Whitman o los avances de la modernidad en Estados Unidos y en especial en Nueva York; como ejemplo baste la que describe la construcción del Puente de Brooklyn.

La crónica impregna la historia continental desde la llegada de los españoles y define su estética, su condición de poder y su relevancia. Es de subrayar sus variadas fuentes de inspiración formales hoy en día, tales como cuentos, escritos, reflexiones, diarios, estampas, tradiciones y cartas: la crónica se extiende como un archivo de nuestra historia que permite vislumbrar los pliegues del poder, pero también los del pensamiento crítico, aquellos que se arriesgan a interpelar la hegemonía y a cuestionar nuestra(s) pertenencia(s).

En el Siglo XX surgen las crónicas periodísticas que consolidan la relación entre crónica y periodismo investigativo gracias a  la paradigmática influencia del argentino Rodolfo Walsh con la primera narrativa de no ficción Operación Masacre (1957) y el influjo de una corriente norteamericana que nace con A sangre fría (1966) de Truman Capote o con escritores como Guy Talese.  En este sentido, el haber sido otorgado el Premio Nobel de Literatura a una escritora de crónicas, explica la versatilidad de este género y cómo halla formas para sobrevivir en una sociedad tan audiovisual y mediática como la nuestra. Quienes disfrutamos de una escritura fina, profunda, reflexiva celebramos que el trabajo minucioso  e investigativo de la ucraniana Svetlana  Alexiévich fuese reconocido en 2015 por la Academia Sueca. 

Hoy en día, el género interpretativo debe enfrentarse a la pluralidad del abigarrado ensamblaje de la sociedad postmoderna. Si en el siglo XIX el periodismo amparaba a la crónica, hoy en día la literatura la acoge como género que explora las honduras del pensamiento y los pliegues de la sociedad. Pero la crónica cumple también una función imprescindible en cualquier medio: la de denunciar. Esto es precisamente lo que produjo la publicación de Página Siete y la Editorial 3600 cuando salió a la luz el libro Prontuario: Casos de la crónica roja que conmocionaron a Bolivia, cuya coordinadora es la reconocida y galardonada Liliana Carrillo. 

Fue el reportaje  de la periodista Leny Chuquimia Choque, quien gracias a su investigación, casi detectivesca, logra poner en evidencia la injusticia cometida contra el Doctor Jhiery Fernández, a quien se había acusado de la muerte del bebé Alexander.  A raíz de esta crónica surgen nuevos eventos, novelescos y rocambolescos, que ponen al descubierto la inocencia del Dr. Fernández.

Rascacielos, la revista dominical de Página Siete, bajo la dirección de Cecilia Lanza, publica crónicas que registran el cotidiano vivir de algún personaje famoso o la vida extraordinaria de algún ser común y corriente que habita nuestras ciudades. El vínculo entre Página Siete y la crónica es pues vigoroso y por eso quienes seguimos de cerca las aventuras de este género híbrido, a caballo entre la historia y la literatura, entre el rigor del periodismo y  la belleza de las formas narrativas, estamos de fiesta ante el lanzamiento del Premio Nacional de Crónica “Bartolomé Arzáns Orsúa y Vela”. Este valioso proyecto es posible gracias a la alianza de Página Siete, Fundación para el Periodismo, la Cámara Departamental del Libro de La Paz y la telefónica Viva, y desde aquí, los lectores adictos a la crónica alentamos con vehemencia y fervor a escritores y periodistas a participar de esta convocatoria con la certeza de que se trata de un género con muchas posibilidades y facetas y ansiamos verlas plasmadas a todas ahora y a lo largo de muchos años. 
 

 

 

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