Letras

Sherlock Holmes devoró a su autor

Sir Arthur Conan Doyle quiso ser un gran escritor, se negó a pasar a la historia por haber escrito cuentos sobre un detective, explica Ricard Bellveser.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:00

Ricard Bellveser Poeta

Sucede más veces de las que nos gustaría. Un escritor crea un personaje, y este crece de forma desmedida hasta que devora a su creador, quien desaparece de la memoria colectiva. La mayoría de las personas conocen al personaje pero ignoran quién es el escritor al que se le debe su paternidad. Pondré ejemplos muy a mano. 

Todos conocemos a Pinocho (Pinocchio en italiano), ese arlequín de madera al que el carpintero italiano Geppetto da vida, al que le crece la nariz cuando dice una mentira, y del que se han hecho multitud de versiones  cinematográficas y en relato ilustrado, ¿saben que el autor de este cuento se llama Carlo Collodi, seudónimo del florentino Carlo Lorenzini?    

Otros ejemplos. Conocemos a Peter Pan, el joven que ha dado pie a un síndrome, el de quien no quiere envejecer, el de quien desea permanecer siempre entre joven y niño, pues su olvidado autor es el escritor escocés James Matthew Barrie, una persona de nombre muy poco conocido. Lo mismo podríamos decir de Jerry Siegel y Joe Shuster, autores del popularísimo Superman, y así podríamos seguir con centenares de ejemplos.

Algo parecido, sólo parecido, sucede con el detective Sherlock Holmes, con su gorra, su pipa y su lupa, el personaje más veces adaptado al cine, cuyo autor, Sir Arthur Conan Doyle, mucho más conocido que Collodi o Matthew Barrie, también a sido devorado por su personaje, pero en este caso con la particularidad de que el autor nunca quiso pasar a la historia por haber inventado los cuentos referidos a este tipo, sino por otras partes de su obra literaria, por él considerada  mayor, como las referidas a libros de poesía, novelas históricas, novelas de ciencia ficción, etc., que conforman casi el 80% del total de su obra literaria, pero en estas cosas de la fama, la popularidad, la memoria y el recuerdo, las reglas suelen ser caprichosas y muy otras.

El escritor Eduardo Caamaño ha llevado a cabo la primera biografía de este autor en lengua española, titulada con su nombre, Arthur Conan Doyle (ed. Almuzara, Córdoba. España), llena de chispeante sentido del humor, buena información y aspectos muy reveladores sobre este autor, un caballero británico al que se le concedió el título de Sir, lo que tiene un valor añadido porque Conan Doyle (1859-1930) nació en Edimburgo , Escocia, hijo de un padre alcohólico cuya adicción condicionó buena parte de su vida. 

Estudió medicina y durante varios años ejerció esta profesión, al tiempo que escribía cuentos que iba publicando en revistas y periódicos, porque más que médico, lo que quería es ser un gran escritor, como Charles Dickens a quien  tanto admiraba, y en esa dinámica creativa de relatos, cuentos, historias y primeras novelas, en 1887 creó los personajes de Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson, elemental, quienes  dieron pie a cuatro novelas y 56 relatos, publicados por entregas en el The Strand Magazine.

Este personaje tuvo una acogida excepcional, hasta el extremo de que sus aventuras eran permanentemente requeridas y convirtieron a su autor en el escritor mejor pagado de su tiempo, pero eso no fue suficiente para que Conan Doyle hiciera las paces con su detective, por el que llegó un momento que sintió una manifiesta antipatía, razón por la que en 1993 decidió matar arrojándolo a las cataratas de Reichenbach. La reacción de los lectores y de los editores fue tal, que tuvo que salvarlo y ponerlo en acción de nuevo.

Conan Doyle sentía que este personaje eclipsaba en resto de su enjundiosa obra, sus novelas, ensayos, traducciones e incluso poemas, todo quedaba desaparecido por la fama de la pareja Holmes-Watson, dos personajes que siempre se trataron de usted y mantuvieron una prudente distancia. 

Pero así son las cosas. Pasado el tiempo, los años y hasta casi un siglo, sigue siendo Holmes el gran personaje, un detective meticuloso, quien confía en la observación  de los pequeños detalles donde suelen estar las claves de todo, escrupuloso, inteligente y con gran capacidad deductiva. Ciertamente, el propio Conan Doyle actuó también en alguna ocasión como detective. 

En este sentido, Caamaño cuenta una anécdota que hace encajar estas piezas que conforman la personalidad de Holmes.  Una gira norteamericana, llevó a Conan Doyle a Boston.  En la estación tomó un taxi en el que cargó su equipaje. Al llegar al hotel el chofer no le quiso cobrar sino que le pidió a cambio de sus servicios una entrada para poder asistir a la conferencia que iba a dar al día siguiente el escritor. Sir Arthur le preguntó cómo le había reconocido: “Muy sencillo, su solapa está muy retorcida, una clara señal de que usted ha estado sometido al acoso de los reporteros de Nueva York, el cabello lo lleva cortado al estilo de Filadelfia; el zapato tiene arcilla de la ciudad de Búfalo pegada a la suela, su chaqueta huele a tabaco de Albany. Todas estas ciudades forman parte de la gira de Arthur Conan Doyle, y, por lo tanto, sería mucha casualidad que usted fuera otra persona”.

Impresionado por la atención que el taxista había prestado a los detalles, por su capacidad de deducción y por su astucia, le dijo que estas cualidades eran incluso mejores que las del propio Sherlock Holmes, a lo que el taxista le replicó: “Puede que tenga usted razón, señor Doyle, pero hay un detalle más que no he mencionado: la maleta que usted lleva tiene una etiqueta con su nombre escrito”.

Conan Doyle siempre quiso ser un gran escritor, por ello creía que Sherlock Holmes era un obstáculo para su fama y su prestigio, pero al final, pasado el tiempo, Sherlock Holmes se le ha subido a las barbas, y ha terminado siendo más importante que él, en la memoria de los lectores. La biografía de Caamaño le hace justicia y nos recuerda a todos que a veces basta con un gran acierto.

 

 

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