Patio interior

Tres ballenas

Desde las ballenas de los libros de la infancia, hasta las de hoy, que están siendo masacradas invitan a imaginar historias. Juan Cristóbal Mac Lean escribe sobre tres de ellas, protagonistas de tres obras de la literatura.
domingo, 10 de febrero de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac lean E. Poeta

La presencia de los animales, aunque hoy tan amenazada, desde siempre trascendió su mera existencia física y utilitaria. Los animales, en efecto, pueblan los mitos, los cuentos, los sueños y hasta el firmamento: la Osa Mayor, el Centauro, el Cisne…

Entre las constelaciones en que se adivina un animal, puede verse desde el hemisferio Sur a Cetus, o la Ballena. Como si, en el origen, una gran bestia marina hubiera saltado de las olas a las estrellas, hasta quedar fijada ahí, para siempre. Sin embargo, no faltan viejas mitologías en las que sostiene el mundo sobre sus espaldas. Junto con la tortuga y el elefante, la ballena es eminentemente cosmófora.

Desde las ballenas de los libros de la infancia, hasta las de hoy, que están siendo masacradas con cañones/arpón, son en todo caso muchas las que acuden a la imaginación. Pero es sobre  todo a tres de ellas que hemos de referiremos.

A la primera, de nombre Jasconius, la visitó el monje irlandés Saint Brandan, hacia el año 500 AD. La narración de su viaje se redactó recién en el siglo X: la Navigatio Sancti Brendani Abattis, aunque circularon luego versiones ligeramente distintas, e incluso ella misma fue contestada, pues no faltaron quienes la tildaron de apocripha deliramenta.  Como sea, resulta que, en un sueño, Dios había incitado a Brandan a que se vaya a buscar el Paraíso. Junto con 14 monjes, y tras construir una barca de madera y cueros de buey (curragh), se hicieron a la mar. 

Entre los varios prodigios por los que pasaron, nos interesa el siguiente: una vez, buscando dónde celebrar la Pascua, encontraron de pronto un pequeño islote desnudo, al que bajaron y donde ofrendaron su misa. Luego, con hambre, encendieron una hoguera para cocinar. Pero entonces toda la isla se puso a temblar y estremecerse. Despavoridos, huyeron a su nave. Cuando se alejaban, pudieron ver que la isla se movía y acababa sumergiéndose en el mar. Recién entonces se percataron de que se trataba de Jasconius, el gran monstruo marino al que habían despertado. 

No está demás mencionar que, luego, pasaron por el Paradisus Avium (Paraíso de los pájaros), isla habitada por aves que se unían a los monjes en sus cánticos. Según la Navigatio referida, sí llegaron al Paraíso. Incomprensiblemente, empero, se volvieron a Irlanda a predicar…

La segunda ballena que nos interesa es la que se tragó a Jonás, el profeta reticente, quien pasó tres días y tres noches alojado en su vientre y haciendo de él un arca. Antes de eso, Dios le había ordenado que partiese a predicar a Nínive. Pero Jonás no le hizo caso y más bien trató de huir a Tarsis en un barco que partía. En pleno viaje y mientras él dormía, se desató una tormenta y antes de que hundiera el navío, sin embargo, los marineros se desembarazaron de Jonás, que la había causado. Pero impidiendo que éste se ahogara, se lo tragó la ballena que, tres días después, habría de arrojarlo en las playas de Nínive, donde al fin Jonás profetiza el fin. Los ninivitas le hacen caso, se enmiendan. Pero él sigue molesto, no se lleva bien con Dios ni se pone de acuerdo con él,  hasta le pide la muerte.

La suerte de Jonás ha merecido la atención de numerosos escritores. Entre ellos, Blanchot (en La palabra profética) cree que “La muerte, para Jonás, no es un fin sino la forma de esa lejanía que buscó para alejarse de Dios, olvidándose de que la lejanía de Dios, es Dios mismo”.   También a Deleuze le es cara esa figura y observa que “El profeta no deja de ser obligado por Dios, literalmente violado por él, mucho más que inspirado. El profeta no es un sacerdote. El profeta no sabe hablar, Dios le mete las palabras en su boca, manducación de la palabra; la semiofagia de una nueva forma.

En contraste con el adivino, el profeta no interpreta nada: tiene un delirio de acción más que de idea o imaginación, una relación con Dios, pasional y autoritaria…” (Mille Plateaux). Pero las palabras más bellas sobre Jonás las dice el poeta Jean  Paul  Dadelsen: Jonás es una “crisálida sobrenatural”.

La tercera ballena de la que quiero contar es la Ballena Sei, o Balenoptera Borealis. Fui a visitar sus restos al Museo de Historia Natural de Santiago de Chile. Todo su esqueleto fósil está magníficamente colgado y expuesto ahí, en un espacio alrededor del cual puede dar vueltas el espectador. 

Al verla, pude imaginar desde los arponeros inuit, hasta los cardúmenes que algún día la acompañarían. Fui también, por un segundo, Jonás el profeta reticente. 

Y por otra parte, el mítico sueño de habitar el interior de una ballena y recorrer así los mares, ¿no lo cumplió acaso el capitán Nemo de Julio Verne, aunque llevándolo del mito a la tecnología?

Pero mientras estuve merodeando alrededor de esa ballena antigua, fósil ya, también iba sintiendo los millones de años que me separan de ella, con quien comparto, sin embargo, un gran porcentaje del ADN, es decir un mismo, indeterminado, indeterminable origen. 

Ballena de los Mares del Sur, que una vez estuvo  recorriéndolos, llena de algas, llena de parásitos hermosos, rodeada de otros peces y cardúmenes brillantes, y que a veces saldría a jugar, a respirar, saludando con su coletazo al Cosmos. (Así como es en tierra un gran árbol, pero esta vez inmóvil, con su sistema de sombras, pájaros, otra vez algas, musgos, insectos, rajaduras, gentes sentadas abajo, rayos que una vez cayeron, cicatrices, ramas creciendo).

Estando ahí, no pude sino acercarme tanto como podía, hasta convencerme de lo que cualquiera ya sabe: cada una de las piezas que la componen es hoy una piedra, piedra misma.  Que en eso consiste, que yo sepa, convertirse en fósil, hacerse fósil: convertirse en piedra. El fósil, entonces, como una muda eternidad del cuerpo. Mucho más comprobable, por cierto, que la eternidad del alma.

Inevitablemente, la ballena fósil me hizo recuerdo a una vez, hace mil años, en que vi en París (Musée de l’Homme) los restos de Lucy. Pequeño esqueletito de alguien que una vez fue alguien -unos tres millones de años atrás. Ahora puro fósil, es decir pura piedra. Y si Lucy, cuando vivía, no pesaría más de 40 kilos, pues ahora, cada uno de sus huesitos, convertidos en piedra, pesaba mucho. Como la ballena Sei de este museo en Santiago, había ganado la partida de una densidad innombrable y eterna.

 

 

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